Archivo

Archive for the ‘Ecología’ Category

Ecología y política en Uruguay

(Publicado originalmente en Revista Lento, junio de 2014)

Jueves 11 de octubre de 2012. Llego a la Marcha en defensa de la tierra y los bienes naturales, y me integro a una multitud de miles de personas, que se extiende a lo largo de varias cuadras por la avenida 18 de Julio. Carteles y pancartas identifican a diferentes organizaciones o expresan reclamos e ideas diversas pero que coinciden, de una forma u otra, en una crítica a las políticas que lleva adelante el gobierno que involucran la afectación de los bienes comunes del país y sus consecuencias socioeconómicas: los monocultivos forestales y sojeros, la industria de la celulosa y el uso masivo de agrotóxicos, los puertos maderero y de aguas profundas de Rocha, la regasificadora de Puntas de Sayago, la megaminería encarnada en Aratirí. Allí está la denuncia de los impactos que todo eso tiene o tendrá en la tierra y el agua, en la salud de los uruguayos y en su situación económica, lejos de las optimistas previsiones oficiales.

Enseguida noto algo extraño: la impresionante diversidad social, cultural y política de esa masa de gente que va codo a codo, a pie, a caballo o en carros, tocando tambores o repartiendo volantes, con banderas uruguayas y artiguistas y entonando cánticos combativos, o simplemente en silencio. Una de las consignas del evento es unir el mosaico geográfico que componen “el campo, la costa y la ciudad” y, en efecto, no puedo evitar tararear “de todas partes vienen…” al constatar que allí, en la principal arteria de nuestra capital, hay organizaciones e individuos llegados de todos los departamentos, cada cual con sus luchas locales, sus arroyos que desembocan en una lucha nacional y en este río de gente que fluye hacia la Plaza Independencia. Pero son aguas muy raras.

Observo, perplejo, anarquistas y marxistas marchando lado a lado con productores rurales y organizaciones tradicionalistas; hippies, veganos e indigenistas coreando consignas junto a empresarios ganaderos y turísticos; gremialistas universitarios fumando marihuana al lado de abuelos que llevan de una mano a sus nietitos y en la otra carteles con mensajes similares a los de los jóvenes porreros. Y todos los matices imaginables que quepan dentro de ese espectro, en una manifestación popular genuinamente representativa de la sociedad uruguaya en su heterogénea composición social.

Estas escenas se repiten en la cuarta, la quinta y la sexta marcha, separadas cada una por un lapso de seis meses. De la misma manera, se repite mi asombro y la necesidad de buscar una explicación a esta situación tan anómala, tan extraña.

.

Entre todas las luchas nucleadas en este movimiento, hay una que se destaca y actúa como factor aglutinante y catalizador, quizá por las dimensiones del emprendimiento al que se opone, la cantidad de intereses sociales y económicos que éste afectaría, y por la urgencia con que el gobierno ha intentado ponerlo en marcha: la pelea contra el proyecto megaminero de Aratirí.

Es justamente el caso en el que mejor se puede apreciar la confluencia creciente de actores sociales y políticos extremadamente diversos. Una lista incompleta de quienes se han declarado en contra o han formulado serias reservas respecto al proyecto concreto de Aratirí o a la megaminería en general, incluye a la Federación Rural, la Asociación Rural del Uruguay (ARU), la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay, la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas, la Organización Sindical de Obreros Rurales, Plenaria Memoria y Justicia, el partido político Unidad Popular (UP) y varias personalidades de los partidos Nacional y Colorado (especialmente a nivel de las dirigencias locales del interior), por señalar sólo organizaciones gremiales o políticas con orientaciones ideológicas definidas. Además, debemos contar una multitud de colectivos vecinales, que forman el grueso de la Asamblea Nacional Permanente (la cual ha sido la responsable de las marchas nacionales y de la coordinación de acciones locales en todo el país) y ONGs, como el Movimiento por un Uruguay Sustentable, que impulsa un plebiscito para prohibir la megaminería en todo el territorio nacional.

Una pregunta me rompe la cabeza y los esquemas: ¿cómo es posible que grupos tan política, cultural y socialmente heterogéneos puedan sentirse y actúen unidos por un objetivo común político?

.

En sintonía con los demás gobiernos progresistas de Sudamérica, el FA ha optado por transitar la vía del “neodesarrollismo”. Así, un fuerte crecimiento económico a partir de la renta generada por la exportación de unos pocos productos primarios (entre los que se desatacan, en el caso uruguayo, la soja, la carne bovina y la celulosa) se une a un papel activo del Estado en la regulación de la economía. Como señalan Carlos Santos y otros en “Seis tesis sobre el neodesarrollismo en Uruguay”, “este nuevo modo de regulación genera condiciones institucionales para el arribo y permanencia de la inversión transnacional al tiempo que despliega políticas sociales compensatorias de redistribución del ingreso imponiendo algunas condiciones al capital transnacional”.

El crecimiento económico al que ha conducido este neodesarrollismo tiene su contracara más crítica en el impacto ecológico de las actividades extractivas que son su motor. Quizás el caso más notable y alarmante sea la contaminación de los cursos hídricos con agrotóxicos, sobre todo la cuenca del río Santa Lucía, causa de un episodio que tomó estado público en marzo de 2013 cuando el agua corriente de la zona metropolitana comenzó a despedir un fuerte y desagradable olor y sabor.

Los motivos que han conducido a la conformación del movimiento de defensa de los bienes naturales se encuentran, entonces, en parte de la política económica que han llevado adelante los gobiernos del Frente Amplio durante la última década, especialmente en su concepción del desarrollo y el lugar que en ésta ocupa la preocupación (o ausencia de ella) por sus impactos ecológicos.

Por lo tanto, resulta lógico avanzar sobre la siguiente hipótesis: estamos frente al surgimiento, lento, contradictorio, pero firme y en expansión, de una conciencia, una cultura y una práctica política y social ecológica vernácula. O, más sencillamente, se trata del nacimiento de un heterogéneo ecologismo político uruguayo, capaz de trazar nuevas divisiones políticas en el cuerpo social.

.

¿De qué hablamos cuando hablamos de ecología? Primera precisión conceptual: lo ecológico no es lo mismo que lo ambiental. Lo ambiental forma parte de lo ecológico, pero éste abarca mucho más que el simple cuidado o la conservación del ambiente. La ecología es una ciencia que estudia las interconexiones entre los diferentes sistemas, orgánicos e inorgánicos, que componen la trama de la vida en nuestro planeta. Se ocupa, por supuesto, de la interacción entre sistemas sociales y ambientales, y las consecuencias perjudiciales que tiene para una comunidad perjudicar el entorno natural en el cual vive y del cual depende para su subsistencia.

Desde el punto de vista ecológico, podemos describir la naturaleza como una serie de sistemas o circuitos de gran complejidad, ordenados de modo tal que unos contienen a otros. El contexto adquiere así una importancia de primera magnitud. Es éste el que otorga sentido a los diferentes contenidos y, en consecuencia, separar los contenidos de sus contextos sólo puede llevar a malentendidos y en última instancia a la introducción de desequilibrios en los sistemas, que atentan contra su supervivencia. Para la ecología entonces, el principal objeto de estudio son las relaciones entre los elementos de los sistemas, y no los elementos en sí. Un individuo sólo puede ser comprendido cabalmente en el contexto de una comunidad y ésta en el de un ecosistema determinado, y a través de las relaciones que establece con otros individuos, con su comunidad y con su ecosistema.

Por otro lado, la ecología plantea que la supervivencia es el fin supremo de todos los sistemas. Este es el estado de equilibrio último que se debe mantener, en función del cual se suceden cambios y ajustes reversibles en las variables, y, en un orden de cosas ideal, se mantienen autorregulados y corregidos los subsistemas con capacidades regenerativas. Son éste tipo de subsistemas las mayores amenazas a la supervivencia del sistema general, puesto que podrían ingresar en procesos de retroalimentación positiva o crecimiento exponencial, y escapar así a la regulación del sistema general, desestabilizándolo y llevándolo probablemente al colapso. Este es quizá el aspecto más delicado de la problemática ecológica ya que, para su supervivencia, el sistema necesita los subsistemas regenerativos.

La ecología es, en última instancia, un saber conservador: la tendencia constante de los sistemas (lo invariable en ellos) es hacia la autoconservación. Esto no significa ausencia de cambios, sino todo lo contrario: sólo cambiando es posible conservar, sólo a través de permanentes reajustes internos un sistema puede mantenerse existiendo.

.

¿Y qué es la ecología política? ¿Cómo los postulados y descubrimientos de la ciencia ecológica pueden servir para la teoría y la acción política? ¿Y qué relación guarda con la división tradicional izquierda-derecha?

La ecología política surge a mediados del siglo XX como reacción al productivismo, sistema hegemónico a nivel mundial caracterizado por “la búsqueda prioritaria del crecimiento, la eficacia económica y la racionalidad instrumental”, según el activista Florent Marcellesi. Para el productivismo, el fin que justifica todos los medios, su razón de ser, es el crecimiento económico (es decir, el aumento de la producción y el consumo), al que identifica explícitamente con el bienestar social (y fuera del cual dicho bienestar sería imposible e impensable). Su slogan, su axioma, es “más (siempre) es mejor”. Sus etiquetas más comunes: progreso y desarrollo.

