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Los 13 políticos más perdedores de la historia del Uruguay

LoserSe puede ser un perdedor de muchas maneras: con dignidad, con patetismo, con indiferencia o con estilo. Para alguien que creció escuchando grunge y considera que Nirvana es lo mejor que le pasó a la música popular después de Fabián Show, ser un perdedor no es necesariamente una descalificación moral; hasta puede tener un romántico atractivo. Como sea, en el ránking que ofrecemos a continuación, encontrarán un resumen de encumbrados prohombres de nuestra historia política que recorren todo el espectro de los perdedores.

12. Juan Antonio Lavalleja/Manuel Oribe

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Juan Antonio Lavalleja

El puesto número 12 es compartido. Estos dos próceres, fundadores de uno de los dos bandos tradicionales que a su vez fundaron y destruyeron el país en sucesivas ocasiones, compartieron un mismo destino final de derrota, en algún caso más allá de sus muertes. Se la jugaron durante la época artiguista y les fue mal: ante la invasión portuguesa de 1816, Oribe se terminó exiliando en Buenos Aires y Lavalleja fue hecho prisionero y encarcelado en Río de Janeiro durante largos años. Liberado, se reencontró con el otro en aquella ciudad y planearon la expedición que sería recordada como “de los 33 orientales”, porque no eran ni 33 ni eran todos orientales. Aquí comienza el ciclo más admirable de ambas figuras: patotean con éxito a Fructuoso Rivera, el principal caudillo oriental al servicio del Brasil, para que se dé vuelta una vez más y se una a la lucha contra los brasileros, se declara la independencia respecto de éstos y la unión a las provincias argentinas, y aplastan al enemigo en la batalla de Sarandí. Todo en cuestión de meses. Argentina acepta la incorporación del territorio oriental y Brasil le declara la guerra. Lavalleja comanda el Ejército Republicano con habilidad, hasta poner a Brasil contra las cuerdas. Hasta llega a dar un golpe de Estado y todo, en 1827, para quedar dueño de la situación. Pero después llega la independencia total de la mano del Padre Nuestro Ponsonby, la redacción de una Constitución para el nuevo Estado Oriental y la elección de su primer presidente.

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Manuel Oribe

La derrota es más dura cuando no sólo se tenía todo para ganar, sino que, además, se posee en el currículum una serie de victorias gloriosas. Y este es el caso de don Juan Antonio al perder las primeras elecciones frente a su tradicional adversario, Rivera.

Pero a Lavalleja le sobraba de militar lo que le faltaba de político. No se resignó a perder en los escritorios lo que podía ganar en la cancha, y se encargó de hacerle la vida imposible a don Frutos durante todo su período de gobierno, organizando y ejecutando lo que los historiadores (en una muestra de sus increíbles capacidades nominativas) han bautizado “revoluciones lavallejistas”.

Rivera, sin embargo, no se quedaba atrás en habilidad, ni con el sable ni con la astucia, y además contaba con los servicios de Oribe, quien demostró todas sus dotes de militar y de ortiba al perseguir y derrotar con singular éxito a su antiguo compañero de cruzadas libertadoras.

Lavalleja se refugió en Argentina bajo la protección del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, mientras Oribe era elegido presidente del Estado Oriental para suceder a Rivera. Pero pronto estallaría el enfrentamiento abierto entre estos dos, los bandos pasarían a identificarse respectivamente con las divisas blanca y colorada y, en 1838, también Oribe sería derrotado por Rivera y marcharía al exilio en Argentina.

