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Archive for 19 marzo 2014

Drogas: prevención y libertad

¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargan ya de que el paso hacia la mayoría de edad, además de ser difícil, sea considerado peligrosos para la mayoría de los hombres (y entre ellos todo el bello sexo). Después de haber entontecido a sus animales domésticos, y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no pueda atreverse a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos. Lo cierto es que este peligro no es tan grande, pues ellos aprendería a caminar solo después de cuantas caídas: sin embargo, un ejemplo de tal naturaleza les asusta y, por lo general, les hace desistir de todo intento.

Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?, 1784

Un análisis de diversas investigaciones llevadas a cabo en la última década, en varias regiones del mundo, acerca de la eficacia de diferentes estrategias de prevención en usos problemáticos de drogas en la enseñanza media arroja resultados muy interesantes.[1]

Encontramos en ellos altos grados de coincidencia respecto a qué funciona y qué no a la hora de encarar la prevención en dicho tema. Centrarse en las sustancias, en los aspectos químicos y biológicos, resulta una casi segura receta para el fracaso. Las estrategias eficaces se basan en colocar en el centro a los sujetos y los vínculos que los sujetos establecen consigo mismos, entre sí, con el mundo que los rodea y (a veces marginalmente) con las sustancias. Deben ser abordajes contextualizados y dinámicos, donde los adolescentes tengan importantes espacios de participación. En contrapartida, resulta conveniente descartar la mera transmisión pasiva de información, en especial cuando está enfocada en las consecuancias negativas del consumo. Peor aún, a la hora de evaluar la eficacia de la prevención, es apelar al miedo y a la demonización de las sustancias; probablemente no haya nada que dé menos resultados positivos que un discurso alarmista (y simplificador) como “la droga mata” o “simplemente di no”.

Si nos detenemos a reflexionar sobre estas constataciones, podremos apreciar fácilmente no solo una oposición de discursos o de estrategias para abordar la prevención; lo que aquí vemos enfrentados son paradigmas sobre las drogas y nuestra relación con ellas -paradigmas que son la base, justamente, de dichas estrategias divergentes. Llamaremos “represivo” o “prohibicionista” a uno de ellos, y “vincular” a otro.[2]

El paradigma represivo y la crítica liberal

Es ya un lugar común la afirmación de que que la llamada “guerra contra las drogas” ha fracasado.[3] Esta política global, fuertemente impulsada por Estados Unidos a partir de la segunda mitad del siglo XX (con importantes antecedentes en décadas previas), no ha cumplido ninguno de sus objetivos. Como reseña el referido informe,

los inmensos recursos destinados a la criminalización y a medidas represivas orientadas a los productores, traficantes y consumidores de drogas ilegales, han fracasado en reducir eficazmente la oferta o el consumo. Las aparentes victorias en eliminar una fuente o una organización de tráfico son negadas casi instantáneamente por la emergencia de otras fuentes y traficantes. Los esfuerzos represivos dirigidos a los consumidores impiden las medidas de salud pública para reducir el VIH/SIDA, las muertes por sobredosis, y otras consecuencias perjudiciales del uso de drogas. Los gastos gubernamentales en infructuosas estrategias de reducción de la oferta y en encarcelamiento reemplazan a las inversiones más costo-efectivas y basadas en la evidencia orientadas a la reducción de la demanda y de los daños. (p.2)

La guerra contra las drogas ha sido, quizás, la manifestación más acabada del paradigma represivo. En ella se aúnan el prohibicionismo moralizante, la criminalización de actividades que no entrañan per se perjuicio alguno para la sociedad, una opción decidida por la reducción de la oferta y una forma brutal de concebir la reducción de la demanda, y la fetichización de la sustancia. Analicemos y critiquemos suscintamente estos pilares conceptuales del paradigma en cuestión.

Cocaine_for_kids

Publicidad de cocaína para el dolor de muelas en niños, Estados Unidos, 1885.