El productivismo como sistema global es hijo de una doble revolución: la científica del siglo XVII y la industrial del XVIII. La ciencia moderna ofreció una nueva manera de relacionarse con la naturaleza, tan necesaria como los avances tecnológicos para que la actual forma depredadora de explotación de los bienes naturales fuera posible. La naturaleza pasó de ser considerada un ser vivo digno de respeto a ser vista como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él.

La revolución industrial trasladó definitivamente el centro económico, político y cultural de las sociedades del campo a la ciudad. El industrialismo segmentó así en compartimentos estancos las diversas etapas de la producción, y con ello generó una cosmovisión del hombre como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. De la mano vino la arrogancia moderna, producto del asombroso dominio tecnológico que el hombre parecía desplegar frente al ambiente que le rodeaba, dominio material e intelectual, ya que los descubrimientos y avances científicos iban a la par de la técnica. En una palabra, el industrialismo produjo una alienación nunca antes conocida, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo.

Un corolario de esta alienación es la usual ignorancia de la gente de la ciudad respecto a cómo se producen las diferentes cosas y cómo se relacionan fenómenos en apariencia inconexos, que en buena medida se debe a la hiperespecialización de las labores propia del industrialismo. He conocido personas que de alguna asombrosa manera habían llegado a creer que las arvejas ya vienen enlatadas y la leche en bolsas de plástico desde un principio. En contraposición, la gente del campo suele tener una conciencia acerca del mundo verdaderamente ecológica, sistémica, aunque más no sea intuitiva y rudimentaria, íntimamente relacionada con la forma de vida y el trabajo propios del medio rural: no genera los mimos efectos mentales comer algo que uno mismo cultivó o crió, y por tanto apreció en todas las etapas de su vida y en relación con su medio hasta su fusión con el propio organismo, que comer algo que tomamos de una góndola de supermercado y lo intercambiamos por dinero.

El ecologismo denuncia los efectos socioambientales del productivismo industrialista, y se opone a él debido a que es intrínsecamente insostenible: no se puede crecer exponencial e infinitamente en un planeta finito. Por el contrario, como la ciencia ecológica ha demostrado, cualquier sistema que se embarque en un proceso de crecimiento exponencial descontrolado se encuentra condenado al colapso (un ejemplo clásico aunque poco amigable: las células cancerígenas que afecten un organismo crecerán y crecerán, hasta matar al organismo y morir ellas también en consecuencia). Este es precisamente el rumbo que lleva nuestra civilización industrial, particularmente visible en la explosión demográfica que se desató, fuera de control, a partir de la revolución verde de mediados del siglo XX. La población mundial viene creciendo en forma exponencial, sólo sostenida por la aplicación de técnicas industriales en la agricultura, altamente dependientes del uso intensivo de combustibles fósiles y fosfatos, en maquinaria de producción y transporte y en fertilizantes químicos.

Sin embargo, los picos de producción tanto del petróleo (la verdadera sangre de la civilización industrial) como del fósforo ya nos están golpeando la puerta; es decir, se revela al fin lo insostenible de este crecimiento demográfico. Los precios de los alimentos se disparan y generan las primeras revueltas del hambre (uno de los motivos que llevaron, por ejemplo, al estallido de la Primavera Árabe). Estamos acabando con las reservas energéticas no renovables que sostienen la ilusión de un crecimiento infinito.

La propuesta del ecologismo, frente a tal panorama, es la del decrecimiento. En realidad, decrecer no es una opción; la única opción es cómo lo vamos a hacer y con qué recursos vamos a contar para ello. En tal sentido, el ecologismo pretende poner en marcha la transición hacia una economía estacionaria, que forzosamente deberá apartarse del productivismo. Su alternativa, como muestra la historia de tantas civilizaciones pasadas, es el colapso.

.

Identificado el antiproductivismo como el corazón del ecologismo, tocamos uno de sus puntos más polémicos: su ubicación en el campo político, especialmente en relación a la izquierda. ¿Es el ecologismo una ideología de izquierda? Esto nos lleva a una cuestión más básica: ¿qué es la izquierda, y en especial, cuál es su relación con el productivismo? Una definición aceptable que incluya todos los movimientos identificados históricamente como izquierdistas sería la de una postura económica y ética, que tiene como metas grados más o menos avanzados de colectivismo económico y justicia social. A la conjunción de estas metas la podemos llamar, laxamente, “socialismo”. A la inversa, el capitalismo se identifica con las posiciones de derecha y, fundamentalmente, con la libertad y el individualismo económicos.

Ahora bien, las izquierdas tradicionales, los diferentes socialismos que se han desplegado a lo largo de dos siglos, han sido en su mayoría anticapitalistas, pero no antiproductivistas. Esta constatación revela una verdad profunda: capitalismo y socialismo son hijos de un mismo vientre, el del productivismo industrialista. Con la rara excepción de los Jemeres Rojos de Camboya, todos los movimientos izquierdistas del siglo XX tuvieron como una de sus metas el desarrollo industrial. Así, la izquierda ha puesto en cuestión a quién debe beneficiar el desarrollo o crecimiento económico y cómo, pero nunca ha puesto en cuestión al propio crecimiento, quedando incapacitada para percibir sus contradicciones y, en última instancia, su imposibilidad en el largo plazo.

Está claro que el ecologismo es una ideología anticapitalista, que desplaza el foco de atención de la contradicción entre capital y trabajo a la de capital y naturaleza. Pero, en última instancia, la ecología política es irreductible a la oposición entre capitalismo y socialismo, entre derecha e izquierda. Aunque sin dudas posee más puntos en común y posibilidades de acción conjunta con la segunda, esto no obsta que existan tendencias que algunos críticos han calificado de ecofascismo (el ejemplo más claro es el movimiento del finlandés Pentti Linkola, que no sólo es contrario a la inmigración sino además prtidario de eliminar a la mayoría de la humanidad y de terminar con la democracia).

El acercamiento entre la izquierda y el ecologismo, por su parte, sólo puede suceder si la izquierda tradicional reconoce que no es parte de la solución sino del problema y acepta la impugnación ecologista del crecimiento, transformándose en consecuencia y conservando su preocupación por la justicia social al tiempo que abandona sus ideales desarrollistas. Aquí se abren caminos políticos aún jóvenes a nivel global (como el ecosocialismo), e inexistentes a nivel local.

.

Mientras tanto, en Uruguay, no encontramos defensores más cerriles del productivismo a ultranza que en las filas de la izquierda tradicional, tanto en el Frente Amplio como en el PIT-CNT, con sus consecuentes posturas antiecológicas. Su impulso y respaldo total a la soja, la forestación y la megaminería nos muestra que, en la contradicción entre capital y naturaleza, se han inclinado por el capital; una postura que algunos pretenden justificar, curiosamente, hablando del desarrollo de las fuerzas productivas y las contradicciones del capitalismo, la industrialización y la participación estatal en la economía, es decir, con un marxismo de manual que ignora cualquier consideración ecológica, y lleva a suponer que muchos de ellos preferirían vivir en una sociedad sin clases, aunque sea también una sociedad sin agua.

En la vereda de enfrente encontramos un creciente movimiento popular surgido desde bases vecinales y académicas, de alcances nacionales y proveniente, en su mayoría, del interior y el medio rural. Esta procedencia es una novedad en la historia reciente de los movimientos sociales y no es un dato menor, ya que puede ayudar a explicar su poca sintonía con el partido de gobierno, que siempre ha tenido su fortaleza en la capital y las áreas urbanas, y la mejor relación con los partidos tradicionales (sobre todo el Nacional).

En este sentido, debemos ser cuidadosos y, tomando el caso emblemático de la lucha contra Aratirí, señalar que fue probablemente la presión popular, en la que estaban involucrados, en algunos casos, líderes políticos locales de los partidos tradicionales, lo que llevó a dirigentes nacionales como Pedro Bordaberry, Jorge Larrañaga o Sergio Abreu a declararse tardíamente en contra de dicho proyecto. No parece haber ningún fundamento para suponer que el proceso fue a la inversa.

Es esta suma de extrañas circunstancias la que ha llevado a una especie de alianza entre partidos de derecha y un movimiento popular contrario a los intereses del gran capital transnacional. Si el ecologismo, como vimos, no se deja clasificar en el eje izquierda-derecha, no parece tan anómalo que personas y organizaciones inclinadas hacia uno y otro polo puedan actuar juntas en forma coherente. Apelar al gastado slogan de “los extremos se juntan” significa suponer que existen sólo dos extremos e ignorar que además de UP y la ARU hay una masa de gente que abarca todo el espectro sociopolítico.

El avance del capitalismo depredador sobre tierras uruguayas ha terminado generando un movimiento que es, en los hechos, anticapitalista y antiproductivista. Aún es temprano para calibrar hasta qué punto las bases populares del joven ecologismo uruguayo son concientes de ello. Quizá esa toma de conciencia sea el paso que falta para que la ecología política se instale y cristalice definitivamente en nuestro país como una ideología llamada a desempeñar un rol protagónico en los tiempos que vienen.

.


 Conocer el Parlamento

 El interés político-partidario por los temas ecológicos en Uruguay tiene su antecedente más importante en el Partido Verde Eto-Ecologista, fundado por el Dr. Rodolfo Tálice y presente en las elecciones de 1989 y 1994, en las que cosechó alrededor de 11.000 y 5.500 votos, respectivamente. Posteriormente sufrió un desgajamiento, cuando Homero Mieres formó el Partido del Sol (que terminaría aliándose al Partido Nacional), y, tras aliarse con el Partido Independiente, ingresó a la Unión Cívica, que a su vez pasó a formar parte del Partido Nacional.

