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Primero como tragedia, luego como farsa: Fernández Huidobro y la Doctrina de la Defensa Nacional

Todo ser vivo – y la Nación es un ser vivo – debe, si quiere subsistir, defenderse contra todo aquello que pueda dañarlo, en sí mismo, como desde afuera. Es ilusorio contar con una situación providencial tal que garantice que el cuerpo social no podrá nunca enfermarse… Frente a la agresión subversiva, que constituye una enfermedad de la nación uruguaya, debe concluirse que el primer papel de la defensa es, y será siempre, el de proteger las bases fundamentales de la sociedad… La amenaza más grave contra el cuerpo de la Nación es el peligro de intrusión de ideologías extrañas a la mentalidad popular que propician la destrucción total de lo existente como precio de un mañana utópico nunca bien definido.

La Subversión. Las FF.AA. al Pueblo Oriental, Junta de Comandantes en Jefe. Montevideo, 1977, p. 13.

El martes 13 de marzo se reunió el novel Consejo de Defensa Nacional (CODENA, según la sigla oficial) que “constituye un órgano asesor y consultivo del Presidente de la República en materia de defensa” y “está integrado por el Presidente de la República, quien lo preside, los Ministros de Defensa Nacional, del Interior, de Relaciones Exteriores y de Economía y Finanzas”, como establece la Ley Marco de Defensa Nacional, Nº 18.650, del año 2009. Y allí, el ministro Eleuterio Fernández Huidobro se despachó con unas cuantas declaraciones sobre el alcance de y lo que debe ser la Defensa Nacional.

En la página de Teledoce se puede ver un video con fragmentos de dichas declaraciones, emitido por el noticiero Telemundo. He aquí una transcripción:

…que no nos entren algunas plagas… que no nos dañen algunas intoxicaciones… que pueden ser culturales también, no sólo bacteriológicas, que, bueno, el hecho de que nuestros medios de prensa y de difusión quedan tapados por medios extranjeros, es preocupante, ¿no? Por ahí se va perdiendo hasta el dominio del idioma. En zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués.

A esta altura de nuestra historia, cuando tanta agua ha corrido bajo el puente de la dictadura, y tan (en apariencia) extraños reacomodamientos han tenido los zapallos políticos en el carro de los Derechos Humanos… ¿tenemos derecho a sorprendernos (una vez más) sobre una nueva manifestación de sintonía entre militares y tupamaros?

Tal vez sí. Porque estas declaraciones de Fernández Huidobro son expresión de un vínculo ideológico más profundo entre dichos grupos, un vínculo que revela hasta qué punto podemos pensarlos como “hermanos de sangre”, como hijos históricos de un mismo vientre político e ideológico: el del culto a la Nación y, por ende, al Estado.

Porque, ¿qué otra cosa sino un rancio nacionalismo organicista (estoy tan tentado a escribir la palabra que empieza con “f”…) destilan tanto la Junta de Comandantes en Jefe de 1977 como el actual Ministro de Defensa, con sus respectivas declaraciones? Las de aquéllos eran terribles y alarmantes. Las de éste también pero, además, son fundamentalmente patéticas. Trasnochadas. Reaccionariamente anacrónicas. En fin, arrolladas por la historia que les pasó por encima.

El paralelismo entre los dichos del ministro y los de la Junta de Comandantes es tan evidente que no creo necesario ahondar en su crítica. Pero permítaseme señalar un par de puntos.

¿No es acaso una elección muy poco feliz, y de muy mal gusto, llamar “CODENA” al nuevo organismo de Defensa? ¿Soy el único al que le suena demasiado parecido al infame “COSENA”? Tal vez es un primer paso, un tanteo, hacia una reciclada “Doctrina de la Defensa Nacional”.

Por demás, los ejemplos que pone Fernández Huidobro para ilustrar su concepción de lo que debe ser la Defensa Nacional están a la altura de su patetismo y su carácter reaccionario. ¿Por qué habría que preferir a priori a la prensa nacional frente a la extranjera? Con unas pocas y honrosas excepciones, no me parece de tanta calidad para que merezca tal consideración previa. Por el contrario, y por poner sólo un ejemplo, el (buen) periodismo argentino ha sido y es incomparablemente mejor (más jugado, incisivo y profesional) que el periodismo uruguayo.

