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Son los humanos, estúpido

Muchos animalistas centran sus preocupaciones exclusivamente en el bienestar de los animales, denunciando la explotación o los abusos que sufren a manos de los humanos, sin reparar en la explotación y los abusos que sufren (que sufrimos) éstos, de manera constante, estructural, sistemática y sistémica. O, si lo hacen, si reparan en ello y lo cuelan en sus argumentos, es de modo secundario y superficial, o como aclaración, para quedar bien, porque es lo políticamente correcto. Sólo los extremistas llegan a decir (y lo dicen sin tapujos, como todos los extremistas) que les importa más el bienestar animal que el humano. Pero bueno, hay gente que no tiene conciencia de especie.

Pero en lo que no reparan es en algo muy simple, tan simple que rompe los ojos, y que quizás por eso resulta tan invisible: mientras haya explotación de los humanos por los humanos, mientras el hombre sea el lobo del hombre, es imposible que se solucione la explotación de los humanos hacia el resto de la naturaleza, animales incluidos.

Luchar por el bienestar de los animales o de la naturaleza como fin en sí mismo, es decir, como algo por fuera, no enmarcado en una lucha por un sistema social, económico, político y cultural donde no haya explotación entre los humanos, no sólo no soluciona nada, sino que es una distracción, un desperdicio de fuerzas, es calmar con aspirinas o paños fríos la fiebre que es apenas el síntoma de una enfermedad mucho más grave.

Entonces, digámoslo claro: si los que defienden los derechos de los animales no se preocupan antes por defender los derechos de las personas, por eliminar su explotación a manos de otras personas, nunca van a solucionar los problemas de los animales.

¿Muy abstracto todo? Tal vez con un ejemplo sencillo se entienda mejor.

Todos sabemos cómo uno de los punching-balls  favoritos de los animalistas autóctonos son los carritos tirados por caballos que recorren Montevideo recolectando en la basura. Si me preguntan, es una lucha bastante cobarde, con un claro sesgo clasista por demás: jóvenes bienpensantes de clase media-alta emprendiéndola (con el argumento del bienestar animal) contra pobres que desempeñan uno de los trabajos más insalubres, riesgosos y vulnerables que existen en nuestra sociedad. Si los primeros lo hacen a conciencia, o si no se percatan de su clasismo y actúan movidos por las mejores intenciones, es secundario; los efectos son los mismos.

Pero bueno, ya me fui por las ramas otra vez. Los carritos: ¿qué mejor manera de terminar con el sufrimiento de los caballos de los carritos que (en vez de reprimir a los hurgadores, prohibiendo el uso de los caballos y comprometiendo seriamente así su medio de subsistencia) eliminar las causas sistémicas que hacen que esas personas recurran a ese medio de vida para subsistir?

Claro, es la manera más difícil también. Por supuesto, siempre va a ser mucho más fácil pedir represión, tortura y linchamientos.

“¡Dios mío! ¡Un gatito y un bebé abandonados en la calle! La gente hoy en día es tan cruel…”

Categorías:Animalismo, Capitalismo, DDHH