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La crisis energética, el progreso y la ceguera del gobierno uruguayo

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“Yo espero que aprendan y se den cuenta que no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante. Es más, hay que poner eso adelante de todo. Si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro.”

José Mujica, Presidente del Uruguay

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Vayamos al grano: el actual sistema económico que estructura al mundo entero es insostenible a mediano plazo. Esta afirmación tan contundente no se desprende de una postura ideológica (aunque las posturas ideológicas pueden ayudar a u obstaculizar la comprensión del problema), ni se desprende de consideraciones económicas (aunque obviamente implica a la economía), sino de una cuestión sencillamente física: no es posible un crecimiento económico exponencial e ilimitado en un mundo finito y de recursos limitados.

Nuestro sistema, precisamente, se basa en la presunción contraria: que tal crecimiento sí es posible. Que podremos seguir aumentando la producción y el consumo indefinidamente, y con ello los avances tecnológicos y sociales para alcanzar mayores niveles de “bienestar”. Y he ahí una de las claves para entender el problema: para los políticos y los economistas, el bienestar social es sinónimo de aumento de la producción y el consumo. Su ecuación básica, entonces, es “crecimiento económico = bienestar social”.

Una vez llegados a ese punto, dicha ecuación se toma como axioma, como una verdad evidente en sí misma. Cuanto más tengamos, mejor viviremos, ¿no? Más habrá para repartir, ¿no es cierto? Por supuesto, esto merece un debate acerca de qué debemos entender por “bienestar”, por “vivir bien”. Pero no es el punto aquí. Para el sistema socioeconómico en el cual vivimos, y para sus representantes políticos (e incluso para la inmensa mayoría de los críticos de éstos), la ecuación mencionada es válida, y sobre ella construyen los discursos, los relatos que dan sentido a nuestra realidad social y las decisiones políticas del día a día.

He traído a colación a políticos y economistas, que suelen tomar como indicadores de lo bien que marcha un país la cantidad de autos que se venden por año o el aumento de las exportaciones, pero lo cierto es que todos participamos de la misma visión, pues todos somos hijos de ella. ¿O acaso alguien se cuestiona si realmente es deseable, como algo bueno y beneficioso, el crecimiento económico? Bueno, sí; siendo aún una ínfima minoría, cada vez habemos más que cuestionamos y rechazamos tal afirmación, pero volveré sobre eso en un momento.

¿Cómo hemos llegado a la conclusión de que el crecimiento económico es sinónimo del bienestar? Lo que ha sucedido en realidad, históricamente, es una distorsión, o más exactamente, un intercambio de términos y significados. Puesto que “bienestar social” es un concepto ambiguo y subjetivo, o incluso un continente para ser rellenado con muy diversos contenidos, centrémonos en el otro término de la ecuación para dilucidar el significado del bienestar al que se lo equipara.

El concepto del crecimiento económico no presenta las mismas complejidades que el del bienestar. Por el contrario, todos podemos coincidir en más o menos lo mismo: implica mayor producción de bienes y servicios, lo cual implica mayor producción de materias primas y tecnología, lo cual implica más mano de obra y por ende aumento demográfico, lo cual lleva a un aumento del consumo y de la demanda, lo cual implica mayor producción de bienes y servicios… y el bucle de retroalimentación positiva da una vuelta más en su espiral ascendente hacia el infinito. Y ese espiral tiene un nombre que goza de la misma excelente prensa que el crecimiento económico: progreso.

Ahora bien, lo que acabo de describir es el funcionamiento sistémico del capitalismo.  El capital necesita siempre un espacio externo sobre el cual expandirse, al cual capturar, apropiárselo, pasar a integrarlo como una nueva parte suya y aumentar de dimensiones, sólo para continuar el proceso con un nuevo espacio que aún permanezca externo a él. Así funciona el capitalismo: o se expande (crece) o muere. Por lo tanto, aquí llegamos a la ecuación auténtica, que revela la transposición de términos a que hacía referencia más arriba: “crecimiento económico = supervivencia del sistema capitalista”. Lo que ha sucedido, entonces, es la identificación del bienestar social con el desarrollo del capitalismo.

