Reflexiones sobre la marcha: la emergencia de un ecologismo uruguayo

Hace ya un mes de la cuarta Marcha Nacional en Defensa del Agua, la Tierra y la Vida, que volvió a concentrar a miles de personas a lo largo de la avenida 18 de julio de Montevideo, el pasado viernes 10 de mayo, reclamando el cese de la extranjerización de la tierra y demás recursos naturales, de la política que impulsa el megaextractivismo minero y la forestación masiva para producción de celulosa (y los puertos de La Paloma y El Palenque, derivados de estas actividades), y del uso de agrotóxicos en los monocultivos sojeros con sus nefastas consecuencias ambientales en la tierra y el agua (además de varias otras cosas que pueden apreciarse en esta proclama). Y una vez más se hizo patente la diversidad de actores sociales que la impulsaron, actores que de alguna forma se las han venido arreglando para trabajar en conjunto -y, a la prueba está, con resultados más que satisfactorios.

Yo no tengo recuerdo, ni personal ni ajeno, de cosa similar en la historia de este país: anarquistas y marxistas marchando lado a lado con terratenientes tradicionalistas, hippies, veganos e indigenistas coreando consignas junto a empresarios ganaderos y turísticos, gremialistas universitarios fumando marihuana codo a codo con abuelos llevando en una mano a sus nietitos y en la otra carteles con mensajes similares a los de los jóvenes porreros. Y todos los matices imaginables que quepan dentro de ese espectro, en una manifestación popular genuinamente representativa de la sociedad uruguaya en su heterogénea composición social.

Esto se puede describir de muchas maneras, pero elegiré una: extraño. Pues el hecho de que grupos tan política, cultural y socialmente heterogéneos puedan sentirse y actúen unidos por un objetivo común político es, fundamentalmente, algo extraño. Pero, ¿qué es lo extraño sino la emergencia de una situación que desafía nuestros esquemas mentales establecidos, impidiéndonos encajarlo en ellos y obligándonos a cuestionarlos?

Entonces, ¿qué es esto? ¿Frente a qué nos encontramos? ¿Qué es lo que está emergiendo ante nuestros ojos? En mi opinión, se trata ni más menos que del surgimiento, lento, contradictorio, pero firme, de una conciencia, una cultura y una práctica política y social ecológica vernácula. No encuentro forma más ajustada de calificar este movimiento que de ecologista. No nos dejemos confundir por el sentido vulgar (para la instalación del cual en el imaginario social los poderes hegemónicos han desempeñado un rol nada inocente) que considera ecologismo sinónimo de ambientalismo. Éste es apenas una de las subespecies de aquél, la que pone el énfasis en la conservación de los recursos naturales y el combate a la polución, por lo general como fin en sí mismo (por ejemplo, Greenpeace, o WWF).

El ecologismo parte de la ecología, disciplina a la que podemos pensar como una interciencia (como la llamaba Gregory Bateson), es decir, como un cuerpo de conocimientos que sirve de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: es aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Ecología y pensamiento holístico, por lo tanto, van de la mano, y es justamente la recuperación de este tipo de concepciones lo que se trasluce en las luchas contra el modelo industrialista del capitalismo global contemporáneo (que no otra cosa son, en última instancia, luchas como las de este movimiento). Este capitalismo ha adoptado una forma de explotación cada vez más agresiva de los recursos naturales, ante el agotamiento de las reservas más fáciles de explotar y la necesidad de continuar creciendo y creciendo por cualquier medio -puesto que está en la lógica de funcionamiento del capital el expandirse o desaparecer y que, por lo tanto, no puede haber capitalismo sin crecimiento económico. 1

Como señala Fritjof Capra, para que esta forma depredadora de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él2.

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con una de sus más trascendentales consecuencias: la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo.

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado esa creencia hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, para decirlo de forma poética, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global3. El ecologismo adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

El ecologismo posee, consecuentemente, una fuerte tendencia anticapitalista. Ahora bien, simplificando, hay al menos dos formas de ser anticapitalista: apuntando a conservar una estructura socioeconómica jerarquizada y desigual de rasgos pre-capitalistas o empujando hacia una nueva estructura que establezca relaciones de producción más igualitarias. Y, para volver a nuestra realidad cotidiana después de este necesario desvío teórico, quizás así echamos algo de luz sobre esa curiosa estampa de los estancieros a caballo y vestidos de gauchos marchando junto a anarcos encapuchados y uniformados de riguroso negro.

Por supuesto, no todos los participantes y simpatizantes del movimiento nucleado en torno a la marcha y sus luchas se sentirán cómodos con la calificación de ecologistas (y menos con la de anticapitalistas). Pero eso no interesa demasiado, porque no es tan importante la etiqueta como el contenido. A fin de cuentas, las palabras son intentos (muchas veces insuficientes) de poner orden y sentido en el caos de la realidad para poder comprenderla, y creo que pensarlo a través de los conceptos de la ecología (como ciencia y como práctica política) resulta más que fructífero a la hora de disipar ese incómodo sentimiento de extrañeza que puede generar la observación y el análisis de este movimiento.

Pero, ¿qué hay de la “táctica” empleada? Una pregunta legítima que se puede formular respecto a una acción como esta marcha es acerca de su utilidad. “Todo muy lindo y muy noble” escuchamos de vez en cuando, “pero ¿estas marchas sirven para algo?” ¿O son simplemente parte de una nueva especie de cultura política de masas marchantes, más expresiva que propositiva, que se queda en un simple acto que sirve más que nada para tranquilizar las conciencias de los marchantes haciéndoles sentir que hicieron “algo”?

Yo creo que estas marchas en particular sí sirven. En primer lugar, son una manifestación de fuerza y consciencia. En segundo lugar, permiten poner la cuestión en conocimiento de mucha gente de la ciudad que no tiene la más pálida idea de los problemas a raíz los cuales se está actuando, ya sea repartiendo información o conversando, o, en mucha menor medida, saliendo en los medios de comunicación, que sólo pueden ignorarlo quedando en cínica y obscena evidencia4. Por más que dichos medios intenten minimizarlo o distorsionarlo con evidente tendenciosidad, se genera un acontecimiento que hace preguntarse a la gente de la ciudad “¿quiénes son estas personas y qué están diciendo?”, lo cual puede disparar la duda y de nuevo la voluntad de informarse. Lo cual ya es mucho.

Justo aquí tenemos que una de las consignas de este movimiento ecologista es unir al campo y la costa con la ciudad. Muy acertada consigna, que sintetiza un mosaico geográfico, económico y cultural del país que no se puede obviar si se quiere comprender lo que está pasando, y que desnuda uno de los elementos clave de esta lucha, lo que bien podemos denominar el “problema de la ciudad”. En nuestro macrocefálico caso autóctono este problema adquiere una especial relevancia ya que, como siempre ha sido desde el principio de nuestros tiempos, se trata, además, de “la” ciudad: Montevideo.

El “problema de la ciudad” se encuentra íntimamente ligado con el advenimiento de la revolución industrial, como señalaba más arriba: a partir de ese momento se comienza a producir un divorcio geográfico y en última instancia cultural entre las etapas de la producción, quedando la extracción de materias primas en el ámbito rural, y la manufactura y el comercio en el ámbito urbano. Ésto se complementa, naturalmente, con un gigantesco éxodo de personas del campo a la ciudad, el cual rompió los vínculos tradicionales que desde hacía miles de años la mayor parte de los trabajadores tenía con el ambiente, generando en las masas urbanas una auténtica desconexión ecológica, que algunos autores ilustran en un sentido metafórico sugiriendo que nuestra especie se volvió autista:

 “Como niños autistas, quienes no parecen escuchar, o ver, o sentir la presencia de sus madres, nos hemos vuelto ciegos a la presencia psíquica del planeta viviente y sordos a sus voces e historias, que nutrieron a nuestros ancestros en las sociedades pre-industriales”.5