Desde allí, unos años después y en el marco de lo que se ha llamado la Guerra Grande o la Guerra de Todos contra Rosas, Oribe y Lavalleja invadirían Uruguay, se adueñarían de la campaña y pondrían sitio a Montevideo, único lugar que restaba en poder de los colorados. Uno podría pensar que, una vez más, la balanza de la historia se inclinaba a favor de nuestros dos amigos, pero en 1851 se forjaría la alianza entre Brasil, los colorados y Entre Ríos que pondría fin al poder de Rosas, a la Guerra Grande y a toda pretensión de victoria para aquellos dos (y, colateralmente, también a las pretensiones uruguayas de quedarse con una parte de Río Grande del Sur y ser la futura patria de Ronaldinho Gaúcho). El 8 de octubre de 1851, y ante la deserción en masa e imposibilidad de sostener una guerra contra las tropas entrerrianas y brasileras, los blancos firmaron la paz con colorados, bajo la consigna “ni vencidos ni vencedores” porque, por supuesto, hubo unos cuantos vencedores y otros tantos vencidos. El primero de estos fue, cuándo no, el propio Oribe, despojado una vez más de sus pretensiones presidenciales al ser reconocido como único gobierno legítimo el colorado de Montevideo. Como si fuera una tardecita de 1838, don Manuel tuvo la intención de exiliarse una vez más en Buenos Aires, pero mal que le pesara los tiempos habían cambiado y su amigote Rosas caía derrotado en los campos de Monte Caseros a prinicpios de 1852.

Nada brillante le deparaba el breve resto de sus vidas a Lavalleja y Oribe. Aquél fue finalmente elegido como integrante de un Triunvirato para gobernar el país, en 1853, junto a Rivera y Venancio Flores, pero murió al mes. Oribe murió un par de años después, ya alejado de la vida pública. Hasta el día de hoy, no lo homenajea un departamento, una ciudad o siquiera una calle importante de la capital. Apenas la insulsa ruta 1.

11. Aparicio Saravia

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Aparicio Saravia

El brasilero Saravia se ganó su prestigio de caudillo y líder militar en las luchas separatistas de Río Grande del Sur, durante su juventud. A fines del siglo XIX, gracias a eso y a ser dueño de medio Cerro Largo, se convirtió en la figura dominante del Partido Nacional, sobre todo en el interior.

La generalización del fraude electoral dejaba al Partido Nacional el camino de las revoluciones como el único para llegar al poder, y en el pasado había dado ciertos resultados con la obtención de algunos departamentos para los blancos: por la Paz de Abril de 1872, que ponía fin a la Revolución de las Lanzas, el gobierno colorado se comprometía a repartirles cuatro jefaturas políticas (sobre un total de trece), dando inicio a la lamada coparticipación y a la tradición nacional de resolver los problemas políticos con una repartija general de cargos públicos.

Pero en 1897, Saravia inició otro levantamiento nacionalista contra el gobierno colorado de Juan Idiarte Borda, al denunciar un supuesto incumplimiento de la Paz de Abril. La guerra se prolongó durante varios meses entre avances y retrocesos de ambos bandos, y un creciente clamor popular por encontrar una solución que devolviera la paz. La tozudez e impopularidad de Idiarte Borda (quien debería pasar a la posteridad como el presidente más corrupto de la historia del Uruguay) eran un obstáculo que se resolvió de un balazo, al ser asesinado y asumir como presidente el primer Senador, Juan Lindolfo Cuestas (quien ha pasado a la posteridad como el presidente más feo de la historia del Uruguay). Cuestas de inmediato entró en negociaciones con el Partido Nacional, y de ello resultó el Pacto de la Cruz, es decir, un nuevo reparto de departamentos, y el compromiso del gobierno de inciar un proceso de reformas que asegurara la representación de las minorías y garantías electorales.

No obstante, la lentitud (por no decir la ausencia) en el progreso de las reformas prometidas, además de un supuesto nuevo incumplimiento de los repartos departamentales por parte del novel presidente José Batlle y Ordóñez, llevó a un nuevo y definitivo alzamiento armado de Saravia en 1904.

Batlle quería terminar con esa situación de doble gobierno que convertía a Saravia en una especie de segundo presidente, y Saravia quería, presumiblemente, más garantías electorales, más departamentos y más amor. Y así, arrastró a todo el Partido Nacional a la guerra civil.