Pero la frutilla de la torta, lo que más me preocupa porque de todas las posibles iniciativas es la más fácilmente practicable, sin dudas, es el tema del portugués. Porque de llevarse a cabo alguna política basada en la Doctrina de la Defensa Nacional que pregona Fernández Huidobro a través de su imperativo “en zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués”, violaría tanto la ley como los derechos humanos de los uruguayos cuya lengua materna es el portugués del Uruguay –violencia que históricamente han sufrido dichos uruguayos y que sólo se ha comenzado a considerar y a actuar sobre ella en tiempos muy recientes. Alguien tendría que decirle al ministro que volviera a leer la Ley General de Educación, Nº 18.437 (artículo 40):

La educación lingüística tendrá como propósito el desarrollo de las competencias comunicativas de las personas, el dominio de la lengua escrita, el respeto de las variedades lingüísticas, la reflexión sobre la lengua, la consideración de las diferentes lenguas maternas existentes en el país (español del Uruguay, portugués del Uruguay, lengua de señas uruguaya) y la formación plurilingüe a través de la enseñanza de segundas lenguas y lenguas extranjeras.

A menudo se dice que la mentalidad de las Fuerzas Armadas debe cambiar, debe ponerse en sintonía con ideales democráticos, etc. Hasta el propio presidente José Mujica se refirió a ello de alguna forma, cuando habló acerca de la “mochila del pasado” (1). Pero, ¿cómo puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas, si vemos que, en lo esencial, las cabezas al mando siguen siendo las mismas?

Por supuesto, estamos siendo muy cándidos si planteamos el problema en estos términos. Yo empezaría preguntándome, ¿puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas? Si suponés que es una pregunta retórica, adivinaste.

Muchas veces me he preguntado, a lo largo de los últimos años, si no habría que inventar un nuevo subtipo del Síndrome de Estocolmo, llevado a una entera nueva dimensión política e histórica, para describir la actitud y la conducta de los tupamaros (o, al menos, de sus dirigentes más notorios). Es una posibilidad. Si quieren explorar otra, más bien pragmática, esta me parece harto interesante. Pero con las muestras de identidad ideológica de las que cada vez hacen más gala, cabe pensar que ya estaban cortados con el mismo molde desde un principio.

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(1) “Estas Fuerzas Armadas de hoy no deben cargar con ninguna mochila del pasado ante su pueblo”.

Categorías:DDHH, Fascismo, Nacionalismo

La democracia caníbal: aprendiendo filosofía con el senador Saravia

(publicado originalmente el 27 de octubre de 2010)

El senador Saravia ha dicho que se opone a la ley interpretativa que dejaría sin efecto la Ley de Caducidad, por su “posición filosófica”. Ya que el senador Saravia ha planteado la discusión en términos filosóficos, hablemos en tales términos, y veamos donde nos conducen.

Saravia se ha parado en una posición filosófica muy clara: una que podríamos llamar “rousseaunianismo radical”. Es decir, que “la voluntad del pueblo”, o la “voluntad general” emite “decisiones soberanas” por encima de las cuales no existe ninguna autoridad; ella sería la autoridad última, o legítima en última instancia.

El senador adopta así una de las muchas acepciones que tiene el concepto “democracia”, concepto que a lo largo de la historia ha sufrido innumerables vicisitudes: en época de Rousseau y de la Revolución Francesa, era una mala palabra; hoy en día, parece ser una palabra sagrada.

El concepto particular de democracia (porque si algo lo caracteriza hoy, es su enorme polisemia) que defiende Saravia es, a mi juicio, una de las tantas formas que puede adquirir una “democracia radical”. Y con su defensa, ha (re)planteado, ha reeditado, una vieja polémica que se arrastra en el mundo de la teoría política (es decir, de la filosofía) occidental desde por lo menos el siglo XVIII: la oposición irresoluble entre liberalismo y democracia o, por decirlo así, entre Locke y Rousseau.

¿Cuál es esta polémica? Básicamente, gira en torno a la cuestión siguiente: suponiendo que existe algo llamado “pueblo”, capaz de manifestar una “voluntad general” y de emitir “decisiones soberanas” sobre sí mismo, ¿hay algún límite para el alcance de tales decisiones?