El corolario de esta verdadera alienación (como prefiero llamar a este fenómeno para hacer honor a tradiciones filosóficas de aspecto menos místico), es la usual ignorancia de la gente de la ciudad respecto a cómo se producen las diferentes cosas, o cómo se relacionan fenómenos en apariencia inconexos, ignorancia en buena medida relacionada con la hiper-especialización de las labores propia del industrialismo. He conocido personas que de alguna asombrosa manera habían llegado a creer que las arvejas ya vienen enlatadas y la leche en bolsas de plástico desde un principio. En contraposición, la gente del campo suele tener una conciencia acerca del mundo verdaderamente ecológica, sistémica, aunque más no sea intuitiva y rudimentaria, íntimamente relacionada con la forma de vida y el trabajo propios del medio rural: nunca será suficiente el énfasis que se pueda poner en señalar la diferencia entre, por ejemplo, comer algo que uno mismo cultivó o crió, y por tanto apreció en todas las etapas de su vida y en relación con su medio hasta su fusión con el propio organismo, y comer algo que tomamos de una góndola de supermercado y lo intercambiamos por dinero. Como bien señalaba Marx, en ese movimiento queda oculto el trabajo y se fetichiza la mercancía; nosotros deberíamos agregar que también quedan ocultas las redes sistémicas y ambientales que hicieron posible la existencia de esa mercancía.6

Por estos motivos, el acercamiento cultural entre ambos mundos es necesario y positivo -y la consigna de juntar al campo y la ciudad un punto fuerte del discurso ecologista. Llegar a la población de Montevideo, exponer sus argumentos y ser comprendido es una de las tareas más difíciles (y cruciales) que tiene por delante este movimiento, el primero en largas décadas que tiene su origen en el interior, y sin dudas el más contestatario que de allí ha provenido en los últimos doscientos años.7

La heterogeneidad social del movimiento, en fin, entraña riesgos, pero es, con toda probabilidad, una de sus mayores fortalezas. Naturalmente, es mucho más fácil unir a colectivos diversos en contra de algo que ponerlos de acuerdo en propuestas comunes, es decir, es mucho más fácil establecer contra qué luchar que por qué cosa luchar.

Sin dudas, arribar a propuestas comunes y consensuadas es el mayor desafío, y quizás sea un límite para un movimiento de tal heterogeneidad. La profundidad de la crisis ecológica aún no es lo suficientemente evidente a nivel social para generar (si nos ponemos optimistas) movimientos políticos más amplios, activos y conscientes que impongan la discusión a nivel gubernamental y ciudadano, y que revelen la imperiosa necesidad de cambiar el rumbo de nuestra civilización, ya que estamos todos a bordo de la misma nave.

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1  Tener una clara conciencia de esto es crucial para desbaratar argumentos falaces como el que pretende señalar (por ejemplo) una contradicción e incluso una supuesta hipocresía en el hecho de oponerse a la minería de hierro a cielo abierto mientras que todos usamos productos de hierro: tal explotación del hierro se hace para mantener en crecimiento a un sistema condenado al colapso (no se puede crecer infinitamente en un planeta de recursos finitos), es decir, para satisfacer un nivel de consumo innecesario y en última instancia suicida (para los humanos), desde un punto de vista ecológico. El propio presidente José Mujica dejó en evidencia el quid de la cuestión diciendo que todos “desean fervorosamente progresar, mejor salario, más consumo, más autos, motos, artefactos, cambiar los celulares. Pero aparece gente que no quiere que se explote el hierro…”, cuando el problema no debería encararse por lo que, supuestamente, (¿todos?) deseamos, sino por lo que necesitamos (y lo que no), y lo que el planeta es capaz de soportar antes de eliminarnos de su faz. Esto implica poner en cuestión el sacramento capitalista del consumo, al preguntarnos ¿realmente necesitamos más autos?

2  “El “espíritu de Bacon” cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía “para la gloria de Dios”, o, como dijeron los Chinos, para “seguir el orden natural” y “fluir en la corriente del Tao”. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos. Los términos con los que Bacon promovió su nuevo método empírico de investigación no eran sólo apasionados sino con frecuencia abiertamente malignos. La naturaleza, desde su punto de vista, debía ser “cazada en sus andanzas”, “encadenada a servir” y hecha una “esclava”, debía ser “puesta en cadenas”, y el propósito del científico era “extraerle los secretos de la naturaleza torturándola”. Muchas de estas imágenes violentas parecen haberse inspirado en los juicios de brujas que eran frecuentes en tiempos de Bacon. Como fiscal general del Rey Jacobo I, Bacon estaba íntimamente familiarizado con tales procesos, y ya que la naturaleza se veía como femenina, no es sorprendente que trasladara las metáforas usadas en la Corte, a sus escritos científicos. Por cierto, su visión de la naturaleza como femenina cuyos secretos debían extraerse por tortura con la ayuda de instrumentos mecánicos sugiere con fuerza el uso extendido de la tortura de mujeres en los juicios de brujas en los comienzos del siglo diecisiete. El trabajo de Bacon representa por tanto un ejemplo sobresaliente de la influencia de las actitudes patriarcales en el pensamiento científico. El concepto antiguo de la tierra como madre nutriente se transformó radicalmente en los escritos de Bacon, y desapareció completamente a medida que procedía la Revolución Científica a reemplazar la visión orgánica de la naturaleza con la metáfora del mundo como una máquina. Este cambio, que iba a llegar a ser de una importancia arrolladora en el futuro desarrollo de la civilización occidental, iba a iniciarse y a completarse por dos figuras predominantes del siglo diecisiete: Descartes y Newton.”

http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

3   Apenas un ejemplo: alerta de la ONU por el bajo nivel mundial de reservas de alimentos.

4 Como el caso extremo del diario La República respecto de la marcha anterior, de octubre de 2012, donde no apareció ni una línea de cobertura de lo que fue uno de los eventos políticos más masivos del año.

5 Ralph Metzner, “The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness”, http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

6  Lejos está mi intención de idealizar a la “cultura rural”, por llamarla de algún modo: el campo ha tenido desde siempre sus propias ignorancias y estructuras opresivas fuertemente tradicionalistas, casi siempre más intensas y brutales que las urbanas. Lo que me interesa, aquí y ahora, es sólo lo relativo a los aspectos ecológicos.

7  A propósito, repliquemos una de las críticas más habituales que se le realiza a este movimiento, en especial por izquierda: aquella que ve aquí tan sólo una gran manipulación de los estancieros para poder seguir explotando a la mano de obra rural en condiciones lamentables, y que ve en la megaminería la posibilidad de que esa misma mano de obra pase al sector industrial y, sindicalización e industrialismo mediante, tenga acceso a mejores condiciones laborales y de vida. Nada nuevo bajo el sol: la izquierda más tradicionalista promoviendo la industrialización (y su correlato tácito, la proletarización) como el remedio para todos los males de una sociedad de fuerte componente rural; pecado original de esta izquierda, desde que Marx se despachó con sus opiniones sobre la dominación británica de la India allá en el siglo XIX. Sin embargo, la historia ha dado más de un ejemplo de profundos cambios iniciados desde las élites o sectores bien posicionados de una determinada sociedad, que fueron desbordados y llevados a puertos impensados por sectores subordinados y en principio menos poderosos, que comenzaron siendo sus aliados. Si el ejemplo de manual de la Revolución francesa no le gusta a los izquierdistas autóctonos, pues ahí tienen a la Revolución artiguista.

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Categorías:Capitalismo, Ecología

¿Quinientos años de qué?

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“En la América la nuestra/ de azúcar, cobre y café,/ no hay motivos para fiesta/ ¿quinientos años de qué?”

Larbanois-Carrero, 1992

No es ninguna novedad que en los últimos tiempos (desde la última década del siglo XX, para poner una marca temporal más o menos arbitraria), se ha desarrollado en los pueblos de Iberoamérica una conciencia “popular” fuerte y bastante consensuada acerca del significado histórico del descubrimiento, la conquista, colonización y explotación de América por parte de los europeos. Tal desarrollo está en estrecha correlación con el impulso, lento pero imparable, que cobró el indigenismo en América Latina en estos mismos tiempos. Y así, se ha estructurado a nivel de dicha conciencia, un discurso fácilmente reconocible.

¿Qué dice ese discurso? Básicamente, gira en torno a las ideas de que lo emprendido por los conquistadores fue un genocidio (“el mayor genocidio de la historia”) y un colosal saqueo de metales preciosos y de fuerza de trabajo, y plantea, implícitamente, un enfrentamiento entre dos bandos, a saber, “los europeos” versus “los indígenas”, en el cual quedan claramente identificados los primeros como “los malos” y los segundos como “los pobres buenos inocentes”.