Si en el pasado la jugada les había salido bastante bien a los blancos, en 1904 el desastre fue total. El gobierno liquidó la revolución cuando sus tropas hirieron de muerte a Saravia en la célebre batalla de Masoller, luego de lo cual su ejército, en una demostración de cohesión ideológica, se desbandó. Resultado: el Partido Nacional pasó de seis a cero jefaturas departamentales, y otra promesa de reforma que iría para largo. Habría que esperar hasta 1916 para que la cosa empezara a funcionar como en un país civilizado.

10. Líber Seregni

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Líber Seregni

Seregni era un hombre de confianza de Luisito Batlle y de Óscar Gestido en el Ejército. Su sensibilidad batllista lo fue distanciando cada vez más de un Partido Colorado donde se afianzaban las tendencias más conservadoras y autoritarias, de la mano del presidente Jorge Pacheco, aunque eso no le impidió dar palo a los bancarios al comandar la represión contra una protesta sindical en 1968.

Ese mismo año pidió su pase a retiro y comenzó a dedicarse a la vida política. En 1971, al fracasar las gestiones que promovían el grupo de Zelmar Michelini y Alba Roballo, y que lo hubieran llevado a la candidatura presidencial por el Partido Colorado, los tres lo abadonan, cargan en sus maletas una buena parte del batllismo que le quedaba y fundan el Frente Amplio junto con otros grupos progresistas y de izquierda.

Seregni es el candidato del Frente en sus primeras elecciones, las cuales perderá ante sus antiguos compañeros colorados. Y esta será sólo la primera de sus muchas desventuras.

En 1973 será encarcelado por la dictadura dirigida por Juan María Bordaberry y las Fuerzas Armadas, liberado al año siguiente y vuelto a encarcelar en 1976, junto con otros militares constitucionalistas. Así seguiría hasta marzo de 1984, cuando es liberado. Favorece la salida negociada ante la dictadura y junto a los colorados y la Unión Cívica, en lo que se conoce como el Pacto del Club Naval. Sin embargo, el gobierno de facto le prohíbe presentarse a las elecciones generales de ese mismo año -misma medida que se tomará respecto al líder naconalista Wilson Ferreira, quien aún continuaba preso. Así, Seregni ve pasar las elecciones de 1984, las cuales (frente a la situación de sus oponentes) no le cuesta mucho ganar a Julio María Sanguinetti.

Seregni volverá a candidatearse y perder en 1989, justo cuando el Frente Amplio se fractura y el muro de Berlín se viene abajo. En el 89, no obstante, no todas son pálidas para el FA, aunque a la larga sí lo serán para don Líber: Tabaré Vázquez gana la Intendencia de Montevideo e irrumpe con fuerza en la interna frentista.

Es el comienzo del ocaso de Seregni, quien perderá poder día a día, poder que va acumulando Vázquez. En 1996, finalmente, renuncia a la presidencia del FA, un poco más impopular luego de manifestarse públicamente a favor de la reforma constitucional de 1996, que la mayoría del FA rechazó.

Su larga carrera de perdedor no se acabaría ahí, ya que el destino le tenñia reservada una última jugarreta de mala leche: Seregni murió apenas tres meses antes de la victoria electoral de su amado Frente Amplio, en 2004.

9. Wilson Ferreira

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Wilson Ferreira Aldunate

Ferreira comenzó a perfilarse como líder dentro del Partido Nacional en la década de 1960, durante el segundo gobierno blanco de esa década (y de todo el siglo, de hecho). Su discurso desarrollista lo acercaba un poco al progresismo de izquierda (era defensor, entre otras cosas, de una reforma agraria) así como lo alejaba del conservadurismo herrerista con el que de todos modos siempre sumó sus votos.

Entró con fuerza en la arena política en las elecciones de 1971, en las que pese a ser el candidato más votado, por la ley de lemas terminó ganando el candidato colorado más votado, Juan María Bordaberry. Siempre hubo serias sospechas de fraude electoral, así que es posible que le hayan birlado la presidencia.