En la actualidad, la preocupación por una agenda verde se manifiesta en la arena partidaria uruguaya, fundamentalmente de la mano de grupos que luchan por acceder por primera vez al Parlamento. El Partido Ecologista Radical Intransigente y el Partido Unidos por Nuestras Riquezas Naturales definen sus identidades a través del ecologismo y ambientalismo. A su vez, Unidad Popular – Asamblea Popular integra claras definiciones ecologistas en su plataforma electoral. De tendencia izquierdista, estos tres partidos coinciden en su rechazo al proyecto megaminero de Aratirí y en impulsar formas ecológicas y sustentables de producción de alimentos y relación con la tierra, de construcción y de desarrollo de energías renovables. En ningún programa de los demás partidos para las próximas elecciones las propuestas relativas al ambiente ocupan lugares tan importantes.

Anuncios

La concepción ecológica de Gregory Bateson

Ecología, sistemas, mentes

Gregory Bateson fue uno de los pensadores más destacados, profundos y complejos que nos dio el siglo XX. Hijo de un distinguido genetista británico, cualquier intento de clasificar su actividad profesional resulta insuficiente: fue biólogo, antropólogo, lingüista, epistemólogo, y cientista social, con destacados aportes en el campo de la psiquiatría (teoría del “doble vínculo”) y muy especialmente en el de la cibernética y la teoría de los sistemas. Sí, fue todo eso, pero mucho más. O, tal vez, “mucho mejor”. Pues su tarea principal, a lo largo de su vida, no fue tanto la acumulación o simple sumatoria de esos saberes como la búsqueda de sus interconexiones, de su integración armónica en un todo más rico y más “veraz” (es decir, más capaz de dar cuenta de nuestra realidad) que las visiones parceladas que nos imponen las disciplinas científicas, en su hiperespecialización, por separado. Este afán incansable de integración epistémica, al que este moderno hombre del Renacimiento dedicó su vida, revela, en el sentido más cabal del término, una profunda concepción ecológica.

Gregory Bateson, en su casa de Ben Lomond, California, 1975

 ¿Qué es la ecología, según Bateson? A lo largo de sus escritos podemos apreciar diferentes aproximaciones a este concepto central para el autor, desde varias disciplinas (biología, psiquiatría, antropología, etc). Más concretamente, en su artículo “Patologías de la epistemología”, Bateson define la ecología, en su sentido más amplio, como “el estudio de la interacción y la supervivencia de las ideas y programas (es decir, diferencias, complejos de diferencias, etcétera) en circuitos.” (Bateson, 516).

Resulta evidente la influencia de la teoría de los sistemas[1] y de la cibernética en esta concepción. Así, nos encontramos con una descripción de la realidad (o de la naturaleza, si se quiere), como una serie de sistemas o circuitos de gran complejidad, ordenados de modo tal que unos contienen a otros (es decir, constituyen sus contextos, al punto de establecerse una jerarquía de contextos[2]), donde todos desarrollan dependencias y determinismos mutuos, por medio de relaciones no necesariamente lineales, y juega un papel de primer orden el fenómeno de la retroalimentación; todo ello con el objetivo último de la supervivencia, de la conservación, lograda a través del mantenimiento de los equilibrios u homeostasis.

Debemos destacar algunos elementos de los mencionados. En primer lugar, la importancia del contexto: Bateson señala que es éste lo que otorga sentido a los diferentes contenidos y, en consecuencia, desgajar los contenidos de sus contextos sólo puede llevar a malentendidos y en última instancia a la introducción de desequilibrios en los sistemas, a desequilibrios ecológicos, que atentan contra su supervivencia. Así como una letra sólo es comprensible en el contexto de una palabra y ésta a su vez en el de una frase, y ésta en una situación de enunciación y una relación entre personas comunicantes, también un individuo sólo puede ser comprendido cabalmente en el contexto de una sociedad y ésta en el de un ecosistema determinado.

En segundo lugar, debemos tener claro que estos circuitos funcionan a través de la transmisión de información, que se expresa por medio de la comunicación de diferencias. Dichas diferencias no son otra cosa que ideas. Es importante señalar aquí (especialmente en lo referido a humanos) que incluso la ausencia de mensaje puede resultar en información a ser decodificada y provocadora de cambios en otras partes de los sistemas. Bateson pone el ejemplo de una declaración de impuestos que no se realiza; esto probablemente genere una reacción en las autoridades competentes hacia el presunto evasor. Tal constatación se encuentra íntimamente ligada a uno de los axiomas de la teoría de la comunicación humana tal como la formulan Watzlawicz, Beavin y Jackson: es imposible no comunicar, puesto que es imposible no tener una conducta.

En este sentido, se desprende que en esta concepción, el principal objeto de estudio son las relaciones entre los elementos de los sistemas, y no los elementos en sí. De hecho, Bateson cuestiona la existencia misma de elementos u objetos en sí, como “recortados” de la realidad circundante. Sin dudas tales recortes no existen en la naturaleza, ya que la norma es la interconexión: ¿cómo podemos establecer dónde comienza una cosa y dónde termina otra?

Supongamos que soy ciego y empleo un bastón blanco. Camino golpeando el suelo con él, tap, tap, tap. ¿Dónde empiezo Yo? ¿Está mi sistema mental limitado por el mango del bastón? ¿Está limitado por mi piel? ¿Comienza en algún lugar situado a la mitad del bastón? Pero estas preguntas carecen de sentido. El bastón es una vía a lo largo de la cual se transmiten transformaciones de diferencia. La manera de delinear el sistema es trazar la línea fronteriza sin cortar ninguna de las vías y sin dejar cosas sin explicar. Si lo que uno trata de explicar es determinada conducta, por ejemplo, la locomoción del ciego, entonces será necesario tomar en cuenta la calle, el bastón, el hombre; la calle, el bastón, y así sucesivamente una y otra vez,. Pero cuando el ciego se sienta a almorzar, el bastón y sus mensajes carecerán de pertinencia, si lo que queremos comprender es su ingestión de comida. (Bateson, 489-490)[3]

Enfocar este problema de una forma “materialista” no sólo resulta estéril, sino que es un camino seguro hacia errores epistemológicos y a la postre errores de acción basados en los primeros. El enfoque propuesto por el autor es, precisamente, uno basado en las relaciones antes que en la materia.[4]

En tercer lugar, tenemos la cuestión de la supervivencia como “fin” supremo de todos los sistemas. Este es el estado de constancia (homeostasis) último que se debe mantener, en función del cual se suceden cambios y ajustes reversibles en las variables, y, en un orden de cosas ideal, se mantienen autorregulados y corregidos los subsistemas con capacidades regenerativas. Son éste tipo de subsistemas las mayores amenazas a la supervivencia del sistema general, puesto que podrían ingresar en procesos de retroalimentación positiva o crecimiento exponencial, y escapar así a la regulación del sistema general, llevándolo probablemente al colapso, como se analizará más adelante. Este es quizá el aspecto más delicado de la problemática ecológica, ya que para su supervivencia, el sistema no puede prescindir de los subsistemas regenerativos. Para ello, aquél posee cierto rango de flexibilidad, un umbral potencial (es decir, disponible pero no utilizado) dentro del cual ajustar las variables para hacer frente a los cambios.

La ecología se trata, por lo tanto y en última instancia, de algo conservador: la tendencia constante de los sistemas (lo invariable en ellos) es hacia la autoconservación. Como vimos, esto no significa ausencia de cambios, sino todo lo contrario: sólo cambiando es posible conservar, sólo a través de permanentes reajustes internos un sistema puede mantenerse existiendo. En palabras de Bateson, “todo cambio biológico es conservador”.

Ahora bien, uno de los conceptos más ricos e interesantes que encontramos en este autor es el de una ecología de las ideas, o una ecología de la mente. Pero, ¿qué es la mente para Bateson?

Como fue señalado más arriba, él ensancha bastante la definición tradicional de lo que es una idea, estableciendo que “una diferencia es una idea”, y que a su vez la diferencia debe ser considerada como la unidad de información y de “insumo psicológico” (p. 514). De esto se desprende que cualquier sistema capaz de trasmitir diferencias está formulando ideas, y por ende está pensando y comunicando a través de las relaciones establecidas con otros sistemas.[5]

La concepción de mente para Bateson se deriva necesariamente de este planteo.[6] Así, “mente” y “sistema cibernético” serían sinónimos: cualquier unidad que complete el procesamiento de información y funcione a través de ensayo y error.[7]

De esta manera, el concepto de mente se ve súbitamente ampliado, y es necesario repensarlo en sus alcances. Un primer señalamiento es que existen jerarquías de mentes correspondientes a las jerarquías sistémicas (y contextuales) apuntadas con anterioridad. No sólo los humanos poseeríamos mentes, sino que dentro y fuera nuestro también podríamos reconocer otras mentes, auténtica propiedad emergente de un sistema de relaciones complejas. Naturalmente, en el ecosistema global se manifestaría una Mente igualmente global e inmanente, en la cual se subsumen todas las demás mentes individuales que constituyen sus subsistemas. Mente que Bateson llega a equiparar con Dios, formulando en términos científicos, a mi juicio, lo que antiguas creencias panteístas formularon en términos religiosos, o autores como Spinoza pensaron en términos filosóficos.[8]

Un segundo señalamiento es el de una nueva dilución del papel y la importancia de la conciencia o la voluntad (o de la razón, si se quiere), en sentido inverso al introducido por el psicoanálisis, es decir, hacia el “mundo exterior”, en lo que bien podríamos considerar un nuevo golpe al narcisismo humano: un “golpe ecológico”.[9] Poder asumir esto y actuar en consecuencia, como veremos, resulta crucial para la supervivencia de nuestra especie como subsistema de un sistema ecológico global.