El problema es que esta visión peca de una importante simplificación y, en ella, se pierde la complejidad de lo sucedido en estas tierras en los albores del mundo moderno. Analicemos entonces, parte por parte, este discurso para poder formarnos una visión más aproximada a la verdad histórica.

Tomemos en primer lugar la pretensión de que lo perpetrado por los españoles en América fue un genocidio. A mi modo de ver esto sólo se puede sostener por medio de una identificación (bastante común y popular, pero básicamente errónea) entre “gran masacre” y “genocidio”. Sucede que esos conceptos no son sinónimos: si bien es cierto que todo genocidio implica matanzas, no cualquier matanza es genocidio. Un rápido repaso a las definiciones de genocidio, nos muestra que ésta práctica suele ser inseparable, entre otras cosas, de la limpieza étnica. Pero además hay otro aspecto insoslayable. Veamos la definición de la Real Academia Española: es el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Lo central de este concepto radica tanto en la parte de “exterminio”, como, especialmente, en la parte de “sistemática”: para que hablemos de genocidio no alcanza con que existan matanzas orientadas hacia el exterminio por motivos étnicos, religiosos, etc., sino que además deben ser sistemáticas, esto es, organizadas, calculadas, y ejecutadas con arreglo a un plan estratégico. La misma observación se puede realizar respecto a otras y diversas definiciones de genocidio.

Ahora bien, ¿fue esto lo que sucedió durante la conquista de América? Por supuesto, negar la magnitud de las muertes ocasionadas a raíz de la llegada de los europeos al continente sería absurdo. En efecto, la mortandad de los indígenas se elevó a porcentajes astronómicos: en algunos lugares, probablemente las poblaciones hayan sido diezmadas en más de un 90%. Pero, ¿cuál fue la principal causa de estas muertes? Hoy sabemos muy bien que  fueron las enfermedades traídas por los europeos en sus organismos, quienes contagiaron a los indígenas, completamente desprotegidos frente a ellas, por carecer de anticuerpos que las combatieran. El profesor Jared Diamond ha escrito un libro y filmado un documental, llamados Armas, gérmenes y acero (Guns, germs and steel) donde explica con lujo de detalles cómo y por qué sucedió esto. Aquí la primera parte del segundo capítulo del documental, que se ocupa precisamente de la conquista de América (en YouTube también está el resto de las partes):

Estas enfermedades infecciosas (la viruela fue la más común) se expandieron a una velocidad pasmosa por el continente, aniquilando poblaciones enteras incluso muchos años antes de que los europeos tuvieran noticias de ellas o encontraran a los supervivientes  (y, con toda probabilidad, facilitando o generando las condiciones necesarias para la conquista) (1).

Hoy estamos lamentablemente familiarizados con el concepto de guerra biológica, para la cual se utilizan armas especiales. A su manera, los conquistadores fueron pioneros del uso de los factores biológicos como arma, pero de una forma absolutamente involuntaria, es decir, no sistemática (como pioneros sistemáticos, el premio probablemente se lo lleven los mongoles). Y esto es necesario subrayarlo cuántas veces sea necesario: si bien los europeos mataron a muchos indígenas en enfrentamientos armados, o explotándolos con brutalidad, la inmensa mayoría de las muertes indígenas se produjeron sin intervención de su voluntad.

Por otro lado, queda en pie la cuestión de si los europeos pretendían realizar una limpieza étnica o un exterminio. A mi modo de ver, esto no fue así. Los europeos tenían móviles económicos, políticos y religiosos para conquistar América. Causaron la muerte de muchos a través de su explotación económica, pero, a diferencia de lo característico en las prácticas genocidas que utilizan el trabajo de poblaciones sometidas, su objetivo no era la muerte de los explotados, sino la obtención de riquezas. A la explotación los movía lo económico, y no lo político-ideológico. Pero, además, podemos ver cuán alejada de algo remotamente similar a una limpieza étnica estaba la intención de los españoles, cuando examinamos los fundamentos religiosos de la conquista. A los españoles les interesaba evangelizar a los indígenas, no exterminarlos. Les interesaba incorporarlos a su propio mundo católico, que fueran súbditos de los reyes y del Papa: integrarlos (subordinadamente, sí, pero integrarlos al fin) en una nueva sociedad como la que surgió en Hispanoamérica, donde los indígenas tuvieron un lugar definido y derechos (bastantes más, incluso, que los que tuvieron luego de las independencias de estas regiones). Esto constituye, por otro lado, una diferencia abismal respecto a la relación entre religión e indígenas que se puede apreciar en la colonización de Norteamérica. Sin dudas que la política española revistió un grado de violencia física y sobre todo simbólica enorme, pero no tiene nada que ver con una práctica genocida.

También podemos pensar este punto recurriendo a comparaciones históricas. Tomemos aquellos genocidios más universalmente reconocidos como tales, y veremos cómo ni los turcos pretendían integrar en su sociedad a los armenios, ni los nazis a los judíos, ni Stalin a los ucranianos, ni Pol Pot a sus (supuestos) opositores políticos; lo que querían era el exterminio de aquellos grupos humanos declarados como enemigos -y para cumplir sus objetivos realizaron planes minuciosos. ¿Reconocerles derechos? ¡Qué esperanza! Al contrario, se los despojaba de cualquier derecho, se los ponía por fuera de la condición de humanos.

Nada de todo esto (ni negación de todos los derechos, ni intenciones de exterminio, ni planificación para ello) encontramos en el caso de la conquista española de América.

Entonces, ¿a qué se debe el arraigo de la visión de la la Conquista como un genocidio? Dejando de lado su función de sostén de las narrativas políticas e identitarias de la izquierda indigenista latinoamericana  (con la cual simpatizo en sus reclamos presentes pero me rechina en sus interpretaciones de la historia), creo que en el centro de la cuestión hay problema discursivo. Lo que se pretende, básicamente, es aplicar una categoría con un gigantesco y muy concreto peso simbólico actual a un hecho X para dar cuenta del horror que provoca este hecho X. O, para decirlo de manera más sencilla, el horror y la indignación que provoca  la magnitud de las muertes y sufrimiento de los pueblos originarios a causa de la Conquista, puede llevar a calificar a tal hecho con una de las palabras más fuertes y cargadas de dramatismo de nuestro léxico político usadas para referirnos a algunas situaciones especiales de grandes matanzas: genocidio.

En cuanto a la cuestión del saqueo, no tengo mayores objeciones que realizarle. Sí, fue un saqueo gigantesco, y que conllevó una cantidad igualmente gigantesca de sufrimiento humano. Tampoco hay dudas ya de que dicho saqueo fue la principal causa necesaria del despegue económico y político de Europa; sin el capital acumulado por siglos de comercio colonial, la revolución industrial inglesa habría sido imposible. Pero esto lo explicó mucho mejor Karl Marx en su maravilloso capítulo 24 de El Capital, así que vayan y léanlo a él.

Analicemos ahora el por qué de lo erróneo de la visión “europeos” vs “indígenas”. Si tomamos el caso de la conquista española, veremos que ninguno de estos pretendidos dos bandos era homogéneo y, al menos uno, el de “los indígenas”, era tan heterogéneo que su formulación conceptual como un grupo enfrentado a los conquistadores es insostenible. Ya vimos que uno de los dos principales factores que explica la victoria de los españoles son las enfermedades. El otro factor fue su habilidad política para manejarse en la complicada interna de los grandes imperios azteca e inca. En ambos casos, los españoles aprovecharon situaciones de inestabilidad política dentro de los imperios indígenas a su favor. Hernán Cortés, astuto como pocos, percibió rápidamente la estructura de dominación azteca y sus problemas y se dio cuenta de cómo utilizarla a su favor. En efecto, los aztecas eran tan sólo uno de los muchos pueblos que habitaban las tierras del México central, que gracias a su habilidad guerrera habían logrado imponerse por sobre los demás pueblos de la región, a los que sometían a pesadísimas cargas tributarias (en hombres y en recursos económicos). Naturalmente, el descontento campeaba entre las poblaciones sometidas, y la aparición en escena de los europeos fue vista por ellos como una oportunidad para sacudirse el yugo azteca. Y así, por medio de una alianza entre los pueblos sometidos (principalmente los tlaxcaltecas), que suministraron el grueso de las tropas, y los españoles de Cortés, los aztecas fueron derrotados (y los tlaxcaltecas recompensados con privilegios y cargos de poder en la nueva administración colonial, durante muchos años).