Dos años después, y golpe de Estado mediante, se exilió en Buenos Aires, donde escapó por un pelo a ser asesinado junto a su correligionario Héctor Gutiérrez Ruiz y el frenteamplista Zelmar Michelini, en una operación coordinada por las dictaduras de ambas orillas del Plata.

A partir de entonces comienza un largo periplo por varios países, denunciando hasta el cansancio los crímenes de la dictadura uruguaya, y logrando cierto éxito y una creciente popularidad. Sin embargo, y vuelto a Argentina luego de la caída de la dictadura en ese país, decide  en 1984 emprender el regreso a Uruguay, donde es apresado apenas toca suelo y queda recluido hasta después de las elecciones que se celebrarían ese mismo año, impidiendo de esa forma no sólo el presentarse como candidato, sino cualquier actividad pública. Supongo que Ferreira esperaría que el pueblo uruguayo se rebelara contra el régimen clamando por su liberación, probablemente olvidando que estaba en Argentina e iba a ser recibido en Uruguay, y no al revés.

Uno podría imaginar que su carrera de malas decisiones políticas se había acabado ahí pero, cuando finalmente fue puesto en libertad, y en un acto tan inexplicable como los motivos que llevaron a la existencia de algo como esto, Ferreira se las ingenió para tirar por la borda el prestigio que había acumulado como opositor a la dictadura impulsando y defendiendo la aprobación de la Ley de Caducidad.

8. Raúl Sendic

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Raúl Sendic

Sendic comenzó su vida pública en la década de 1960, como defensor legal de los trabajadores de la caña de azúcar que vivían en condiciones durísimas, en el norte del país. Si bien fue militante del Partido Socialista, será uno de los fudnadores del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros y uno de sus principales líderes.

Si bien la guerrilla tupamara es en sí uno de los perdedores colectivos más rotundos de toda la historia uruguaya (compitiendo cabeza a cabeza con el Partido Nacional), el caso de Sendic es paradigmático. Fracasó como líder guerrillero, pues fue desplazado del poder interno por otros camaradas, y porque su propia organización armada fue aplastada en cuestión de meses por las Fuerzas Armadas uruguayas (!). Como es sabido, la cantidad de meses que tarda una organización en ser puesta fuera de combate por los milicos uruguayos es inversamente proporcional a la incompetencia de dicha organización.

Por si fuera poco, Sendic es capturado en 1972 luego de una balacera que le destroza la boca, y como rehén y prisionero político pasará toda la dictadura militar en condiciones que por comparación harían considerar al toilette del pibe de Slumdog Millionaire como un hotel cinco estrellas.

Pese a todo, sale vivo de ese infierno, y con la suficiente lucidez como para proponer su proyecto de Frente Grande, proyecto al que, por supuesto, nadie le dará bola.

Sendic muere en Francia, en 1989, siendo tratado por una enfermedad que arrastraba desde hacía tiempo. Pero ni eso terminaría con su racha perdedora, ya que volvería a fracasar, por último y post mortem, al haber engendrado un hijo llamado Raúl Sendic que acusa a los universitarios que trabajan con los cañeros de Artigas de “alentar la conflictividad, …alentar el conflicto, la demanda y la exigencia”. ¿Cómo era aquello que dijo Marx sobre la historia, las tragedias y las farsas?

7. Pedro Manini Ríos

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Pedro Manini Ríos

Eterno némesis colorado de José Batlle y Ordóñez, intentó una y otra vez acceder a la presidencia sin éxito. A decir del profesor Carlos Demasi, en la tumba de Manini Ríos debería leerse “Aquí yace el futuro presidente de los uruguayos”.

Estaba complicado para los conservadores colorados como él, siendo como eran minoría frente a los batllistas, aunque tenían una carta que siempre podían jugar: amenazar con votar fuera del lema, abriendo la posibilidad de una victoria del Partido Nacional (amenaza que efectivamente se materializó en 1925 y permitió al nacionalista Luis Alberto de Herrera alcanzar la presidencia del Consejo Nacional de Administración).