Hoy en día, luego de siglos de expansión constante y brutal que arrojó como desenlace la extensión global y total de dicho sistema (que partiendo de Europa capturó uno tras otro a América, África, Asia y finalmente a los países comunistas), asistimos al espectáculo del sistema chocando contra sus límites físicos. Ya no queda dónde expandirse. Ya no hay un espacio externo del cual apropiarse. Pero lo que es más importante, y lo que con toda probabilidad entraña su golpe de gracia, es que ya no quedan los recursos energéticos para sostener ese crecimiento -crecimiento que sólo fue posible, en tales gigantescas dimensiones e intensidad, gracias a los recursos energéticos que proveyeron y aún proveen los combustibles fósiles. Y volvemos así a la constatación con la que iniciamos este escrito.

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El diario El País publica una serie de declaraciones de José Mujica, en las cuales el Presidente revela su profunda incomprensión del problema de la crisis energética que vive el mundo entero. El primer indicio de ello es que desde el principio Mujica plantea el problema de una manera errónea, como un conflicto entre el crecimiento económico y las exigencias y reparos ambientales que pueden presentársele como obstáculos en el corto plazo (en el largo plazo es evidente que la destrucción del ambiente conlleva el fin del crecimiento y básicamente el fin de todo: no se puede crecer sobre la nada, por más  empeño que pongan en ello los capitales financieros). Desde luego, los impactos ambientales deben ser tenidos en cuenta a la hora de emprender cualquier actividad industrial, pero el problema va más allá: el presidente da por sentado que el crecimiento económico tal como lo hemos descrito no sólo es algo deseable, sino algo posible, y con ello queda en evidencia que el gobierno ignora por completo el significado de la crisis energética en la cual ya nos encontramos (aunque aparentemente pretenda lo contrario).

Uruguay se enfrenta a problemas de abastecimiento de energía eléctrica, como tantos otros países del mundo (1). No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que tales problemas, más allá de las sequías que afectan a nuestra principal fuente de generación de electricidad (y que podríamos relacionar en parte con la expansión de los monocultivos forestales para la producción de celulosa (2) ), se encuentran en directa relación con el aumento del consumo, es decir, del crecimiento económico. A esto se le deben sumar nuevos proyectos industriales, como el de la megaminera Aratirí, que implicará, de concretarse, un nuevo aumento de la demanda eléctrica.

Los puntos se van conectando, y así vemos aparecer la problemática ambiental envuelta en la energética: la instalación y desarrollo de estas megaempresas industriales disparan la demanda de electricidad (y de combustibles fósiles, por supuesto, indispensable para vehículos, maquinaria, etc), lo cual lleva a la necesidad de construcción de nuevas plantas de generación de energía, y en vista de las opciones que se manejan como fuente de suministro, tanto aquí como en el exterior (carbón), terminan aumentando aún más la demanda de combustibles fósiles. El ya familiar espiral ascendente del crecimiento queda ante nuestros ojos una vez más, al tiempo que apreciamos cómo ponemos nuestro granito de arena en el agotamiento mundial de las fuentes de energía no renovables.

Mujica está en lo cierto cuando dice que “no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante”… el problema es que un crecimiento y desarrollo infinitos necesitan de un abastecimiento infinito de energía (y de los recursos materiales necesarios para sostener ese crecimiento), algo de lo que nuestro planeta no dispone (3).

El Presidente también acierta cuando sostiene que “si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro”, pero aquí el problema adquiere otro sentido: si queremos seguir un rato más por el camino del crecimiento económico (un camino al que le pueden quedar algunos kilómetros de ascenso, pero cuyo dramático descenso es inevitable más tarde o más temprano), debemos seguir consumiendo petróleo. Pero al no ser el Uruguay productor de petróleo, debe seguir subordinado al funcionamiento del capitalismo global y, por lo tanto, renunciar a su independencia energética (4). O, para sintetizarlo en una sentencia que al Presidente no le puede caer bien: independencia energética o crecimiento económico. Ambas, imposible.

Pero, ¿por qué menciono al petróleo como algo tan importante y básico? Sencillo: porque el petróleo es la sangre que mantiene con vida el organismo de nuestra civilización industrial. Todo lo que utilizamos, lo que consumimos, todas nuestras actividades cotidianas, necesitan del petróleo. Lo usamos para fabricar nuestras ropas, para trasladarnos y trasladar los productos que consumimos, para las máquinas que construyen nuestras ciudades y cultivan nuestros campos, para fabricar fertilizantes, abonos químicos y pesticidas, plásticos, para procesos industriales y para la extracción de materias primas -entre las cuales está, por supuesto, el mismo petróleo. Hasta tal punto llega nuestra dependencia vital de este líquido, que podemos afirmar que comemos combustibles fósiles.