Años después, Francisco Pizarro y Diego de Almagro harían gala de un mismo sentido de la astucia política, al utilizar en su favor la situación derivada de la guerra civil en la que se hallaba inmerso el imperio inca al momento del contacto con los españoles. Pizarro apoyó a uno de los pretendientes al trono (Huáscar), y sus partidarios, naturalmente, formaron las huestes de Pizarro, que derrotaron al otro pretendiente (Atahualpa). Y, poco después, Pizarro y Almagro, conquistadores victoriosos, desataron una guerra civil propia, por el botín de la conquista y por quién se quedaría a cargo de los antiguos territorios incas. Sólo una oportuna intervención del rey de España logró evitar la temprana secesión del Perú.

Se podrían poner más ejemplos, relativos a la conquista y colonización de Norteamérica, donde franceses e ingleses solían aliarse con tribus indias de la región para enfrentarse entre sí. Pero creo que mi punto ha sido suficientemente ilustrado, y nos conduce a la siguiente pregunta: ¿podemos seguir sosteniendo la idea de que el enfrentamiento de la conquista fue entre “europeos” por un lado e “indígenas” por otro? ¿No será más ajustado a la verdad histórica decir que los enfrentamientos se dieron entre “algunos europeos e indígenas” contra “otros europeos e indígenas”?

De la misma manera, ver las cosas en esta perspectiva complejiza mucho más, al punto de volverla un absurdo, la visión maniquea que interpreta esta historia como un enfrentamiento entre los malos europeos y los buenos indígenas. Visión maniquea fuertemente arraigada en la cultura popular latinoamericana, ejemplificada de manera paradigmática en la emocionante y bellísima canción “Maldición de Malinche” (la cual, de todos modos, habla más de la época en que fue compuesta que de la época de la conquista y, a pesar de sus distorsiones históricas, aún dice muchas verdades).

En suma: sí, la conquista de América fue una gigantesca tragedia, y no tengo muchos reparos en afirmar que fue la peor de la historia (en parte porque además fue la causa directa de la otra gran tragedia de la historia: la trata atlántica de esclavos africanos). Pero fue una tragedia que se debió, en un comienzo, mucho más al azar que a la voluntad de los actores involucrados -como tantas otras. Hoy conmemoramos quinientos veinte años del inicio de esa tragedia espantosa, pero no debemos olvidar que fue un episodio mucho más complejo de lo que se puede sintetizar en un slogan de lucha bienintencionado pero muy cuestionable en su verdad histórica.

No, en la América la nuestra de azúcar, cobre y café, no hay motivos para fiesta. Pero hay sí muchos motivos para reflexionar y sacar lo mejor de la peor de las tragedias.

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(1) Es muy interesante trazar una comparación entre el fallido intento de colonización vikinga de algunas tierras de Norteamérica, en el siglo XI, y la exitosa colonización europea que comenzó en el siglo XVI. Los vikingos, que en aquel entonces eran los guerreros más temidos y feroces de Europa, fueron derrotados sin muchas dificultades por los nativos “americanos”, y de modo tal que nunca más los nórdicos se atrevieron a volver. ¿Qué habría pasado si la viruela no hubiera exterminado a la casi totalidad de la población indígena de la costa este de Norteamérica, y así debilitado hasta el extremo su poderío, unas décadas antes de que llegaran los primeros colonos ingleses? Por más información, véase este artículo de Cracked (en inglés).

Categorías:DDHH, Historia

Cómo preparar rana hervida: sobre el proyecto de prohibición del consumo de alcohol en la vía pública

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“Primero se llevaron a los fumadores, pero a nadie le importó. Ahora vienen por los que toman alcohol en la calle… nos debería importar”

…es lo primero que pienso al leer la noticia de que el gobierno pretende prohibir el consumo de alcohol en la vía pública. El viejo Bertolt Brecht sabrá perdonarme la paráfrasis, y estoy seguro que la comprendería, salvando las abismales distancias entre el contexto en que él formuló su denuncia y el actual que me lleva a mi atrevida adaptación: después de todo, el razonamiento que le sirve de sustrato es básicamente el mismo, al apuntar que ataques y recortes medidos, delimitados, relativamente “pequeños” y sobre todo progresivos a libertades y derechos de una sociedad o parte de ella, conducen al control y al fin de la libertad y los derechos de toda la sociedad, al tiempo que señala dramáticamente cómo eso sólo es posible por la indiferencia de una mayoría que no se autopercibe como afectada por esos ataques (algo que Noam Chomsky ha desarrollado con meridiano acierto).

Aparentemente, el gobierno busca atacar la adicción al alcohol y su consumo abusivo, de alta prevalencia en nuestra sociedad, y de consecuencias evidentemente negativas y dolorosas. Sin embargo, siempre es una sana costumbre desconfiar, y cuando se trata del Estado tal costumbre se eleva al rango de imperativo ético y categórico. Y así, leyendo entrelíneas, se ven dos puntas de la propuesta francamente preocupantes.

Por un lado, resulta evidente que de ver la luz, esta normativa pondrá en funcionamiento una nueva maquinaria recaudadora, desde que el castigo por beber alcohol en la vía pública será a través de multas (y suponiendo que un porcentaje irá para el funcionario que multe, tenemos asegurado el celo persecutorio), hasta por la eventual venta de licencias y autorizaciones especiales para la venta de alcohol. Es verdad que habría que financiar a las noveles “brigadas antivicio”, pero esto sólo nos revela un nuevo punto: ¿debería ser la persecución de las personas que toman alcohol en la calle un destino de las preocupaciones gubernamentales en materia de seguridad pública? ¿No hay cuestiones de seguridad pública más urgentes a las cuales prestarles atención e invertir en ellas recursos, tiempo y energía?

Luego de la crisis financiera de 2008 que arrastró a Europa a una crisis económica general en al que aún se encuentra (¿saldrá algún día?), un país de ese continente, en medio del silencio mediático masivo, hizo todo lo contrario a lo que la ortodoxia capitalista recomienda en estos casos: dejó quebrar a los bancos, juzgó y encarceló a los banqueros y, fuertes movilizaciones ciudadanas mediante, los políticos sufrieron el escarnio y desprecio general y comenzó la redacción de una nueva Constitución. Me refiero, claro está, a Islandia. Entre tantas notas anómalas, una se destacó: fue electo como alcalde de Reikjavik, la capital del país, un popular comediante quien aparentemente se había postulado como una broma. Enfrentado súbitamente a la tarea y la responsabilidad de gobernar, y debido a que estaba obligado a formar alianzas con otros partidos para lograr las mayorías necesarias, lanzó una inesperada (y brillante) condición de alianza: no pactaría con ningún partido cuyos miembros no hubieran visto las 5 temporadas completas de la genial serie de televisión The Wire. Como dice Hernán Casciari:

Es una exigencia tan extraña como sensata, porque para cualquier político del mundo, por lo menos para quienes pretenden gobernar en el mundo occidental, un visionado de The Wire debería ser obligatorio. Una serie que es mucho más que una serie: es un tratado sociológico acerca de la corrupción humana desde las ópticas del tráfico de drogas, las aduanas portuarias, la enseñanza, la Justicia y los medios de comunicación. La vida misma, en cinco entregas.

Lamentablemente, dudo que alguien del gobierno uruguayo haya tenido el buen tino y gusto de sentarse a mirar, disfrutar y reflexionar sobre The Wire. De haberlo hecho, quizás recordarían esta escena de antología:

Por otro lado, tenemos la vieja y falsa oposición entre la libertad y la seguridad. El Estado y sus agentes siempre tratarán de persuadirnos (y lo logran con muchísimas personas) de que seguridad y libertad son términos relacionados por una proporcionalidad inversa, es decir, que si queremos mayor seguridad debemos aceptar un recorte de nuestras libertades y, al contrario, mayores cuotas de libertad implican renuncias a nuestra seguridad. Pero es una oposición falsa, como recién decía, porque siempre debemos preguntarnos, en especial respecto a la seguridad, “¿la seguridad de quién?” A primera e ingenua vista, muchos podrían opinar que en la última dictadura había menos inseguridad (al precio de menos libertades), en buena medida porque no había tantos delitos (lo cual, de todos modos, es mentira)… pero este pensamiento sólo puede resultar de un recorte brutal y falaz de la realidad. ¿Qué delitos se cometían menos? ¿Quiénes se sentían más seguros? Pero insisto, esta oposición no sólo es falsa, también es viejísima, y contra ella ya nos previno Benjamin Franklin al lanzar su máxima: “quien sacrifica su libertad a cambio de seguridad, no merece ninguna de las dos”.