Esta suerte de chantaje electoral alcanzó su manifestación más acabada en las elecciones de 1930, en las que el batllismo accedió a llevar a la presidencia a Manini Ríos si éste obtenía el 17.5 % de los votos colorados (el llamado pacto del “hándicap”). A Manini le faltaron poco más de 100 votos para llegar al porcentaje acordado.

6. Danilo Astori

(Colaboración de Santiago Val)

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Danilo Astori

Astori era el favorito de Seregni pero quedó de lado cuando Tabaré Vázquez los cocinó a los dos para las elecciones de 1994. Se puso al partido en contra con la reforma constitucional de 1996 para poder presentarse en las internas, y perdió contra Vázquez 75% a 25%. Cuando Vázquez dejaba la presidencia, en 2009 salió Mujica de abajo de las piedras volvió a perder. Antes de aceptar la vice dijo que quería conversar condiciones. Mujica le dijo que no iba a negociar nada y que si no quería le ofrecía la vice a Martínez. Astori se bajó del caballo y aceptó igual. Ah, me olvidaba, en 2003 su partido lo obligó a votar en contra de una ley (la de abolición del monopolio de ANCAP) que él mismo había redactado.

Pero no hay que perder las esperanzas; en una de esas se le da en 2019.

5. Bernardo Prudencio Berro

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Bernardo Prudencio Berro

Berro fue un visionario. Lector de Alexis de Tocqueville, imaginó una democracia moderna, inspirada en buena medida en el sistema estadounidense. Pensó en una administración estatal eficiente y secularizada, y de hecho tomó las primeras medidas en ese sentido al quitarle a la Iglesia Católica el control de los cementerios. Tomó otras medidas, para modernizar la economía incentivando la producción lanar, así como para frenar la influencia brasilera en el norte al ordenar la fundación de Villa Cevallos (más tarde conocida como ciudad de Rivera) y promover la enseñanza exclusiva del español. Imaginó un país donde las divisas tradicionales, causantes de tantas desgracias y tanto derramamiento de sangre, ya no existirían, pues se fusionarían en un único partido de toda la nación (y presumiblemente cabalgarían todos tomados de las manos por nuestras onduladas penillanuras cantándose una de Los Olimareños).

Lástima que al pobre Berro le tocó ser presidente de Uruguay entre 1860 y 1864, y hacer frente al levantamiento caudillista y colorado de Venancio Flores, que contaba con el apoyo de Buenos Aires, Brasil, la Iglesia Católica, varios oficiales del gobierno que se dieron vuelta, y probablemente un ejército de Uruk-Hais.

Su proyecto de modernización por caminos democráticos quedó trunco, y tuvo que venir la dictadura de Lorenzo Latorre, una década después, para retomarlo por caminos autoritarios. Por si fuera poco, fue asesinado el mismo día de 1868 que su archienemigo Flores, después de comandar un levantamiento contra éste, fracasar, huir hasta la costa de Montevideo en espera de un bote que lo dejó plantado, ser apresado y vejado. Todo mal.

4. Jorge Larrañaga

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Jorge Larrañaga

Larrañaga vino a quedar como líder nacional del sector no herrerista del Partido Nacional luego de la paliza que Luis Alberto Lacalle  le propinó a Juan Andrés Ramírez en las elecciones internas de 1999 -lo que a su vez habilitó a Lacalle para conducir a su partido a la peor votación de su historia en las elecciones generales de ese mismo año. Con esos antecedentes, no le fue demasiado complicado ganarle al Cuqui las internas de 2004, pero acto seguido perdió en primera vuelta frente a Tabaré Vázquez, quien obtuvo la mayoría absoluta y cerró las puertas a un ballotage.