El fundamento de la prohibición entraña una determinada escala de valores. Se demonizan las sustancias prohibidas,[4] así como a aquellos que se ven involucrados en las más diversas actividades con estas, desde los narcos más poderosos (y así tenemos, por ejemplo, a un Pablo Escobar “Patrón del Mal”, según una popular telenovela colombiana) hasta los usuarios más ignotos, todos ellos catalogados uniformemente bajo el estigmatizante epíteto de “drogadictos”. Construida esta encarnación del mal, establecida esta escala de valores (que, recordemos, aún a principios del siglo XX era novedosa en un mundo donde las farmacias vendían libremente y personas de todas las clases sociales consumían sin mayores inconvenientes cocaína, heroína, marihuana y morfina, entre otras drogas), se vuelve una cuestión de sentido común prohibir la producción, comercialización e incluso el consumo, y consecuentemente perseguir y castigar a quienes realicen cualquiera de esas cosas.

Esta criminalización ha introducido en nuestros sistemas legales un principio reñido con la matriz liberal de la que son producto. Uno de los fundamentos de la legalidad liberal es que toda acción privada de las personas, que no constituye un perjuicio para otras, es asunto exclusivo de cada una.[5]

Como toda la arquitectura de la filosofía liberal, este principio se sustenta en su derecho más elemental, su auténtica clave de bóveda: el derecho a la propiedad. Toda persona tiene derecho a procurarse los medios necesarios para su subsistencia, con la única salvedad de no perjudicar, en dicha búsqueda, el mismo derecho ajeno. He allí el fundamento liberal de la propiedad.

Ahora bien, nada de esto tiene sentido si no consideramos un derecho más básico aún (y demasiado evidente como para que ni siquiera necesite ser explicitado): el de la autopropiedad. Cada persona es propietaria exclusiva de su cuerpo, y a ella y sólo a ella le compete decidir sobre éste. O, expresado de una forma más sencilla y directa por Antonio Escohotado: “de la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.” (Escohotado, 2006: 7)

El objetivo de todo esto es establecer el límite del poder estatal sobre nuestras personas. Dicho límite viene dado por el rol que el liberalismo clásico (desde John Locke en adelante) le asigna al Estado. En esta concepción, éste es la institución encargada de velar por nuestros derechos, derechos que son previos a la existencia del propio Estado (hoy los llamamos “derechos humanos”) y que éste no puede no reconocer (bajo el riesgo de caer en la tiranía y, por tanto, en la ilegitimidad).

Sin embargo, la criminalización de la producción, comercio y uso de drogas es un ataque frontal a los fundamentos liberales de los sistemas jurídicos de Occidente y, de hecho, los ha minado hasta un nivel que debería alarmarnos, puesto que el Estado se arroga la potestad de imponernos qué consumir y qué no, es decir, qué hacer y qué no con nuestros cuerpos, violando nuestro derecho a la autopropiedad.[6]

Esto es lo que lleva a un autor como Thomas Szasz a plantear que actualmente los gobiernos han pasado, al menos en teoría, de ser nuestros sirvientes a ser nuestros señores, en el marco de un Estado terapéutico que sería, por eso mismo, un Estado totalitario. (Szasz, 1992: 203)

Al construir a las drogas como un problema que debe ser solucionado, el prohibicionismo elabora una serie de estrategias económico-políticas para librar esa lucha. Como fue señalado, en primer lugar existe un énfasis en la reducción de la oferta, que se traduce no sólo en la prohibición misma, sino en acciones directas contra las propias sustancias, con resultados sociales a menudo terribles. Así es como se ha preferido combatir a las drogas atacando, por ejemplo, al que quizás sea el eslabón más débil dentro de la cadena de la oferta: la producción en algunos países del tercer mundo. Los casos de los países andinos, especialmente Colombia y Bolivia, son quizás los más claros para observar cómo la represión la terminan sufriendo con mayor intensidad los campesinos que se dedican al cultivo de la hoja de coca, viendo acentuada su miseria y la precariedad de su subsistencia.[7]

A esta forma de reducción de la oferta se le suma una forma muy particular de entender la reducción de la demanda, igualmente represiva, y consistente en despojar de derechos/libertades a los usuarios, ya sea considerándolos enfermos o delincuentes y pasibles, por lo tanto, de procedimientos penales o médicos contra su voluntad.

Todos los datos de que disponemos muestran la absoluta ineficacia de esta estrategia para reducir el uso de drogas ilegales con fines recreativos, que no ha hecho más que aumentar.[8] Podemos colegir que hay un error fundamental en poner el foco en la oferta, cuando ésta depende básicamente de la demanda. Y la demanda, si bien se retroalimenta con la oferta, suele tener otras causas, que escapan a las meras consideraciones económicas.[9]

En suma, las estrategias basadas en la reducción de la oferta y la demanda parten del supuesto de que las drogas son un problema o, mejor dicho, que los problemas que involucran a las drogas necesariamente se explican por ellas. Esto nos conduce directamente a la cuestión de la fetichización de las sustancias.