Entonces, el gobierno nos pide que renunciemos a una parcela de nuestra libertad (el beber alcohol en la vía pública) a cambio de mayor seguridad (sufrir menos accidentes de tránsito y laborales, menos riñas, menos violencia doméstica, en fin, menos enfermedad y sobre todo menos muerte), a cambio de protección. La novedosa variante que Franklin no previó es que hoy en día el Estado ya no nos ofrece protección sólo contra amenazas externas: ahora, también pretende protegernos de nosotros mismos, y así nos toma por eternos menores de edad, necesitados de la tutela constante, terrible pero amorosa, del padre nuestro Estado. No sólo busca protegernos de la agresión de otras personas bajo los efectos del alcohol, sino de las consecuencias de nuestras propias acciones estando nosotros mismos bajo esos efectos.

Esta pretensión se basa en dos postulados, uno médico-político y otro moral-religioso. El primero, es el que brevemente podemos enmarcar dentro del concepto foucaltiano de la biopolítica. Según Michel Foucault

el ser humano constituye una materia prima, como la tierra o los recursos naturales, que los agentes con poder se esfuerzan en potenciar para extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un Estado-guardabosques que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera es sustituida por la de un Estado-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el tiempo adecuado; momento éste que varía de una planta a otra: pensemos en la capacidad que tienen las vacunas para proteger a los individuos, el empeño en reducir las muertes por accidentes de tráfico a través de medidas como el carné por puntos, el esfuerzo por aumentar la movilidad de los afectados por una enfermedad grave a través de la inversión de enormes recursos en investigación, etc.[1]

El segundo postulado apunta a la concepción de las personas como niños, que deben ser protegidos por una entidad superior que sabe lo que es bueno (y lo que no) para ellos y, así, les prohíbe o regula determinadas acciones, o el consumo de determinadas sustancias. Se niega así la autonomía y la responsabilidad de las personas, y ello es la llave para quitarles sus libertades. Sólo sosteniendo la existencia de una intrínseca irresponsabilidad de los individuos se puede justificar la opción por la represión -opción que siempre va ligada al miedo. Encontramos aquí una profunda raíz moral cristiana, que de la misma manera niega la posibilidad del placer por el miedo de que en su búsqueda se caiga en “el pecado”. ¿Qué otra cosa, si no, sostenía Jesús cuando recomendaba la amputación de manos y ojos frente al peligro del pecado? Traduciendo esta moral a los tiempos actuales, obtenemos el mismo miedo atroz a la vida:

Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cancer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.[2]

Si usted vive, en fin, morirá. ¿Cómo resolver esta situación aterradora? Frente a la solución extremista de la religión cristiana pura y dura, que nos aconsejaría renunciar lisa y llanamente al sexo, al tabaco, al alcohol, la comida, la rebeldía, la crítica, los actuales sacerdotes laicos y liberales de la moral, las buenas costumbres y la eficiencia biopolítica nos ofrecen una solución atenuada:  “no haga ninguna de esas cosas, excepto en el tiempo y forma en que nosotros se lo indiquemos -por su propia seguridad”. A esto le debemos agregar el desarrollo cada vez más intenso de una “fetichización de la sustancia” que, por supuesto, no se limita al alcohol (de hecho, el fetiche por excelencia de estos neo-predicadores son “las drogas” ilegales):

Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. Porque, se dice, las drogas son adictivas, tendrían el atributo de ser ingobernables, la capacidad de hurtarle al usuario su autonomía, de esclavizarlo en suma.

Este brevísimo y genial chiste debería bastar para desarmar tal absurdo:

Desgraciadamente, en un mundo donde los objetos (y los animales) son tratados como personas y las personas como objetos, la mía es una esperanza demasiado optimista.

Sin embargo, la impugnación de estas pretensiones estatales es muy clara, y debería ser igual de firme: ¿qué derecho, qué legitimidad tiene el Estado (o quien sea) a meterse en nuestras vidas privadas, a decirnos (en este caso) qué consumir y que no? Si nos apegamos al propio orden jurídico, tenemos que remitirnos a la Constitución de la República, la cual, en su artículo 10º dice que “las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.” Esto me lleva a suponer, desde ya, que la constitucionalidad de la actual propuesta del gobierno es más bien dudosa. No es que tampoco yo espere demasiado respeto por la Constitución de parte del gobierno, sobre todo cuando este artículo ya es directamente pisoteado por el proyecto de ley de internación compulsiva por consumo de drogas, el cual, en rigor, es hasta ahora la punta de lanza del autoritarismo estatal sanitario-policíaco del actual gobierno.

El viejo blogger Benito lo dejó muy en claro hace ya varios años, en el mejor alegato escrito hasta ahora contra las políticas represivas en materia sanitaria de los últimos gobiernos:

La Policía de la Salud, que hoy en día gobierna Uruguay (y casi todo el mundo) decidió que como hay gente que se emborracha -una decisión que los borrachos hacen cuando están sobrios y conscientes- y actúa violentamente, hay que prohibir la venta de alcohol en espectáculos deportivos y culturales masivos. Una decisión muy próxima a la infausta Ley Seca y que atropella una buena cantidad de libertades individuales, pero que se hace en aras del bien público, porque es más fácil prohibir (prevenir) que hacer responsables luego a los enfermos mentales de sus actos de violencia consciente.

Yo creo que si uno tiene la curiosa idea de romperle una botella en la cabeza a otra persona estando borracho, esa no es una decisión que el alcohol tome por uno, sino que uno -que ya de partida es una bestia inmunda si considera algo posible el romperle la cabeza a un desconocido- la tomó en el momento en que decidió anular químicamente sus reflejos represivos en una situación social. En las décadas que llevo bebiendo jamás se me ocurrió hacer algo así, pero sí me di cuenta que era muy peligroso que yo manejara luego de beber, por lo que dejé de manejar. De eso debería tratarse en el mundo adulto, de decisiones responsables. Ah, pero hacer responsable a la gente cuesta relegar poderes, cuesta policía y cuesta cárcel y cuesta eficiencia, así que el Estado prefiere anular algunos puestos de trabajo (vendedores de cerveza, distribuidores, etcétera) e igualar hacia abajo, colocando a todos los bebedores a la altura de los borrachos más despreciables. Pero la ley, además, prohibe la venta de alcohol en cualquier puesto a 500 metros de un evento deportivo o cultural masivo. Es decir que cualquier bar que esté situado a cinco cuadras de un estadio (piensen en cada estadio que conocen y en su radio de 500 metros y van a localizar mentalmente una buena cantidad de bares, minimarkets y demás expendios de bebidas alcohólicas), tiene que sacrificar de un plumazo buena parte de su recaudación -en muchos casos su mejor día de recaudación- porque a un burócrata con ganas de dirigir la conducta de otras personas no se le ocurrió ninguna otra solución. Y porque es más barato y hay que pensar menos.

Retomando al viejo Brecht, recordemos cómo nuestras libertades son más fáciles de aplastar si se lo hace progresivamente, de menos a más. Creo firmemente que aún estamos a tiempo de saltar fuera de la olla que cada vez se está calentando más y más.

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1.  Biopolítica, artículo de Wikipedia.
2. “El miedo manda”, Eduardo Galeano.

Categorías:DDHH

La crisis energética, el progreso y la ceguera del gobierno uruguayo

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“Yo espero que aprendan y se den cuenta que no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante. Es más, hay que poner eso adelante de todo. Si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro.”

José Mujica, Presidente del Uruguay

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Vayamos al grano: el actual sistema económico que estructura al mundo entero es insostenible a mediano plazo. Esta afirmación tan contundente no se desprende de una postura ideológica (aunque las posturas ideológicas pueden ayudar a u obstaculizar la comprensión del problema), ni se desprende de consideraciones económicas (aunque obviamente implica a la economía), sino de una cuestión sencillamente física: no es posible un crecimiento económico exponencial e ilimitado en un mundo finito y de recursos limitados.