Crisis ecológica antropogénica

Como fue mencionado, la amenaza interna más grave para la supervivencia de un sistema (es decir, para su estado de constancia) es la capacidad regenerativa de algunos de sus subsistemas, cuando fallan los mecanismos de regulación que mantiene a dicha capacidad dentro de un umbral seguro de cambio (dentro de ciertos límites de flexibilidad).

Un subsistema regenerativo que escape a la regulación entra pronto en una curva de crecimiento exponencial, que puede conducir, a partir de cierto punto, al colapso de todo el sistema (y, eventualmente, a su reacomodamiento en el logro de un nuevo equilibrio luego de un período de crisis). En este sentido, una curva exponencial constituye uno de los casos más típicos de desequilibrio que pueden sufrir los sistemas. Recordemos que para Bateson la patología se define como la pérdida del equilibrio sistémico; por lo tanto, estaríamos hablando aquí de procesos patológicos a nivel ecológico.

Esto revela un aspecto de la concepción ecológica de Bateson que el autor se preocupó en enfatizar: la unidad de supervivencia no es nunca un individuo, o una familia, o una especie, por sí solos, como preconizaba Darwin en el siglo XIX, sino el organismo más el ambiente: “el organismo que destruye su ambiente se destruye también a sí mismo” (Bateson, 516). Así, el autor identifica la unidad de supervivencia evolutiva con la unidad de mente antes planteada.

Ahora bien, si aceptamos el punto de vista cibernético veremos que posee implicaciones muy graves para los seres humanos o, para ser más exactos, para la civilización industrial contemporánea. Si consideramos a las sociedades humanas como subsistemas contenidos dentro del sistema mayor planetario (es decir, el ecosistema global), llegamos muy pronto a la conclusión de que nosotros somos una de sus variables: una de las tantas que pueden ser perfectamente modificadas (y eventualmente suprimidas) en aras de la supervivencia del sistema global.

Por otro lado, somos un subsistema regenerativo que hace ya cierto tiempo ha entrado en una curva de crecimiento exponencial, de la cual la explosión demográfica (junto con la producción de bienes) es quizás el aspecto más visible. Esto lleva necesariamente a una sobreexplotación de los recursos naturales, en la persecución (vana, en última instancia) del sostén de dicho crecimiento (puesto que no se puede crecer infinitamente en un planeta finito). La consecuencia más clara, desde un punto de vista ecológico, es la destrucción, por parte de los humanos, de otros subsistemas (llamados, quizás de manera no del todo rigurosa, “naturales”).

Desde luego, la nuestra no es la primera civilización a lo largo de la historia que ha entrado en un proceso de tales características. Sin embargo, la diferencia más notable respecto a situaciones similares del pasado es, como Bateson apunta, nuestra abrumadora capacidad tecnológica para producir a una escala nunca antes experimentada, y concomitantemente, para destruir -y destruirnos.

Sin embargo, no se trata sólo, ni en primer lugar, de un problema tecnológico. El problema básico que Bateson denuncia es en principio mental. Al analizar los problemas que trae la conciencia humana cuando es guiada por el propósito, el autor encuentra que las personas se forman juicios acerca de la realidad que entran en contradicción con los postulados ecológicos, es decir, con el funcionamiento de la realidad misma, de las redes sistémicas en las que se hayan inmersas. La conciencia selecciona y reordena los datos que recibe del ambiente, y establece líneas causales desconectadas de los circuitos globales.[10] El fruto de este procedimiento es una visión distorsionada, una “falta de sabiduría”, a decir de Bateson (entendiendo sabiduría como la acción guiada por un conocimiento y un sentido sistémico global), y aquí es donde la conjunción de esta falta de sabiduría con la tecnología moderna conduce a resultados catastróficos.

Es en este sentido que varios autores señalan a la Revolución científica del siglo XVII y la industrial del XVIII como los puntos de partida de una serie de cambios a nivel de las ideas y las capacidades (re)productivas de la sociedad, que llevaron a un nivel nunca antes visto la desconexión ecológica entre la mente humana individual y la “mente total”.

Como señala Fritjof Capra, para que la forma depredadora actual de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él.[11]

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con dos de sus más trascendentales consecuencias: una, la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. Otra, íntimamente relacionada con la primera, la arrogancia producto del asombroso dominio tecnológico que el hombre parecía desplegar frente al ambiente que le rodeaba, dominio tanto material como intelectual, ya que los descubrimientos y avances científicos iban a la par de la técnica. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo: “el hombre occidental se vio a sí mismo como un autócrata con poder absoluto sobre un universo que estaba hecho de física y de química” (Bateson, 468). O, como expresa Ralph Metzner, la especie humana se volvió autista, ciega y sorda a la presencia de su madre: el ecosistema planetario.[12]

Si ponemos a Dios afuera y lo colocamos frente a frente con su creación, y si tenemos la idea de haber sido criados a su imagen, nos veremos lógica y naturalmente a nosotros mismos como externos a, y enfrentados con, las cosas que nos rodean. Y en la medida en que nos arroguemos la totalidad de la mente, veremos al mundo circundante como desprovisto de mente, y por consiguiente, sin derecho a ser tomado en cuenta moral o éticamente. Sentiremos que el ambiente nos pertenece para explotarlo. Nuestra unidad de supervivencia estará dada por cada uno de nosotros y su gente, o por los miembros de la misma especie, enfrentados con el ambiente de otras unidades sociales, otras razas y los brutos y los vegetales.

Quien estima así su relación con la naturaleza y posee además una tecnología avanzada tiene la misma probabilidad de sobrevivir que una bola de nieve en medio del infierno. Tal individuo morirá, sea por obra de los subproductos tóxicos de su propio odio o, simplemente, por el exceso de población y la sobreexplotación de los recursos. Las materias primas del mundo son finitas. (Bateson, 492)

Bateson califica esta forma antiecológica de ver el mundo como una “arrogante filosofía científica”, que, por demás, se encuentra obsoleta. Sin embargo, cabría preguntarnos si dicha obsolescencia, a esta altura bastante obvia en un sentido epistemológico, es tal a un nivel popular y mediático, y político-económico. Es decir, ¿por qué, si esa filosofía muestra sus errores y horrores, y se revela como el núcleo ideológico que justifica nuestras curvas de crecimiento exponencial (y por ende nuestra autodestrucción), no hay un cambio correspondiente a nivel de la actitud colectiva social? ¿O la empieza a haber…?

Aquí podríamos mencionar, por ejemplo, la fuerza que posee el progreso (sinónimo de crecimiento exponencial) como ideología, al cual autores como John Michael Greer lo califican de religión civil, en su triple vertiente: progreso moral, científico-tecnológico, y económico. Quizás podríamos ensayar una respuesta al decir que un sistema que ha entrado en semejante bucle de retroalimentación positiva no tiene más solución que un colapso y un reacomodamiento de sus variables en un nuevo equilibrio. En tal sentido, nuestros esfuerzos deberían enfocarse a capear el temporal de la forma más digna posible. Estrategias como la que propugna el movimiento decrecentista, por ejemplo, podrían estar aportando alternativas válidas.

Bateson, en fin, realiza un llamado a tomar conciencia de estos problemas mentales que afectan a nuestra civilización, al señalar, precisamente, una “crisis en la ecología de la mente”: “si mi concepción es acertada, es preciso reestructurar todo nuestro modo de pensar sobre nosotros mismos y sobre las otras personas”. El abandono de la arrogancia se vuelve perentorio en nuestras relaciones sistémicas, no como una virtud moral, sino como una exigencia de supervivencia.

Conclusión

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado nuestra fe en el progreso hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global. La concepción ecológica que propugnaba Bateson adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

La concepción de ecología según Bateson resulta de un potencial riquísimo para comprender los problemas mayores que afectan al mundo actual. Además, por su profundidad teórica y su carácter revolucionario ofrece nuevas perspectivas para el abordaje transdisciplinario de diversas cuestiones. Es una herramienta poderosa para ser utilizada como un cuerpo de conocimientos que sirva de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Bibliografía

Bateson, G. (1985). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Carlos Lohlé.

Capra, F. El punto crucial, recuperado desde http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

Greer, J. M. (2013, Abril 24), The God With Three Heads [entrada de blog], recuperado desde http://thearchdruidreport.blogspot.com.es/2013/04/the-god-with-three-heads.html

Metzner, R. (1993). The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness, recuperado desde http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

Watzlawicz, P., Beavin, J.H., y Jackson, D.D. (1981). Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder.


[1] Véase también, para mayor profundidad, Teoría General de los Sistemas, de Ludwig Von Bertalanffy

[2] “De especial interés al respecto es la relación entre el contexto y su contenido. Un fonema existe como tal sólo en combinación con otros fonemas que constituyen una palabra. La palabra es el contexto del fonema. Pero la palabra sólo existe como tal —sólo tiene “significado”— dentro del contexto de la elocución, la que sólo tiene sentido, a su vez, en una relación.