El liberalismo político dirá que sí, que los derechos y las garantías individuales y, luego, los derechos humanos, están por encima, están fuera del alcance de las decisiones que pueda tomar “el pueblo”. No es más, como decía, que la clásica formulación de Locke: “el pueblo” delega su poder en un soberano (en rigor, un representante de la soberanía popular), a condición de que éste respete ciertos derechos inherentes a las personas que lo componen (derechos cuya lista no ha cesado de ampliarse y revisarse desde aquel entonces). Cuando esa condición es rota por el representante, se “activa” el derecho a la rebelión de los representados. Para ver una clara y clásica puesta en práctica de esta ideología, baste leer la Declaración de Independencia de los trece Estados Unidos de América.

Ahora bien, volvamos a la postura filosofíca del senador Saravia. Es una postura, huelga decirlo, claramente anti-liberal. Es una postura que, llevada a sus consecuencias lógicas, avala la elección (sin duda legal) del partido nazi durante la República de Weimar, y de la misma manera avala las violaciones a los derechos humanos que se encuentran protegidas por la Ley de Caducidad.Es decir, es una postura que considera legítimo que una sociedad (de nuevo, formulada a través del concepto de “pueblo”, harto discutible y todo un problema filosófico en sí), delimitada, creada, en este caso, por un Estado (1), decida privar del derecho (positivo o natural) más básico de todos a una parte de sí misma: el derecho a la vida. y junto con él, privar a esa parte de otros derechos, apenas menos básicos y subsidiarios de aquél.

Para decirlo más crudamente: ¿qué diferencia filosófica hay entre la posible legitimidad de la elección democrática del partido nazi, un partido político que explícitamente proponía liquidar a una parte del “pueblo” sobre el que pretendía gobernar, y la posible legitmidad, también refrendada por una “decisión popular y soberana”, de la Ley de Caducidad, una ley que ampara la privación de esos mismos derechos a una parte de la sociedad sobre la cual se ha legislado?

Ese es el drama del fenómeno fascista: la novedad de su forma de opresión, inconcebible antes del siglo XX. Alexis de Tocqueville lo exponía así en su obra La democracia en América, publicada entre 1835 y 1840, revelando esta misma incapacidad de pensar más allá de las categorías disponibles en la época en que él pensaba, amén de varias agudas observaciones más:

“(…) el tipo de opresión que amenaza a las naciones democráticas es diferente de cualquier cosa que jamás haya existido en el mundo: nuestros contemporáneos no encontrarán ningún prototipo de él en su memoria. Yo mismo estoy tratando de elegir una denominación que exprese adecuadamente la idea completa que me he hecho de él, pero es en vano: las viejas palabras “despotismo” y “tiranía” son inapropiadas, la cosa en sí misma es nueva, y desde el momento en que no puedo nombrarla, debo intentar definirla.” (2) 

El drama fascista: una forma de democracia, “radical” por su extremismo, que no conoce límites para el alcance de las “decisiones del ‘pueblo’ “. Una democracia caníbal.

Que quede claro que en mi argumentación he sido absolutamente sincero: no pretendo descalificar la posición filosófica del senador Saravia apelando al falaz recurso del reductio ad Hitlerum, sino plantear, a mi modo de ver, la discusión filosófica y política en sus términos más desnudos.

Por supuesto, en un marco político auténticamente liberal, el partido nazi habría sido ilegalizado y reprimido, de la misma forma en que, en el mismo marco, la Ley de Caducidad tampoco podría haber sobrevivido.

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(1) Como dice Ignacio Lewkowicz, lo que hace que un pueblo sea un pueblo es el hecho de estar sometido a las mismas leyes.

(2) El texto continúa así: “Intento trazar los nuevos rasgos con los cuales el despotismo puede aparecer en el mundo. La primera cosa que llama la atención del observador es una innumerable multitud de hombres, todos iguales y similares, esforzándose incesantemente por procurarse los insignificantes y mezquinos placeres con los cuales sacian sus vidas. Cada uno de ellos, al vivir separado, es como un extraño respecto del destino de los demás, pues sus hijos y sus amigos personales constituyen para él la totalidad de la humanidad. En cuanto al resto de sus conciudadanos, está junto a ellos pero no los ve; los toca, pero no los siente, y si bien sigue manteniendo vínculos con sus parientes, se puede decir que en todo sentido ha perdido a su país.