Nuestro sistema, precisamente, se basa en la presunción contraria: que tal crecimiento sí es posible. Que podremos seguir aumentando la producción y el consumo indefinidamente, y con ello los avances tecnológicos y sociales para alcanzar mayores niveles de “bienestar”. Y he ahí una de las claves para entender el problema: para los políticos y los economistas, el bienestar social es sinónimo de aumento de la producción y el consumo. Su ecuación básica, entonces, es “crecimiento económico = bienestar social”.

Una vez llegados a ese punto, dicha ecuación se toma como axioma, como una verdad evidente en sí misma. Cuanto más tengamos, mejor viviremos, ¿no? Más habrá para repartir, ¿no es cierto? Por supuesto, esto merece un debate acerca de qué debemos entender por “bienestar”, por “vivir bien”. Pero no es el punto aquí. Para el sistema socioeconómico en el cual vivimos, y para sus representantes políticos (e incluso para la inmensa mayoría de los críticos de éstos), la ecuación mencionada es válida, y sobre ella construyen los discursos, los relatos que dan sentido a nuestra realidad social y las decisiones políticas del día a día.

He traído a colación a políticos y economistas, que suelen tomar como indicadores de lo bien que marcha un país la cantidad de autos que se venden por año o el aumento de las exportaciones, pero lo cierto es que todos participamos de la misma visión, pues todos somos hijos de ella. ¿O acaso alguien se cuestiona si realmente es deseable, como algo bueno y beneficioso, el crecimiento económico? Bueno, sí; siendo aún una ínfima minoría, cada vez habemos más que cuestionamos y rechazamos tal afirmación, pero volveré sobre eso en un momento.

¿Cómo hemos llegado a la conclusión de que el crecimiento económico es sinónimo del bienestar? Lo que ha sucedido en realidad, históricamente, es una distorsión, o más exactamente, un intercambio de términos y significados. Puesto que “bienestar social” es un concepto ambiguo y subjetivo, o incluso un continente para ser rellenado con muy diversos contenidos, centrémonos en el otro término de la ecuación para dilucidar el significado del bienestar al que se lo equipara.

El concepto del crecimiento económico no presenta las mismas complejidades que el del bienestar. Por el contrario, todos podemos coincidir en más o menos lo mismo: implica mayor producción de bienes y servicios, lo cual implica mayor producción de materias primas y tecnología, lo cual implica más mano de obra y por ende aumento demográfico, lo cual lleva a un aumento del consumo y de la demanda, lo cual implica mayor producción de bienes y servicios… y el bucle de retroalimentación positiva da una vuelta más en su espiral ascendente hacia el infinito. Y ese espiral tiene un nombre que goza de la misma excelente prensa que el crecimiento económico: progreso.

Ahora bien, lo que acabo de describir es el funcionamiento sistémico del capitalismo.  El capital necesita siempre un espacio externo sobre el cual expandirse, al cual capturar, apropiárselo, pasar a integrarlo como una nueva parte suya y aumentar de dimensiones, sólo para continuar el proceso con un nuevo espacio que aún permanezca externo a él. Así funciona el capitalismo: o se expande (crece) o muere. Por lo tanto, aquí llegamos a la ecuación auténtica, que revela la transposición de términos a que hacía referencia más arriba: “crecimiento económico = supervivencia del sistema capitalista”. Lo que ha sucedido, entonces, es la identificación del bienestar social con el desarrollo del capitalismo.

Hoy en día, luego de siglos de expansión constante y brutal que arrojó como desenlace la extensión global y total de dicho sistema (que partiendo de Europa capturó uno tras otro a América, África, Asia y finalmente a los países comunistas), asistimos al espectáculo del sistema chocando contra sus límites físicos. Ya no queda dónde expandirse. Ya no hay un espacio externo del cual apropiarse. Pero lo que es más importante, y lo que con toda probabilidad entraña su golpe de gracia, es que ya no quedan los recursos energéticos para sostener ese crecimiento -crecimiento que sólo fue posible, en tales gigantescas dimensiones e intensidad, gracias a los recursos energéticos que proveyeron y aún proveen los combustibles fósiles. Y volvemos así a la constatación con la que iniciamos este escrito.

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El diario El País publica una serie de declaraciones de José Mujica, en las cuales el Presidente revela su profunda incomprensión del problema de la crisis energética que vive el mundo entero. El primer indicio de ello es que desde el principio Mujica plantea el problema de una manera errónea, como un conflicto entre el crecimiento económico y las exigencias y reparos ambientales que pueden presentársele como obstáculos en el corto plazo (en el largo plazo es evidente que la destrucción del ambiente conlleva el fin del crecimiento y básicamente el fin de todo: no se puede crecer sobre la nada, por más  empeño que pongan en ello los capitales financieros). Desde luego, los impactos ambientales deben ser tenidos en cuenta a la hora de emprender cualquier actividad industrial, pero el problema va más allá: el presidente da por sentado que el crecimiento económico tal como lo hemos descrito no sólo es algo deseable, sino algo posible, y con ello queda en evidencia que el gobierno ignora por completo el significado de la crisis energética en la cual ya nos encontramos (aunque aparentemente pretenda lo contrario).

Uruguay se enfrenta a problemas de abastecimiento de energía eléctrica, como tantos otros países del mundo (1). No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que tales problemas, más allá de las sequías que afectan a nuestra principal fuente de generación de electricidad (y que podríamos relacionar en parte con la expansión de los monocultivos forestales para la producción de celulosa (2) ), se encuentran en directa relación con el aumento del consumo, es decir, del crecimiento económico. A esto se le deben sumar nuevos proyectos industriales, como el de la megaminera Aratirí, que implicará, de concretarse, un nuevo aumento de la demanda eléctrica.

Los puntos se van conectando, y así vemos aparecer la problemática ambiental envuelta en la energética: la instalación y desarrollo de estas megaempresas industriales disparan la demanda de electricidad (y de combustibles fósiles, por supuesto, indispensable para vehículos, maquinaria, etc), lo cual lleva a la necesidad de construcción de nuevas plantas de generación de energía, y en vista de las opciones que se manejan como fuente de suministro, tanto aquí como en el exterior (carbón), terminan aumentando aún más la demanda de combustibles fósiles. El ya familiar espiral ascendente del crecimiento queda ante nuestros ojos una vez más, al tiempo que apreciamos cómo ponemos nuestro granito de arena en el agotamiento mundial de las fuentes de energía no renovables.

Mujica está en lo cierto cuando dice que “no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante”… el problema es que un crecimiento y desarrollo infinitos necesitan de un abastecimiento infinito de energía (y de los recursos materiales necesarios para sostener ese crecimiento), algo de lo que nuestro planeta no dispone (3).

El Presidente también acierta cuando sostiene que “si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro”, pero aquí el problema adquiere otro sentido: si queremos seguir un rato más por el camino del crecimiento económico (un camino al que le pueden quedar algunos kilómetros de ascenso, pero cuyo dramático descenso es inevitable más tarde o más temprano), debemos seguir consumiendo petróleo. Pero al no ser el Uruguay productor de petróleo, debe seguir subordinado al funcionamiento del capitalismo global y, por lo tanto, renunciar a su independencia energética (4). O, para sintetizarlo en una sentencia que al Presidente no le puede caer bien: independencia energética o crecimiento económico. Ambas, imposible.

Pero, ¿por qué menciono al petróleo como algo tan importante y básico? Sencillo: porque el petróleo es la sangre que mantiene con vida el organismo de nuestra civilización industrial. Todo lo que utilizamos, lo que consumimos, todas nuestras actividades cotidianas, necesitan del petróleo. Lo usamos para fabricar nuestras ropas, para trasladarnos y trasladar los productos que consumimos, para las máquinas que construyen nuestras ciudades y cultivan nuestros campos, para fabricar fertilizantes, abonos químicos y pesticidas, plásticos, para procesos industriales y para la extracción de materias primas -entre las cuales está, por supuesto, el mismo petróleo. Hasta tal punto llega nuestra dependencia vital de este líquido, que podemos afirmar que comemos combustibles fósiles.