La jerarquía de contextos dentro de contextos es universal en el aspecto comunicacional (o “émico”) de los fenómenos y lleva siempre al hombre de ciencia a buscar la explicación en unidades cada vez más amplias. En la física puede (quizá) ser verdad que la explicación de lo macroscópico deba buscarse en lo microscópico. En la cibernética suele ser verdad lo opuesto: sin contexto no hay comunicación.” (Bateson, 432)

[3] El mismo ejemplo fue utilizado por el autor en otras oportunidades: “Los contextos tienen realidad comunicacional sólo en la medida en que son efectivos en cuanto mensajes, es decir, en la medida en que están representados o reflejados (correcta o distorsionadamente) en distintas partes del sistema comunicacional que estamos estudiando; y este sistema no es el individuo físico sino una amplia red de vías de mensajes. Algunas de estas vías acontece que están situadas fuera del individuo físico; otras, dentro de él, pero las características del sistema de ningún modo dependen de ninguna línea fronteriza que podamos superponer al mapa comunicacional. No tiene comunicacionalmente sentido preguntar si el bastón blanco de un ciego o el microscopio del científico son “partes” del hombre que los utiliza. Tanto el bastón como el microscopio son vías importantes de comunicación, y como tales son parte de la red que nos interesa, pero ninguna línea divisoria, situada por ejemplo, a mitad del bastón, puede ser pertinente en una descripción de la topología de esta red.” (Bateson, 280)

[4]   “…El contenido de la cibernética no son los sucesos y los objetos, sino la información portada por sucesos y objetos. Consideramos los objetos o sucesos sólo como propuestas de hechos, mensajes, perceptos y cosas semejantes” (Bateson, 431).

[5] “Sostendré ante ustedes, ahora, que la palabra “idea”, en su sentido más elemental, es sinónimo de “diferencia”. En la Crítica del juicio, Kant, si lo he entendido correctamente, afirma que el acto estético más elemental es la selección de un hecha. Argumenta que en un trozo de tiza existe un número infinito de hechos potenciales. La Ding an sich [la cosa en sí], el trozo de tiza, no puede entrar nunca en un proceso de comunicación o mental debido a su infinitud. Los receptores sensoriales no pueden aceptarla; la filtran y la excluyen. Lo que hacen es elegir y extraer del trozo de tiza ciertos hechos, los cuales, luego, empleando una terminología moderna, se convierten en información.

Opino que el aserto de Kant puede modificarse diciendo que existe un número infinito de diferencias alrededor de y dentro del trozo de tiza. Hay diferencias entre la tiza y el resto del universo, entre la tiza y el sol y la luna. Y dentro del trozo de tiza, para cada molécula existe un número infinito, de diferencias entre su localización y las localizaciones en las que pudo encontrarse. De esta infinitud, elegimos un número muy limitado, que se convierte en información. De hecho, lo que entendemos por información —la unidad elemental de informaciones una diferencia que hace una diferencia, y está en condiciones de hacer una diferencia porque las vías nerviosas por las que transita y en las que es continuamente transformada están, por su cuenta, provistas de energía. Las vías están prontas para ponerse en actividad. Podemos decir que la pregunta está ya implícita en ellas.

Existe, empero, un contraste importante entre la mayoría de las vías de información que están dentro del cuerpo y la mayoría de las que están fuera de él. Las diferencias entre el papel y la madera se transforman primeramente en diferencias en la propagación de la luz o del sonido, y bajo esa forma se desplazan hacia mis órganos sensoriales terminales. La primera parte de su desplazamiento es energizada de la manera común dentro de las ciencias exactas, “desde atrás”. Pero cuando las diferencias entran en mi cuerpo activando un órgano terminal, este tipo de desplazamiento es reemplazado por un desplazamiento energizado en cada una de sus etapas por la energía metabólica latente en el protoplasma que recibe la diferencia, la recrea o transforma y la entrega a otro.

Cuando golpeo la cabeza de un clavo con un martillo, un impulso se transmite a la punta. Pero es un error semántico, una metáfora descarriadora, decir que lo que se desplaza por un axón es un “impulso”. Se lo podría llamar correctamente “noticias sobre una diferencia”.” (Bateson, 483-484)

[6] “Retomemos la concepción de que la transformación de una diferencia que recorre un circuito es una idea elemental. Si esto es correcto, preguntémonos qué es una mente. Decimos que el mapa es diferente del territorio. ¿Pero qué es el territorio? Operacionalmente, alguien salió con su retina o con un instrumento de medición e hizo representaciones que luego se dibujaron en el papel. Lo que hay en el papel del mapa es una representación de lo que hubo en la representación retiniana del hombre que hizo el mapa; y a medida que retrocedemos preguntando, nos topamos con una regresión al infinito, con una serie de mapas. El territorio no aparece nunca en absoluto. El territorio es Ding an sich, y no podemos hacer nada al respecto. El proceso de la representación siempre lo filtrará, excluyéndolo, de manera que el mundo mental es sólo mapas de mapas de mapas, al infinito.211 Todos los “fenómenos” son, literalmente, “apariencias”.” (Bateson, 485)

[7]  “El sistema cibernético elemental con sus mensajes en circuito es, de hecho, la unidad más simple de la mente; y la transformación de una diferencia que recorre un circuito es la idea elemental.” (Bateson, 490)

[8] “La epistemología cibernética que acabo de exponer a ustedes podría sugerir un enfoque nuevo. La mente individual es inmanente, pero no sólo en el cuerpo. Es inmanente también en las vías y mensajes que se dan fuera del cuerpo; y existe una Mente más amplia de la que la mente individual es sólo un subsistema. La Mente más amplia es comparable a Dios, y tal vez sea eso que algunas personas llaman “Dios”, pero sigue siendo inmanente en el sistema social total interconectado y en la ecología planetaria.” (Bateson, 492)

[9] “La psicología freudiana expandió hacia el interior el concepto de mente, incluyendo en ella la totalidad del sistema comunicacional que se encuentra dentro del cuerpo: lo autonómico, lo habitual y la amplia gama de procesos inconscientes. Lo que yo sostengo expande la mente hacia el exterior. Y ambos cambios reducen el ámbito de la personalidad consciente. Surge así la necesidad de cierta forma de humildad, atemperada por la dignidad o alegría de ser parte de un todo mucho más grande. Una parte —si ustedes quieren— de Dios.” (Bateson, 492)

[10] “Nuestra selección consciente de datos no pondrá de manifiesto circuitos íntegros, sino sólo arcos de circuitos, extraídos de su matriz por medio de nuestra atención selectiva. Específicamente, es posible que el intento de llevar a cabo un cambio en alguna variable dada, situada o en el yo o en el ambiente, se efectúe sin comprender la red homeostática que rodea a esa variable. ” (Bateson, 476)

[11] “El ‘espíritu de Bacon’ cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía ‘para la gloria de Dios’, o, como dijeron los Chinos, para ‘seguir el orden natural’ y ‘fluir en la corriente del Tao’. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos.” (Capra)

[12] Los dos párrafos precedentes, así como los de la conclusión (con ligeras modificaciones), fueron originalmente escritos en este artículo de mi autoría.

Reflexiones sobre la marcha: la emergencia de un ecologismo uruguayo

Hace ya un mes de la cuarta Marcha Nacional en Defensa del Agua, la Tierra y la Vida, que volvió a concentrar a miles de personas a lo largo de la avenida 18 de julio de Montevideo, el pasado viernes 10 de mayo, reclamando el cese de la extranjerización de la tierra y demás recursos naturales, de la política que impulsa el megaextractivismo minero y la forestación masiva para producción de celulosa (y los puertos de La Paloma y El Palenque, derivados de estas actividades), y del uso de agrotóxicos en los monocultivos sojeros con sus nefastas consecuencias ambientales en la tierra y el agua (además de varias otras cosas que pueden apreciarse en esta proclama). Y una vez más se hizo patente la diversidad de actores sociales que la impulsaron, actores que de alguna forma se las han venido arreglando para trabajar en conjunto -y, a la prueba está, con resultados más que satisfactorios.

Yo no tengo recuerdo, ni personal ni ajeno, de cosa similar en la historia de este país: anarquistas y marxistas marchando lado a lado con terratenientes tradicionalistas, hippies, veganos e indigenistas coreando consignas junto a empresarios ganaderos y turísticos, gremialistas universitarios fumando marihuana codo a codo con abuelos llevando en una mano a sus nietitos y en la otra carteles con mensajes similares a los de los jóvenes porreros. Y todos los matices imaginables que quepan dentro de ese espectro, en una manifestación popular genuinamente representativa de la sociedad uruguaya en su heterogénea composición social.

Esto se puede describir de muchas maneras, pero elegiré una: extraño. Pues el hecho de que grupos tan política, cultural y socialmente heterogéneos puedan sentirse y actúen unidos por un objetivo común político es, fundamentalmente, algo extraño. Pero, ¿qué es lo extraño sino la emergencia de una situación que desafía nuestros esquemas mentales establecidos, impidiéndonos encajarlo en ellos y obligándonos a cuestionarlos?

Entonces, ¿qué es esto? ¿Frente a qué nos encontramos? ¿Qué es lo que está emergiendo ante nuestros ojos? En mi opinión, se trata ni más menos que del surgimiento, lento, contradictorio, pero firme, de una conciencia, una cultura y una práctica política y social ecológica vernácula. No encuentro forma más ajustada de calificar este movimiento que de ecologista. No nos dejemos confundir por el sentido vulgar (para la instalación del cual en el imaginario social los poderes hegemónicos han desempeñado un rol nada inocente) que considera ecologismo sinónimo de ambientalismo. Éste es apenas una de las subespecies de aquél, la que pone el énfasis en la conservación de los recursos naturales y el combate a la polución, por lo general como fin en sí mismo (por ejemplo, Greenpeace, o WWF).