Lacalle volvió por revancha en las internas de 2009, y le ganó cómodamente a Larrañaga, a quien le ofreció la candidatura vicepresidencial para unas elecciones perdidas de antemano, no sin dejar de cobrarse la humillación de las internas anteriores.

Larrañaga pensó que en 2014 le había llegado su hora para el desquite con Vázquez en las generales. Antes tenía que sortear unas internas con el hijo de Lacalle, Luis Lacalle Pou. Y, de hecho, arrancó como unánime favorito. Y lo siguió siendo hasta que se cerraron los circuitos de votación de las internas y se reveló que la victoria correspondía, finalmente y contra todo pronóstico, a Lacalle Pou.

Larrañaga quedó devastado (y creo que por un instante, todo el Uruguay sintió un poquito de lástima frente a la increíble derrota), prometiendo que subiría “por última vez las escaleras del Directorio del Partido Nacional”. Unos días después, sin embargo, aceptó la candidatura a la vicepresidencia, provocando un deja vu colectivo y especulaciones sobre la posible instalación de ascensores en la entrada del Directorio del Partido Nacional.

La historia, por supuesto, no termina ahí, ya que la fórmula blanca volvió a perder en primera vuelta ante el Frente Amplio, con Vázquez como candidato, y todo hace suponer una nueva derrota en segunda vuelta. Larrañaga se perfila para ser en la historia politica del Uruguay lo que la selección holandesa es a la historia de los mundiales de fútbol.

3. Baltasar Brum

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Baltasar Brum

El caso de Brum es muy especial, ya que si bien tuvo una carrera brillante (en la cual se destaca el haber sido el segundo presidente más joven de la historia uruguaya, entre 1919 y 1923, perfilándose como el delfín de Batlle y Ordóñez), son las circunstancias de su muerte las que lo ubican en esta lista. En 1933, don Baltasar era el presidente del Consejo Nacional de Administración, mientras que su correligionario Gabriel Terra era el Presidente de la República. Uruguay sufría las consecuencias de la crisis de 1929, y a nivel político había una lucha entre los sectores reformistas y los conservadores tanto blancos como colorados.

Serán los conservadores los que ese año se impongan, al dar Terra un golpe de Estado con el apoyo del caudillo nacionalista Luis Alberto de Herrera. Ese día de marzo de 1933, Baltasar Brum se atrincheró en su casa con algunos compañeros, y pistola en mano corrió a balazos a los policías que aparecieron a apresarlo. Como la jornada transcuría y no había señales de ninguna movilización popular contra el golpe de Terra, a Brum se le ocurrió la genial idea de pegarse un tiro. Hasta el día de hoy se especula sobre los motivos de su suicidio: que fue un acto de desesperación ética, que fue para evitar un enfrentamiento con Terra que prolongara la dictadura que estaba iniciando, que fue su mujer la que lo incitó al grito de “cagón” (estoy parafraseando). Como sea, ahí quedó el cadáver, en el medio de la calle. Al otro día, finalmente, se produjo una gigantesca movilización popular: 20.000 personas marcharon por las calles de Montevideo para asistir a un partido de fútbol.

2. Luis Alberto de Herrera

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Luis Alberto de Herrera

Herrera vendría a ser algo así como el modelo clásico del perdedor político uruguayo. Corrió toda su vida atrás de la presidencia (algo que pareció lograr parcialmente en 1925, como vimos), con un tesón sólo comparable al del político que ocupa el primer puesto de esta lista. Se quejó del acuerdo al que denominó “pacto del chinchulín”, la repartija de cargos públicos que pactaron en 1931 los batllistas con los blancos independientes (es decir, los que no se bancaban a Herrera) a cambio del apoyo parlamentario para la creación de ANCAP, mientras afilaba el tenedor y el cuchillo para meter mano en la parrilla que estaba preparando el presidente Terra.