Este uso omnipresente se debe a las excepcionales cualidades energéticas y económicas del petróleo: barato, abundante y de una densidad energética superior (un litro de petróleo contiene la energía que un hombre joven, sano y fuerte podría producir, si trabajase sin parar, durante cuatro días y medio). Sin embargo, de estas tres cualidades, la única que permanecerá en el futuro cercano es la tercera. El petróleo, como sabemos, es un recurso finito y no renovable: una vez que se acabe, se acaba para siempre. Actualmente, se acerca a su cenit o pico de producción mundial (hay quienes sostienen, incluso, que ya nos encontramos en él), tras el cual la producción comienza a descender rápida e inexorablemente, hasta su agotamiento.

Y ese es el problema más grande que deberá enfrentar la humanidad: adaptarse en relativamente poco tiempo a un mundo sin petróleo barato, siendo que éste es la base de todo el sistema económico y social que hemos construido a lo largo de un siglo, y siendo que nuestra vida depende tanto de él. Solo para mencionar el aspecto más significativo y potencialmente más dramático: la explosión demográfica que vivió el planeta en el siglo XX traza una curva idéntica a la curva del consumo mundial de petróleo, y cabe suponer que la industrialización mundial de la agricultura explica en buena parte los motivos que sostienen dicha explosión demográfica. Pero “industrialización de la agricultura” y “petróleo” son sinónimos: ¿cómo se podrá alimentar a tanta gente sin ese recurso?

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Desde luego, en vista de las declaraciones de Mujica, no parece haber en nuestro gobierno la más mínima señal de conciencia de estos problemas. Por su parte, sigue apostando al paradigma del progreso infinito, del crecimiento exponencial y del hacer de cuenta que tenemos combustibles fósiles para toda la vida. O, lo que no es más que otra manifestación de la misma ceguera, suponer que otras fuentes de energía pueden suplantar al petróleo en un 100%, de modo que podamos seguir alegremente con la fiesta del progreso -algo que no sucederá (5), pero que indudablemente está en las mentes de los políticos que se encargan de diseñar los proyectos energéticos. El presidente de UTE afirma que para 2015, “el 90 por ciento de la energía [consumida en el país] será renovable y autóctona”, mientras el comunicado de la Presidencia finaliza la noticia redondeando la idea y devolviéndonos al problema de la ecuación que planteamos al inicio: “cada vez que crece 1% la disponibilidad de energía crece lo mismo la economía nacional con más calidad de vida para los uruguayos.”

“Hay que poner eso delante de todo”, dice Mujica, hablando del crecimiento económico basado en la producción de energía para el consumo creciente de la población y de los megaemprendimientos industriales: es preocupante, profundamente preocupante, que el Presidente crea que el crecimiento económico es el fin que justifica todos los medios, y sobre todo que crea que allí está nuestro futuro.

No hay mañana: el fin de la era del consumo ilimitado

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(1) El caso más reciente (y el mayor de la historia) es el que afectó a la India.

(2) Dicho sea de paso, Mujica también acaba de anunciar la  instalación de una tercera fábrica de celulosa en el Uruguay, como proyecto con fecha tentativa de entrar en funcionamiento en 2018. Parece que lo da por hecho, aunque según tengo entendido hay algunos trámites previos que se deben cumplir, como algún que otro estudio de impacto ambiental.

(3) Esto, que resulta evidente para los combustibles fósiles y el uranio, también se aplica para las energías renovables, que pueden parecer a primera vista “infinitas”, pero no lo son. Entre otros motivos, por una sencilla y práctica razón: para generar tales cantidades infinitas de energía se necesitaría una infraestructura igualmente infinita. Nuestro planeta, una vez más, carece de tal magnitud de recursos para la construcción de dicha infraestructura.

(4) Cabe destacar que incluso a los países productores de petróleo les resultaría muy difícil lograr tal independencia, y de todos modos, se deberían enfrentar a los mismos límites del crecimiento una vez que se les acabe dicho combustible fósil.

(5) Ver los artículos Los límites de las energías renovables: materiales, Los límites de las energías renovables: capital, Cinco poderosas razones por las que el coche eléctrico no llegará nunca, y El coche eléctrico, un grave error.

Una Solución Final a los problemas del Uruguay

Tratemos de seguir un razonamiento que se refiere al medio ambiente y a su relación con la producción y el trabajo, razonamiento que abunda por estas penillanuras. Sería más o menos así:

-La gente necesita trabajo y el Estado necesita recursos para combatir la pobreza –> los megaemprendimientos transnacionales (como el modelo forestal, o la megaminería) ofrecerán muchos puestos de trabajo, probablemente a costa de la depredación ambiental.

-En toda actividad productiva hay contaminación y depredación ambiental –> qué vamos a hacer entonces, ¿vamos a no trabajar más y morirnos de hambre? ¿Vamos a rechazar inversiones multimillonarias (de las cuales nos quedaremos con algunos millones) con la vana excusa de una probable catástrofe ambiental?

Es un razonamiento muy extendido este, y muy seductor, pues se basa en el mito más potente de los últimos 200 años de civilización occidental: que es posible el crecimiento infinito y exponencial en un planeta de recursos y capacidad finitos, y que, por ende, todos los problemas se solucionan invirtiendo más capital, y generando más trabajo y más consumo. Más, más, más. Siempre más.

En vista de que las fuentes de trabajo son el fin que justifica todos los medios (que nos habilita incluso a poner nuestro grano de arena en la serruchada global de la rama en la que estamos sentados como especie), es que les traigo, amigos, la Solución Final a los problemas más terribles que nos aquejan, es decir, la desocupación y la pobreza.

Como ha quedado irrefutable y empíricamente demostrado en el siglo XX, podemos fabricar jabón con humanos. Entonces, ¿por qué no agarrar a muchos pobres y desocupados para que conviertan en jabón al resto de los pobres y desocupados?

Imagínense: podríamos no sólo surtir nuestro magro mercado interno, sino también exportar a troche y moche. Podríamos incluso especializarnos (préstamo del Banco Mundial mediante) en la producción de jabón, desde los de uso cotidiano hasta finos jabones para los consumidores más selectos del Primer Mundo.

Si esta idea no les cabe, quizás por basarse excesivamente en un modelo extranjero, podemos aggiornarnos a los nacionalistas tiempos que corren y hacerlo más a la uruguaya: que muchos pobres y desocupados procedan a faenar al resto, obteniendo carne de primera (por uruguaya, obvio) para exclusiva exportación de lujo. Y seremos pioneros mundiales y (probablemente por un tiempo) sin competencia, a la vez que recuperamos una costumbre ancestral. Ahora que está de moda todo lo retro, ¿vieron?

Como gesto de altruismo y para dar el primer paso, renuncio a cobrar regalías por mis ideas al gobierno que esté dispuesto a llevarlas adelante. No jodan, no tienen excusas.

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Adenda: Un lector me ha hecho notar que Jonathan Swift lanzó una propuesta muy parecida para un problema similar a principios del siglo XVIII.

Categorías:Ecología

Primero como tragedia, luego como farsa: Fernández Huidobro y la Doctrina de la Defensa Nacional

Todo ser vivo – y la Nación es un ser vivo – debe, si quiere subsistir, defenderse contra todo aquello que pueda dañarlo, en sí mismo, como desde afuera. Es ilusorio contar con una situación providencial tal que garantice que el cuerpo social no podrá nunca enfermarse… Frente a la agresión subversiva, que constituye una enfermedad de la nación uruguaya, debe concluirse que el primer papel de la defensa es, y será siempre, el de proteger las bases fundamentales de la sociedad… La amenaza más grave contra el cuerpo de la Nación es el peligro de intrusión de ideologías extrañas a la mentalidad popular que propician la destrucción total de lo existente como precio de un mañana utópico nunca bien definido.

La Subversión. Las FF.AA. al Pueblo Oriental, Junta de Comandantes en Jefe. Montevideo, 1977, p. 13.

El martes 13 de marzo se reunió el novel Consejo de Defensa Nacional (CODENA, según la sigla oficial) que “constituye un órgano asesor y consultivo del Presidente de la República en materia de defensa” y “está integrado por el Presidente de la República, quien lo preside, los Ministros de Defensa Nacional, del Interior, de Relaciones Exteriores y de Economía y Finanzas”, como establece la Ley Marco de Defensa Nacional, Nº 18.650, del año 2009. Y allí, el ministro Eleuterio Fernández Huidobro se despachó con unas cuantas declaraciones sobre el alcance de y lo que debe ser la Defensa Nacional.