El ecologismo parte de la ecología, disciplina a la que podemos pensar como una interciencia (como la llamaba Gregory Bateson), es decir, como un cuerpo de conocimientos que sirve de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: es aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Ecología y pensamiento holístico, por lo tanto, van de la mano, y es justamente la recuperación de este tipo de concepciones lo que se trasluce en las luchas contra el modelo industrialista del capitalismo global contemporáneo (que no otra cosa son, en última instancia, luchas como las de este movimiento). Este capitalismo ha adoptado una forma de explotación cada vez más agresiva de los recursos naturales, ante el agotamiento de las reservas más fáciles de explotar y la necesidad de continuar creciendo y creciendo por cualquier medio -puesto que está en la lógica de funcionamiento del capital el expandirse o desaparecer y que, por lo tanto, no puede haber capitalismo sin crecimiento económico. 1

Como señala Fritjof Capra, para que esta forma depredadora de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él2.

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con una de sus más trascendentales consecuencias: la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo.

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado esa creencia hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, para decirlo de forma poética, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global3. El ecologismo adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

El ecologismo posee, consecuentemente, una fuerte tendencia anticapitalista. Ahora bien, simplificando, hay al menos dos formas de ser anticapitalista: apuntando a conservar una estructura socioeconómica jerarquizada y desigual de rasgos pre-capitalistas o empujando hacia una nueva estructura que establezca relaciones de producción más igualitarias. Y, para volver a nuestra realidad cotidiana después de este necesario desvío teórico, quizás así echamos algo de luz sobre esa curiosa estampa de los estancieros a caballo y vestidos de gauchos marchando junto a anarcos encapuchados y uniformados de riguroso negro.

Por supuesto, no todos los participantes y simpatizantes del movimiento nucleado en torno a la marcha y sus luchas se sentirán cómodos con la calificación de ecologistas (y menos con la de anticapitalistas). Pero eso no interesa demasiado, porque no es tan importante la etiqueta como el contenido. A fin de cuentas, las palabras son intentos (muchas veces insuficientes) de poner orden y sentido en el caos de la realidad para poder comprenderla, y creo que pensarlo a través de los conceptos de la ecología (como ciencia y como práctica política) resulta más que fructífero a la hora de disipar ese incómodo sentimiento de extrañeza que puede generar la observación y el análisis de este movimiento.

Pero, ¿qué hay de la “táctica” empleada? Una pregunta legítima que se puede formular respecto a una acción como esta marcha es acerca de su utilidad. “Todo muy lindo y muy noble” escuchamos de vez en cuando, “pero ¿estas marchas sirven para algo?” ¿O son simplemente parte de una nueva especie de cultura política de masas marchantes, más expresiva que propositiva, que se queda en un simple acto que sirve más que nada para tranquilizar las conciencias de los marchantes haciéndoles sentir que hicieron “algo”?

Yo creo que estas marchas en particular sí sirven. En primer lugar, son una manifestación de fuerza y consciencia. En segundo lugar, permiten poner la cuestión en conocimiento de mucha gente de la ciudad que no tiene la más pálida idea de los problemas a raíz los cuales se está actuando, ya sea repartiendo información o conversando, o, en mucha menor medida, saliendo en los medios de comunicación, que sólo pueden ignorarlo quedando en cínica y obscena evidencia4. Por más que dichos medios intenten minimizarlo o distorsionarlo con evidente tendenciosidad, se genera un acontecimiento que hace preguntarse a la gente de la ciudad “¿quiénes son estas personas y qué están diciendo?”, lo cual puede disparar la duda y de nuevo la voluntad de informarse. Lo cual ya es mucho.

Justo aquí tenemos que una de las consignas de este movimiento ecologista es unir al campo y la costa con la ciudad. Muy acertada consigna, que sintetiza un mosaico geográfico, económico y cultural del país que no se puede obviar si se quiere comprender lo que está pasando, y que desnuda uno de los elementos clave de esta lucha, lo que bien podemos denominar el “problema de la ciudad”. En nuestro macrocefálico caso autóctono este problema adquiere una especial relevancia ya que, como siempre ha sido desde el principio de nuestros tiempos, se trata, además, de “la” ciudad: Montevideo.

El “problema de la ciudad” se encuentra íntimamente ligado con el advenimiento de la revolución industrial, como señalaba más arriba: a partir de ese momento se comienza a producir un divorcio geográfico y en última instancia cultural entre las etapas de la producción, quedando la extracción de materias primas en el ámbito rural, y la manufactura y el comercio en el ámbito urbano. Ésto se complementa, naturalmente, con un gigantesco éxodo de personas del campo a la ciudad, el cual rompió los vínculos tradicionales que desde hacía miles de años la mayor parte de los trabajadores tenía con el ambiente, generando en las masas urbanas una auténtica desconexión ecológica, que algunos autores ilustran en un sentido metafórico sugiriendo que nuestra especie se volvió autista:

 “Como niños autistas, quienes no parecen escuchar, o ver, o sentir la presencia de sus madres, nos hemos vuelto ciegos a la presencia psíquica del planeta viviente y sordos a sus voces e historias, que nutrieron a nuestros ancestros en las sociedades pre-industriales”.5

El corolario de esta verdadera alienación (como prefiero llamar a este fenómeno para hacer honor a tradiciones filosóficas de aspecto menos místico), es la usual ignorancia de la gente de la ciudad respecto a cómo se producen las diferentes cosas, o cómo se relacionan fenómenos en apariencia inconexos, ignorancia en buena medida relacionada con la hiper-especialización de las labores propia del industrialismo. He conocido personas que de alguna asombrosa manera habían llegado a creer que las arvejas ya vienen enlatadas y la leche en bolsas de plástico desde un principio. En contraposición, la gente del campo suele tener una conciencia acerca del mundo verdaderamente ecológica, sistémica, aunque más no sea intuitiva y rudimentaria, íntimamente relacionada con la forma de vida y el trabajo propios del medio rural: nunca será suficiente el énfasis que se pueda poner en señalar la diferencia entre, por ejemplo, comer algo que uno mismo cultivó o crió, y por tanto apreció en todas las etapas de su vida y en relación con su medio hasta su fusión con el propio organismo, y comer algo que tomamos de una góndola de supermercado y lo intercambiamos por dinero. Como bien señalaba Marx, en ese movimiento queda oculto el trabajo y se fetichiza la mercancía; nosotros deberíamos agregar que también quedan ocultas las redes sistémicas y ambientales que hicieron posible la existencia de esa mercancía.6

Por estos motivos, el acercamiento cultural entre ambos mundos es necesario y positivo -y la consigna de juntar al campo y la ciudad un punto fuerte del discurso ecologista. Llegar a la población de Montevideo, exponer sus argumentos y ser comprendido es una de las tareas más difíciles (y cruciales) que tiene por delante este movimiento, el primero en largas décadas que tiene su origen en el interior, y sin dudas el más contestatario que de allí ha provenido en los últimos doscientos años.7

La heterogeneidad social del movimiento, en fin, entraña riesgos, pero es, con toda probabilidad, una de sus mayores fortalezas. Naturalmente, es mucho más fácil unir a colectivos diversos en contra de algo que ponerlos de acuerdo en propuestas comunes, es decir, es mucho más fácil establecer contra qué luchar que por qué cosa luchar.

Sin dudas, arribar a propuestas comunes y consensuadas es el mayor desafío, y quizás sea un límite para un movimiento de tal heterogeneidad. La profundidad de la crisis ecológica aún no es lo suficientemente evidente a nivel social para generar (si nos ponemos optimistas) movimientos políticos más amplios, activos y conscientes que impongan la discusión a nivel gubernamental y ciudadano, y que revelen la imperiosa necesidad de cambiar el rumbo de nuestra civilización, ya que estamos todos a bordo de la misma nave.

 ——————————————————–

1  Tener una clara conciencia de esto es crucial para desbaratar argumentos falaces como el que pretende señalar (por ejemplo) una contradicción e incluso una supuesta hipocresía en el hecho de oponerse a la minería de hierro a cielo abierto mientras que todos usamos productos de hierro: tal explotación del hierro se hace para mantener en crecimiento a un sistema condenado al colapso (no se puede crecer infinitamente en un planeta de recursos finitos), es decir, para satisfacer un nivel de consumo innecesario y en última instancia suicida (para los humanos), desde un punto de vista ecológico. El propio presidente José Mujica dejó en evidencia el quid de la cuestión diciendo que todos “desean fervorosamente progresar, mejor salario, más consumo, más autos, motos, artefactos, cambiar los celulares. Pero aparece gente que no quiere que se explote el hierro…”, cuando el problema no debería encararse por lo que, supuestamente, (¿todos?) deseamos, sino por lo que necesitamos (y lo que no), y lo que el planeta es capaz de soportar antes de eliminarnos de su faz. Esto implica poner en cuestión el sacramento capitalista del consumo, al preguntarnos ¿realmente necesitamos más autos?