Sobre esta raza de hombres se yergue un poder inmenso y tutelar, el cual asume por sí mismo la tarea de garantizar sus gratificaciones y cuidar de su suerte. Ese poder es absoluto, minucioso, regular, providente y blando. Sería como la autoridad de un padre si, al igual que dicha autoridad, su propósito fuera preparar a los hombres para la madurez; pero, por el contrario, se propone mantenerlos en una infancia perpetua: está muy satisfecho de que el pueblo se regocije, siempre que no piense más que en regocijarse. Para su felicidad es que dicho gobierno trabaja de buen grado, pero elige ser el único agente y el único árbitro de esa felicidad: se ocupa de su seguridad, prevé y cubre sus necesidades, facilita sus placeres, se hace cargo de sus preocupaciones principales, dirige su industria, regula la transmisión de la propiedad y subdivide sus herencias. ¿Qué resta, si no que los libere de toda la preocupación de pensar y de todo el problema de vivir?

Así, hace que cada día el ejercicio del libre albedrío humano sea menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a un círculo más estrecho y gradualmente despoja al hombre de todas sus prerrogativas. El principio de la igualdad ha preparado a los hombres para estas cosas: los ha predispuesto para soportarlas y, a menudo, para considerarlas un beneficio.

Tras haber apresado con éxito a cada miembro de la comunicad en sus poderosas garras y haberlo moldeado a su voluntad, el poder supremo existe su brazo sobre toda la comunidad. Cubre la superficie de la sociedad con una red de pequeñas y complicadas reglas, minuciosas y uniformes, a través de la cual no pueden penetrar las mentes más originales y los caracteres más enérgicos, para alzarse sobre la multitud. No se rompe la voluntad del hombre, sino que se ablanda, se la tuerce y se la guía: muy pocas veces se fuerza a los hombres a actuar, pero constantemente se les impide hacerlo; un poder tal no destruye, sino que impide la existencia; no tiraniza, sino que oprime, enerva, extingue y estupidiza al pueblo, hasta que cada nación queda reducida a no ser más que una manada de animales tímidos e industriosos, de la que el gobierno es el pastor.”

Véase: ¿Es la igualdad enemiga de la libertad?, por Robert Dahl.

Pedro Bordaberry, el fascismo nuestro de todos los días

Dice el senador Pedro Bordaberry:

‎”El Frente pone énfasis en proteger los derechos del delincuente. Nosotros decimos que hay que proteger a la sociedad. Son los derechos de los ciudadanos los que deben defenderse.” (1)

El historiador Robert Paxton, en su obra “Anatomía del fascismo”, dice:

” ‘Prescindir de instituciones libres’, especialmente de las libertades de grupos impopulares, les resulta periódicamente atractivo a los ciudadanos de las democracias occidentales (…). Sabemos, por haber seguido su rastro, que el fascismo no precisa de una ‘marcha’ espectacular sobre alguna capital para arraigar; basta con la decisión aparentemente anodina de tolerar un trato ilegal de los ‘enemigos’ de la nación.” (2)

El discurso de Bordaberry es muy claro analizado a través de estos conceptos. De él se desprende que los delincuentes están por fuera de la sociedad y de la ciudadanía; no son parte de la sociedad, no son ciudadanos: son “delincuentes”, y son “enemigos de la sociedad”. He ahí el fascismo que destila el senador, y que destilan miles y miles de otras personas que piensan igual al respecto del tema en cuestión. Porque Bordaberry no es sino el emergente político de ese sentimiento fascista que se encuentra disperso en grandes sectores de la sociedad.

Este es, por ende, el punto donde hay que atacar, este es el nervio del fascismo, esto es lo innegociable, esto lo que no se puede tolerar.

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(1) http://www.elpais.com.uy/110619/pnacio-574056/nacional/-no-voy-a-construir-una-carrera-politica-criticando-a-mi-padre-/

(2) Paxton, Robert, Anatomía del fascismo, Ediciones Península, Barcelona, 2005. Capítulo 7.

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