En la página de Teledoce se puede ver un video con fragmentos de dichas declaraciones, emitido por el noticiero Telemundo. He aquí una transcripción:

…que no nos entren algunas plagas… que no nos dañen algunas intoxicaciones… que pueden ser culturales también, no sólo bacteriológicas, que, bueno, el hecho de que nuestros medios de prensa y de difusión quedan tapados por medios extranjeros, es preocupante, ¿no? Por ahí se va perdiendo hasta el dominio del idioma. En zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués.

A esta altura de nuestra historia, cuando tanta agua ha corrido bajo el puente de la dictadura, y tan (en apariencia) extraños reacomodamientos han tenido los zapallos políticos en el carro de los Derechos Humanos… ¿tenemos derecho a sorprendernos (una vez más) sobre una nueva manifestación de sintonía entre militares y tupamaros?

Tal vez sí. Porque estas declaraciones de Fernández Huidobro son expresión de un vínculo ideológico más profundo entre dichos grupos, un vínculo que revela hasta qué punto podemos pensarlos como “hermanos de sangre”, como hijos históricos de un mismo vientre político e ideológico: el del culto a la Nación y, por ende, al Estado.

Porque, ¿qué otra cosa sino un rancio nacionalismo organicista (estoy tan tentado a escribir la palabra que empieza con “f”…) destilan tanto la Junta de Comandantes en Jefe de 1977 como el actual Ministro de Defensa, con sus respectivas declaraciones? Las de aquéllos eran terribles y alarmantes. Las de éste también pero, además, son fundamentalmente patéticas. Trasnochadas. Reaccionariamente anacrónicas. En fin, arrolladas por la historia que les pasó por encima.

El paralelismo entre los dichos del ministro y los de la Junta de Comandantes es tan evidente que no creo necesario ahondar en su crítica. Pero permítaseme señalar un par de puntos.

¿No es acaso una elección muy poco feliz, y de muy mal gusto, llamar “CODENA” al nuevo organismo de Defensa? ¿Soy el único al que le suena demasiado parecido al infame “COSENA”? Tal vez es un primer paso, un tanteo, hacia una reciclada “Doctrina de la Defensa Nacional”.

Por demás, los ejemplos que pone Fernández Huidobro para ilustrar su concepción de lo que debe ser la Defensa Nacional están a la altura de su patetismo y su carácter reaccionario. ¿Por qué habría que preferir a priori a la prensa nacional frente a la extranjera? Con unas pocas y honrosas excepciones, no me parece de tanta calidad para que merezca tal consideración previa. Por el contrario, y por poner sólo un ejemplo, el (buen) periodismo argentino ha sido y es incomparablemente mejor (más jugado, incisivo y profesional) que el periodismo uruguayo.

Pero la frutilla de la torta, lo que más me preocupa porque de todas las posibles iniciativas es la más fácilmente practicable, sin dudas, es el tema del portugués. Porque de llevarse a cabo alguna política basada en la Doctrina de la Defensa Nacional que pregona Fernández Huidobro a través de su imperativo “en zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués”, violaría tanto la ley como los derechos humanos de los uruguayos cuya lengua materna es el portugués del Uruguay –violencia que históricamente han sufrido dichos uruguayos y que sólo se ha comenzado a considerar y a actuar sobre ella en tiempos muy recientes. Alguien tendría que decirle al ministro que volviera a leer la Ley General de Educación, Nº 18.437 (artículo 40):

La educación lingüística tendrá como propósito el desarrollo de las competencias comunicativas de las personas, el dominio de la lengua escrita, el respeto de las variedades lingüísticas, la reflexión sobre la lengua, la consideración de las diferentes lenguas maternas existentes en el país (español del Uruguay, portugués del Uruguay, lengua de señas uruguaya) y la formación plurilingüe a través de la enseñanza de segundas lenguas y lenguas extranjeras.

A menudo se dice que la mentalidad de las Fuerzas Armadas debe cambiar, debe ponerse en sintonía con ideales democráticos, etc. Hasta el propio presidente José Mujica se refirió a ello de alguna forma, cuando habló acerca de la “mochila del pasado” (1). Pero, ¿cómo puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas, si vemos que, en lo esencial, las cabezas al mando siguen siendo las mismas?

Por supuesto, estamos siendo muy cándidos si planteamos el problema en estos términos. Yo empezaría preguntándome, ¿puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas? Si suponés que es una pregunta retórica, adivinaste.

Muchas veces me he preguntado, a lo largo de los últimos años, si no habría que inventar un nuevo subtipo del Síndrome de Estocolmo, llevado a una entera nueva dimensión política e histórica, para describir la actitud y la conducta de los tupamaros (o, al menos, de sus dirigentes más notorios). Es una posibilidad. Si quieren explorar otra, más bien pragmática, esta me parece harto interesante. Pero con las muestras de identidad ideológica de las que cada vez hacen más gala, cabe pensar que ya estaban cortados con el mismo molde desde un principio.

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(1) “Estas Fuerzas Armadas de hoy no deben cargar con ninguna mochila del pasado ante su pueblo”.

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Son los humanos, estúpido

Muchos animalistas centran sus preocupaciones exclusivamente en el bienestar de los animales, denunciando la explotación o los abusos que sufren a manos de los humanos, sin reparar en la explotación y los abusos que sufren (que sufrimos) éstos, de manera constante, estructural, sistemática y sistémica. O, si lo hacen, si reparan en ello y lo cuelan en sus argumentos, es de modo secundario y superficial, o como aclaración, para quedar bien, porque es lo políticamente correcto. Sólo los extremistas llegan a decir (y lo dicen sin tapujos, como todos los extremistas) que les importa más el bienestar animal que el humano. Pero bueno, hay gente que no tiene conciencia de especie.

Pero en lo que no reparan es en algo muy simple, tan simple que rompe los ojos, y que quizás por eso resulta tan invisible: mientras haya explotación de los humanos por los humanos, mientras el hombre sea el lobo del hombre, es imposible que se solucione la explotación de los humanos hacia el resto de la naturaleza, animales incluidos.

Luchar por el bienestar de los animales o de la naturaleza como fin en sí mismo, es decir, como algo por fuera, no enmarcado en una lucha por un sistema social, económico, político y cultural donde no haya explotación entre los humanos, no sólo no soluciona nada, sino que es una distracción, un desperdicio de fuerzas, es calmar con aspirinas o paños fríos la fiebre que es apenas el síntoma de una enfermedad mucho más grave.

Entonces, digámoslo claro: si los que defienden los derechos de los animales no se preocupan antes por defender los derechos de las personas, por eliminar su explotación a manos de otras personas, nunca van a solucionar los problemas de los animales.

¿Muy abstracto todo? Tal vez con un ejemplo sencillo se entienda mejor.

Todos sabemos cómo uno de los punching-balls  favoritos de los animalistas autóctonos son los carritos tirados por caballos que recorren Montevideo recolectando en la basura. Si me preguntan, es una lucha bastante cobarde, con un claro sesgo clasista por demás: jóvenes bienpensantes de clase media-alta emprendiéndola (con el argumento del bienestar animal) contra pobres que desempeñan uno de los trabajos más insalubres, riesgosos y vulnerables que existen en nuestra sociedad. Si los primeros lo hacen a conciencia, o si no se percatan de su clasismo y actúan movidos por las mejores intenciones, es secundario; los efectos son los mismos.

Pero bueno, ya me fui por las ramas otra vez. Los carritos: ¿qué mejor manera de terminar con el sufrimiento de los caballos de los carritos que (en vez de reprimir a los hurgadores, prohibiendo el uso de los caballos y comprometiendo seriamente así su medio de subsistencia) eliminar las causas sistémicas que hacen que esas personas recurran a ese medio de vida para subsistir?

Claro, es la manera más difícil también. Por supuesto, siempre va a ser mucho más fácil pedir represión, tortura y linchamientos.

“¡Dios mío! ¡Un gatito y un bebé abandonados en la calle! La gente hoy en día es tan cruel…”

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