2  “El “espíritu de Bacon” cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía “para la gloria de Dios”, o, como dijeron los Chinos, para “seguir el orden natural” y “fluir en la corriente del Tao”. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos. Los términos con los que Bacon promovió su nuevo método empírico de investigación no eran sólo apasionados sino con frecuencia abiertamente malignos. La naturaleza, desde su punto de vista, debía ser “cazada en sus andanzas”, “encadenada a servir” y hecha una “esclava”, debía ser “puesta en cadenas”, y el propósito del científico era “extraerle los secretos de la naturaleza torturándola”. Muchas de estas imágenes violentas parecen haberse inspirado en los juicios de brujas que eran frecuentes en tiempos de Bacon. Como fiscal general del Rey Jacobo I, Bacon estaba íntimamente familiarizado con tales procesos, y ya que la naturaleza se veía como femenina, no es sorprendente que trasladara las metáforas usadas en la Corte, a sus escritos científicos. Por cierto, su visión de la naturaleza como femenina cuyos secretos debían extraerse por tortura con la ayuda de instrumentos mecánicos sugiere con fuerza el uso extendido de la tortura de mujeres en los juicios de brujas en los comienzos del siglo diecisiete. El trabajo de Bacon representa por tanto un ejemplo sobresaliente de la influencia de las actitudes patriarcales en el pensamiento científico. El concepto antiguo de la tierra como madre nutriente se transformó radicalmente en los escritos de Bacon, y desapareció completamente a medida que procedía la Revolución Científica a reemplazar la visión orgánica de la naturaleza con la metáfora del mundo como una máquina. Este cambio, que iba a llegar a ser de una importancia arrolladora en el futuro desarrollo de la civilización occidental, iba a iniciarse y a completarse por dos figuras predominantes del siglo diecisiete: Descartes y Newton.”

http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

3   Apenas un ejemplo: alerta de la ONU por el bajo nivel mundial de reservas de alimentos.

4 Como el caso extremo del diario La República respecto de la marcha anterior, de octubre de 2012, donde no apareció ni una línea de cobertura de lo que fue uno de los eventos políticos más masivos del año.

5 Ralph Metzner, “The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness”, http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

6  Lejos está mi intención de idealizar a la “cultura rural”, por llamarla de algún modo: el campo ha tenido desde siempre sus propias ignorancias y estructuras opresivas fuertemente tradicionalistas, casi siempre más intensas y brutales que las urbanas. Lo que me interesa, aquí y ahora, es sólo lo relativo a los aspectos ecológicos.

7  A propósito, repliquemos una de las críticas más habituales que se le realiza a este movimiento, en especial por izquierda: aquella que ve aquí tan sólo una gran manipulación de los estancieros para poder seguir explotando a la mano de obra rural en condiciones lamentables, y que ve en la megaminería la posibilidad de que esa misma mano de obra pase al sector industrial y, sindicalización e industrialismo mediante, tenga acceso a mejores condiciones laborales y de vida. Nada nuevo bajo el sol: la izquierda más tradicionalista promoviendo la industrialización (y su correlato tácito, la proletarización) como el remedio para todos los males de una sociedad de fuerte componente rural; pecado original de esta izquierda, desde que Marx se despachó con sus opiniones sobre la dominación británica de la India allá en el siglo XIX. Sin embargo, la historia ha dado más de un ejemplo de profundos cambios iniciados desde las élites o sectores bien posicionados de una determinada sociedad, que fueron desbordados y llevados a puertos impensados por sectores subordinados y en principio menos poderosos, que comenzaron siendo sus aliados. Si el ejemplo de manual de la Revolución francesa no le gusta a los izquierdistas autóctonos, pues ahí tienen a la Revolución artiguista.

Categorías:Capitalismo, Ecología

La crisis energética, el progreso y la ceguera del gobierno uruguayo

.

“Yo espero que aprendan y se den cuenta que no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante. Es más, hay que poner eso adelante de todo. Si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro.”

José Mujica, Presidente del Uruguay

.

Vayamos al grano: el actual sistema económico que estructura al mundo entero es insostenible a mediano plazo. Esta afirmación tan contundente no se desprende de una postura ideológica (aunque las posturas ideológicas pueden ayudar a u obstaculizar la comprensión del problema), ni se desprende de consideraciones económicas (aunque obviamente implica a la economía), sino de una cuestión sencillamente física: no es posible un crecimiento económico exponencial e ilimitado en un mundo finito y de recursos limitados.

Nuestro sistema, precisamente, se basa en la presunción contraria: que tal crecimiento sí es posible. Que podremos seguir aumentando la producción y el consumo indefinidamente, y con ello los avances tecnológicos y sociales para alcanzar mayores niveles de “bienestar”. Y he ahí una de las claves para entender el problema: para los políticos y los economistas, el bienestar social es sinónimo de aumento de la producción y el consumo. Su ecuación básica, entonces, es “crecimiento económico = bienestar social”.

Una vez llegados a ese punto, dicha ecuación se toma como axioma, como una verdad evidente en sí misma. Cuanto más tengamos, mejor viviremos, ¿no? Más habrá para repartir, ¿no es cierto? Por supuesto, esto merece un debate acerca de qué debemos entender por “bienestar”, por “vivir bien”. Pero no es el punto aquí. Para el sistema socioeconómico en el cual vivimos, y para sus representantes políticos (e incluso para la inmensa mayoría de los críticos de éstos), la ecuación mencionada es válida, y sobre ella construyen los discursos, los relatos que dan sentido a nuestra realidad social y las decisiones políticas del día a día.

He traído a colación a políticos y economistas, que suelen tomar como indicadores de lo bien que marcha un país la cantidad de autos que se venden por año o el aumento de las exportaciones, pero lo cierto es que todos participamos de la misma visión, pues todos somos hijos de ella. ¿O acaso alguien se cuestiona si realmente es deseable, como algo bueno y beneficioso, el crecimiento económico? Bueno, sí; siendo aún una ínfima minoría, cada vez habemos más que cuestionamos y rechazamos tal afirmación, pero volveré sobre eso en un momento.

¿Cómo hemos llegado a la conclusión de que el crecimiento económico es sinónimo del bienestar? Lo que ha sucedido en realidad, históricamente, es una distorsión, o más exactamente, un intercambio de términos y significados. Puesto que “bienestar social” es un concepto ambiguo y subjetivo, o incluso un continente para ser rellenado con muy diversos contenidos, centrémonos en el otro término de la ecuación para dilucidar el significado del bienestar al que se lo equipara.

El concepto del crecimiento económico no presenta las mismas complejidades que el del bienestar. Por el contrario, todos podemos coincidir en más o menos lo mismo: implica mayor producción de bienes y servicios, lo cual implica mayor producción de materias primas y tecnología, lo cual implica más mano de obra y por ende aumento demográfico, lo cual lleva a un aumento del consumo y de la demanda, lo cual implica mayor producción de bienes y servicios… y el bucle de retroalimentación positiva da una vuelta más en su espiral ascendente hacia el infinito. Y ese espiral tiene un nombre que goza de la misma excelente prensa que el crecimiento económico: progreso.

Ahora bien, lo que acabo de describir es el funcionamiento sistémico del capitalismo.  El capital necesita siempre un espacio externo sobre el cual expandirse, al cual capturar, apropiárselo, pasar a integrarlo como una nueva parte suya y aumentar de dimensiones, sólo para continuar el proceso con un nuevo espacio que aún permanezca externo a él. Así funciona el capitalismo: o se expande (crece) o muere. Por lo tanto, aquí llegamos a la ecuación auténtica, que revela la transposición de términos a que hacía referencia más arriba: “crecimiento económico = supervivencia del sistema capitalista”. Lo que ha sucedido, entonces, es la identificación del bienestar social con el desarrollo del capitalismo.

Hoy en día, luego de siglos de expansión constante y brutal que arrojó como desenlace la extensión global y total de dicho sistema (que partiendo de Europa capturó uno tras otro a América, África, Asia y finalmente a los países comunistas), asistimos al espectáculo del sistema chocando contra sus límites físicos. Ya no queda dónde expandirse. Ya no hay un espacio externo del cual apropiarse. Pero lo que es más importante, y lo que con toda probabilidad entraña su golpe de gracia, es que ya no quedan los recursos energéticos para sostener ese crecimiento -crecimiento que sólo fue posible, en tales gigantescas dimensiones e intensidad, gracias a los recursos energéticos que proveyeron y aún proveen los combustibles fósiles. Y volvemos así a la constatación con la que iniciamos este escrito.

****

El diario El País publica una serie de declaraciones de José Mujica, en las cuales el Presidente revela su profunda incomprensión del problema de la crisis energética que vive el mundo entero. El primer indicio de ello es que desde el principio Mujica plantea el problema de una manera errónea, como un conflicto entre el crecimiento económico y las exigencias y reparos ambientales que pueden presentársele como obstáculos en el corto plazo (en el largo plazo es evidente que la destrucción del ambiente conlleva el fin del crecimiento y básicamente el fin de todo: no se puede crecer sobre la nada, por más  empeño que pongan en ello los capitales financieros). Desde luego, los impactos ambientales deben ser tenidos en cuenta a la hora de emprender cualquier actividad industrial, pero el problema va más allá: el presidente da por sentado que el crecimiento económico tal como lo hemos descrito no sólo es algo deseable, sino algo posible, y con ello queda en evidencia que el gobierno ignora por completo el significado de la crisis energética en la cual ya nos encontramos (aunque aparentemente pretenda lo contrario).

Uruguay se enfrenta a problemas de abastecimiento de energía eléctrica, como tantos otros países del mundo (1). No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que tales problemas, más allá de las sequías que afectan a nuestra principal fuente de generación de electricidad (y que podríamos relacionar en parte con la expansión de los monocultivos forestales para la producción de celulosa (2) ), se encuentran en directa relación con el aumento del consumo, es decir, del crecimiento económico. A esto se le deben sumar nuevos proyectos industriales, como el de la megaminera Aratirí, que implicará, de concretarse, un nuevo aumento de la demanda eléctrica.