En marzo de 1933, efectivamente, Terra da un golpe de Estado y Herrera lo apoya al ver llegada su hora de chinchulinear, con la Constitución de 1934 que establece el célebre Senado del “medio y medio” (30 senadores, 15 para el partido más votado, 15 para el segundo más votado, lo que traducido siginificaba 15 para los terristas y 15 para los herreristas) y la asignación de directores en los Entes Autónomos con el mismo criterio de reparto partidario.

Sin embargo, la marea pronto comienza a cambiar y una vez más trae al batllismo de regreso al poder. El presidente Baldomir da un golpe de Estado en 1942 que nadie recuerda, y sustituye la Constitución terrista por otra que elimina aquel Senado auspiciado por el Bar Roldós. Herrera vuelve a su viejo papel de opositor, con menos fortuna aún, ya que eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y en un país mayoritariamente aliadófilo no tenía muy buena prensa un filofascista como don Luis Alberto.

La guerra terminó, eventualmente, pero no las desventuras del poder para Herrera. Por una jugarreta del destino quedó como presidente Luisito Batlle, sobrino de don Pepe, y con él volvió toda la mística del viejo batllismo. Un poco para frenar las ansias personalistas de Luis Batlle, algunos sectores de su propio partido colorado impulsaron una reforma constitucional que reflotaba el antiguo sueño batllista de un Ejecutivo Colegiado integral (con seis miembros del partido más votado y tres del segundo). Herrera, eterno adversario del Colegiado, prestó entonces todo su entusiasmo y todos sus votos para aprobar la reforma. Quien lo acuse de incoherencia ideológica, es un malpensado: la idea de Herrera siempre fue la misma, ganar el Poder Ejecutivo.

La jugada, en efecto, no le pareció salir tan mal: bajo ese sistema los blancos obtuvieron la primera victoria electoral de su historia, en 1958, y para mayor felicidad triunfó dentro del Partido Nacional la alianza entre los herreristas y los ruralistas comandados por Benito Nardone. Pero eso fue en noviembre de 1958. Un mes después, ya se había armado quilombo en la disputa por puestos de gobierno, y los seguidores de Nardone rompieron la alianza, para juntarse con los blancos no herreristas.

Durante todo ese tiempo, y entre tanto bardo, Herrera fue más opositor que líder de un partido victorioso (parece ser que los viejos hábitos son difíciles de abandonar). Por suerte para sus correligionarios, se murió al mes de haber asumido el gobierno blanco.

1. Jorge Batlle

Jorge-Batlle

Jorge Batlle

Si de algo no se puede culpar a Jorge Batlle es de falta de tesón. El tipo insistió (1966), insitió (1971), insistió (1989), e insistió (1994), hasta que finalmente se le dio (1999). No se había visto tanta perseverancia desde la campaña continental de Chayanne para pegarla con su (finalmente) hit “Provócame”.

Cinco elecciones y una dictadura de más de once años tuvo que esperar Jorgito para ocupar el sillón presidencial. Y cuando lo hizo, dirigió el país hacia la ruina de la peor crisis económica de su historia y a su partido a un desastre electoral del que no parece recuperarse ni una década después. Nobleza obliga, no fue el único responsable de ninguna de las dos cosas, pero a perdedor nadie le gana en nuestra historia. Excepto…

Mención especial – fuera de concurso. José Artigas

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José Artigas

Este no entra en la lista oficial porque ni siquiera era uruguayo. Pero cómo olvidarse de don Pepe Artigas, el perdedor más entrañable e imbatible de toda la historia oriental. Un tipo al que durante su breve carrera política (10 años en más de 86) no le salió ni una (pero ni una ¿eh?). ¿Que la Banda Oriental siguiera unida a los demás territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata? No, bien separada y con otro nombre. ¿Que triunfara el federalismo en la susodicha región? Costó varias décadas y montones de sangre, pero triunfaron los unitarios. ¿Que una reforma agraria? Seguimos esperando. ¿Que “sean los orientales tan ilustrados como valientes”? Buenísimo, contate uno de gallegos ahora. O de negros e ibirapitases.

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