Este uso omnipresente se debe a las excepcionales cualidades energéticas y económicas del petróleo: barato, abundante y de una densidad energética superior (un litro de petróleo contiene la energía que un hombre joven, sano y fuerte podría producir, si trabajase sin parar, durante cuatro días y medio). Sin embargo, de estas tres cualidades, la única que permanecerá en el futuro cercano es la tercera. El petróleo, como sabemos, es un recurso finito y no renovable: una vez que se acabe, se acaba para siempre. Actualmente, se acerca a su cenit o pico de producción mundial (hay quienes sostienen, incluso, que ya nos encontramos en él), tras el cual la producción comienza a descender rápida e inexorablemente, hasta su agotamiento.

Y ese es el problema más grande que deberá enfrentar la humanidad: adaptarse en relativamente poco tiempo a un mundo sin petróleo barato, siendo que éste es la base de todo el sistema económico y social que hemos construido a lo largo de un siglo, y siendo que nuestra vida depende tanto de él. Solo para mencionar el aspecto más significativo y potencialmente más dramático: la explosión demográfica que vivió el planeta en el siglo XX traza una curva idéntica a la curva del consumo mundial de petróleo, y cabe suponer que la industrialización mundial de la agricultura explica en buena parte los motivos que sostienen dicha explosión demográfica. Pero “industrialización de la agricultura” y “petróleo” son sinónimos: ¿cómo se podrá alimentar a tanta gente sin ese recurso?

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Desde luego, en vista de las declaraciones de Mujica, no parece haber en nuestro gobierno la más mínima señal de conciencia de estos problemas. Por su parte, sigue apostando al paradigma del progreso infinito, del crecimiento exponencial y del hacer de cuenta que tenemos combustibles fósiles para toda la vida. O, lo que no es más que otra manifestación de la misma ceguera, suponer que otras fuentes de energía pueden suplantar al petróleo en un 100%, de modo que podamos seguir alegremente con la fiesta del progreso -algo que no sucederá (5), pero que indudablemente está en las mentes de los políticos que se encargan de diseñar los proyectos energéticos. El presidente de UTE afirma que para 2015, “el 90 por ciento de la energía [consumida en el país] será renovable y autóctona”, mientras el comunicado de la Presidencia finaliza la noticia redondeando la idea y devolviéndonos al problema de la ecuación que planteamos al inicio: “cada vez que crece 1% la disponibilidad de energía crece lo mismo la economía nacional con más calidad de vida para los uruguayos.”

“Hay que poner eso delante de todo”, dice Mujica, hablando del crecimiento económico basado en la producción de energía para el consumo creciente de la población y de los megaemprendimientos industriales: es preocupante, profundamente preocupante, que el Presidente crea que el crecimiento económico es el fin que justifica todos los medios, y sobre todo que crea que allí está nuestro futuro.

No hay mañana: el fin de la era del consumo ilimitado

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(1) El caso más reciente (y el mayor de la historia) es el que afectó a la India.

(2) Dicho sea de paso, Mujica también acaba de anunciar la  instalación de una tercera fábrica de celulosa en el Uruguay, como proyecto con fecha tentativa de entrar en funcionamiento en 2018. Parece que lo da por hecho, aunque según tengo entendido hay algunos trámites previos que se deben cumplir, como algún que otro estudio de impacto ambiental.

(3) Esto, que resulta evidente para los combustibles fósiles y el uranio, también se aplica para las energías renovables, que pueden parecer a primera vista “infinitas”, pero no lo son. Entre otros motivos, por una sencilla y práctica razón: para generar tales cantidades infinitas de energía se necesitaría una infraestructura igualmente infinita. Nuestro planeta, una vez más, carece de tal magnitud de recursos para la construcción de dicha infraestructura.

(4) Cabe destacar que incluso a los países productores de petróleo les resultaría muy difícil lograr tal independencia, y de todos modos, se deberían enfrentar a los mismos límites del crecimiento una vez que se les acabe dicho combustible fósil.

(5) Ver los artículos Los límites de las energías renovables: materiales, Los límites de las energías renovables: capital, Cinco poderosas razones por las que el coche eléctrico no llegará nunca, y El coche eléctrico, un grave error.