Los puntos se van conectando, y así vemos aparecer la problemática ambiental envuelta en la energética: la instalación y desarrollo de estas megaempresas industriales disparan la demanda de electricidad (y de combustibles fósiles, por supuesto, indispensable para vehículos, maquinaria, etc), lo cual lleva a la necesidad de construcción de nuevas plantas de generación de energía, y en vista de las opciones que se manejan como fuente de suministro, tanto aquí como en el exterior (carbón), terminan aumentando aún más la demanda de combustibles fósiles. El ya familiar espiral ascendente del crecimiento queda ante nuestros ojos una vez más, al tiempo que apreciamos cómo ponemos nuestro granito de arena en el agotamiento mundial de las fuentes de energía no renovables.

Mujica está en lo cierto cuando dice que “no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante”… el problema es que un crecimiento y desarrollo infinitos necesitan de un abastecimiento infinito de energía (y de los recursos materiales necesarios para sostener ese crecimiento), algo de lo que nuestro planeta no dispone (3).

El Presidente también acierta cuando sostiene que “si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro”, pero aquí el problema adquiere otro sentido: si queremos seguir un rato más por el camino del crecimiento económico (un camino al que le pueden quedar algunos kilómetros de ascenso, pero cuyo dramático descenso es inevitable más tarde o más temprano), debemos seguir consumiendo petróleo. Pero al no ser el Uruguay productor de petróleo, debe seguir subordinado al funcionamiento del capitalismo global y, por lo tanto, renunciar a su independencia energética (4). O, para sintetizarlo en una sentencia que al Presidente no le puede caer bien: independencia energética o crecimiento económico. Ambas, imposible.

Pero, ¿por qué menciono al petróleo como algo tan importante y básico? Sencillo: porque el petróleo es la sangre que mantiene con vida el organismo de nuestra civilización industrial. Todo lo que utilizamos, lo que consumimos, todas nuestras actividades cotidianas, necesitan del petróleo. Lo usamos para fabricar nuestras ropas, para trasladarnos y trasladar los productos que consumimos, para las máquinas que construyen nuestras ciudades y cultivan nuestros campos, para fabricar fertilizantes, abonos químicos y pesticidas, plásticos, para procesos industriales y para la extracción de materias primas -entre las cuales está, por supuesto, el mismo petróleo. Hasta tal punto llega nuestra dependencia vital de este líquido, que podemos afirmar que comemos combustibles fósiles.

Este uso omnipresente se debe a las excepcionales cualidades energéticas y económicas del petróleo: barato, abundante y de una densidad energética superior (un litro de petróleo contiene la energía que un hombre joven, sano y fuerte podría producir, si trabajase sin parar, durante cuatro días y medio). Sin embargo, de estas tres cualidades, la única que permanecerá en el futuro cercano es la tercera. El petróleo, como sabemos, es un recurso finito y no renovable: una vez que se acabe, se acaba para siempre. Actualmente, se acerca a su cenit o pico de producción mundial (hay quienes sostienen, incluso, que ya nos encontramos en él), tras el cual la producción comienza a descender rápida e inexorablemente, hasta su agotamiento.

Y ese es el problema más grande que deberá enfrentar la humanidad: adaptarse en relativamente poco tiempo a un mundo sin petróleo barato, siendo que éste es la base de todo el sistema económico y social que hemos construido a lo largo de un siglo, y siendo que nuestra vida depende tanto de él. Solo para mencionar el aspecto más significativo y potencialmente más dramático: la explosión demográfica que vivió el planeta en el siglo XX traza una curva idéntica a la curva del consumo mundial de petróleo, y cabe suponer que la industrialización mundial de la agricultura explica en buena parte los motivos que sostienen dicha explosión demográfica. Pero “industrialización de la agricultura” y “petróleo” son sinónimos: ¿cómo se podrá alimentar a tanta gente sin ese recurso?

****

Desde luego, en vista de las declaraciones de Mujica, no parece haber en nuestro gobierno la más mínima señal de conciencia de estos problemas. Por su parte, sigue apostando al paradigma del progreso infinito, del crecimiento exponencial y del hacer de cuenta que tenemos combustibles fósiles para toda la vida. O, lo que no es más que otra manifestación de la misma ceguera, suponer que otras fuentes de energía pueden suplantar al petróleo en un 100%, de modo que podamos seguir alegremente con la fiesta del progreso -algo que no sucederá (5), pero que indudablemente está en las mentes de los políticos que se encargan de diseñar los proyectos energéticos. El presidente de UTE afirma que para 2015, “el 90 por ciento de la energía [consumida en el país] será renovable y autóctona”, mientras el comunicado de la Presidencia finaliza la noticia redondeando la idea y devolviéndonos al problema de la ecuación que planteamos al inicio: “cada vez que crece 1% la disponibilidad de energía crece lo mismo la economía nacional con más calidad de vida para los uruguayos.”

“Hay que poner eso delante de todo”, dice Mujica, hablando del crecimiento económico basado en la producción de energía para el consumo creciente de la población y de los megaemprendimientos industriales: es preocupante, profundamente preocupante, que el Presidente crea que el crecimiento económico es el fin que justifica todos los medios, y sobre todo que crea que allí está nuestro futuro.

No hay mañana: el fin de la era del consumo ilimitado

—————————————-

(1) El caso más reciente (y el mayor de la historia) es el que afectó a la India.

(2) Dicho sea de paso, Mujica también acaba de anunciar la  instalación de una tercera fábrica de celulosa en el Uruguay, como proyecto con fecha tentativa de entrar en funcionamiento en 2018. Parece que lo da por hecho, aunque según tengo entendido hay algunos trámites previos que se deben cumplir, como algún que otro estudio de impacto ambiental.

(3) Esto, que resulta evidente para los combustibles fósiles y el uranio, también se aplica para las energías renovables, que pueden parecer a primera vista “infinitas”, pero no lo son. Entre otros motivos, por una sencilla y práctica razón: para generar tales cantidades infinitas de energía se necesitaría una infraestructura igualmente infinita. Nuestro planeta, una vez más, carece de tal magnitud de recursos para la construcción de dicha infraestructura.

(4) Cabe destacar que incluso a los países productores de petróleo les resultaría muy difícil lograr tal independencia, y de todos modos, se deberían enfrentar a los mismos límites del crecimiento una vez que se les acabe dicho combustible fósil.

(5) Ver los artículos Los límites de las energías renovables: materiales, Los límites de las energías renovables: capital, Cinco poderosas razones por las que el coche eléctrico no llegará nunca, y El coche eléctrico, un grave error.

Una Solución Final a los problemas del Uruguay

Tratemos de seguir un razonamiento que se refiere al medio ambiente y a su relación con la producción y el trabajo, razonamiento que abunda por estas penillanuras. Sería más o menos así:

-La gente necesita trabajo y el Estado necesita recursos para combatir la pobreza –> los megaemprendimientos transnacionales (como el modelo forestal, o la megaminería) ofrecerán muchos puestos de trabajo, probablemente a costa de la depredación ambiental.

-En toda actividad productiva hay contaminación y depredación ambiental –> qué vamos a hacer entonces, ¿vamos a no trabajar más y morirnos de hambre? ¿Vamos a rechazar inversiones multimillonarias (de las cuales nos quedaremos con algunos millones) con la vana excusa de una probable catástrofe ambiental?

Es un razonamiento muy extendido este, y muy seductor, pues se basa en el mito más potente de los últimos 200 años de civilización occidental: que es posible el crecimiento infinito y exponencial en un planeta de recursos y capacidad finitos, y que, por ende, todos los problemas se solucionan invirtiendo más capital, y generando más trabajo y más consumo. Más, más, más. Siempre más.

En vista de que las fuentes de trabajo son el fin que justifica todos los medios (que nos habilita incluso a poner nuestro grano de arena en la serruchada global de la rama en la que estamos sentados como especie), es que les traigo, amigos, la Solución Final a los problemas más terribles que nos aquejan, es decir, la desocupación y la pobreza.

Como ha quedado irrefutable y empíricamente demostrado en el siglo XX, podemos fabricar jabón con humanos. Entonces, ¿por qué no agarrar a muchos pobres y desocupados para que conviertan en jabón al resto de los pobres y desocupados?

Imagínense: podríamos no sólo surtir nuestro magro mercado interno, sino también exportar a troche y moche. Podríamos incluso especializarnos (préstamo del Banco Mundial mediante) en la producción de jabón, desde los de uso cotidiano hasta finos jabones para los consumidores más selectos del Primer Mundo.

Si esta idea no les cabe, quizás por basarse excesivamente en un modelo extranjero, podemos aggiornarnos a los nacionalistas tiempos que corren y hacerlo más a la uruguaya: que muchos pobres y desocupados procedan a faenar al resto, obteniendo carne de primera (por uruguaya, obvio) para exclusiva exportación de lujo. Y seremos pioneros mundiales y (probablemente por un tiempo) sin competencia, a la vez que recuperamos una costumbre ancestral. Ahora que está de moda todo lo retro, ¿vieron?

Como gesto de altruismo y para dar el primer paso, renuncio a cobrar regalías por mis ideas al gobierno que esté dispuesto a llevarlas adelante. No jodan, no tienen excusas.

————

Adenda: Un lector me ha hecho notar que Jonathan Swift lanzó una propuesta muy parecida para un problema similar a principios del siglo XVIII.

Categorías:Ecología