Como acertadamente señala Jorge Barreiro,

La idea de que algunas sustancias son intrínsecamente dañinas, que su atributo sería causar el mal o la enfermedad y que no serían susceptibles de usos benéficos, es relativamente reciente, de principios del siglo XX. Hasta entonces las sociedades convivieron con el consumo de drogas sin mayores problemas. Para los antiguos griegos, por ejemplo, el concepto de phármakon (entre otros, la cerveza, el vino, el cáñamo y el opio) podía ser un veneno o una medicina, representar tanto una cura como un peligro: los daños o beneficios de los phármakon residían exclusivamente en el uso que el ciudadano adulto hiciera de los mismos.

Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. [10]

El absurdo del fetiche cae por su propio peso. Sólo conocemos una cosa en el universo que posea voluntad (y que, por lo tanto, pueda ser responsabilizada por sus acciones), y esa cosa somos los seres humanos. Así como ningún arma ha matado jamás a nadie, ninguna droga tampoco lo ha hecho: son las personas que utilizan armas, o drogas, quienes matan a otras personas o se matan a sí mismas. Es en el tipo de uso que alguien le da a un objeto inanimado donde debemos buscar las responsabilidades correspondientes, no en los objetos inanimados, que son simples medios para las acciones humanas.

Sin embargo, las consecuencias que ha traído este absurdo respecto a las drogas son profundas y difíciles de evaluar en todo su alcance. Quizás la más grave de ellas ha sido, nuevamente, un recorte en nuestra capacidad de autonomía, pues la voluntad que el fetiche nos quita a los humanos se la otorga a las sustancias.

¿Qué lugar ocupan, entonces, las personas en el esquema del paradigma represivo? Si conectamos los puntos, aparece una concepción de los individuos como irresponsables, como menores de edad que deben ser protegidos no sólo de los demás, sino, muy especialmente, de ellos mismos. En suma, lo que este paradigma le propone a las personas (y efectivamente lo ha hecho) es renunciar a parcelas de su libertad a cambio de mayor seguridad -una fórmula que históricamente se ha mostrado muy peligrosa.

Apuntes sobre el paradigma vincular

Como se desprende de la crítica al paradigma represivo, otro que permita actuar con mayor eficacia debe partir de supuestos diferentes. Esto es lo que hace, entre otros, el que hemos llamado paradigma vincular que, como su nombre lo indica, desplaza el centro de la atención de las sustancias a los vínculos.

Siguiendo a Pichon-Rivière, consideraremos el vínculo como “una estructura compleja de fenómenos emocionales, afectivos, y comunicacionales, concientes e inconcientes que incluyen un sistema transmisor receptor, un mensaje, un canal, signos, símbolos y ruido” (Fernández Romar, 2000: 77).

Como Juan Fernández señala, a la hora de abordar los problemas que invlucran a las drogas, “todo depende del vínculo que la persona establezca con la(s) sustancia(s) y el sentido que le asigne a la droga en su vida” (ídem). Esto nos lleva a aspectos más amplios de la cuestión, en particular las formas de vinculación que las personas desarrollan con otras personas, en su vida pública y privada, y con el mundo que las rodea en general.

He aquí uno de los puntos fuertes en los que coinciden las investigaciones que mencionaba al principio. A la hora de prevenir usos problemáticos de drogas, al menos entre la población adolescente que concurre a sistemas formales de enseñanza, no suele ser tan importante (o eficaz) trabajar sobre los vínculos que establezcan concretamente con las sustancias, como trabajar sobre los aspectos más generales que hacen a los vínculos.

Esto se puede relacionar con otra conclusión que se desprende del análisis de dichas investigaciones, a saber, la conveniencia del desarrollo de las llamadas habilidades para la vida, “un grupo de habilidades psicosociales cuyo desarrollo resulta relevante para personas de todas las edades y de los más diversos contextos socioeconómicos” tal como las define la Organización Mundial de la Salud.[11] Entre ellas encontramos el conocimiento de sí mismo, la comunicación efectiva o asertiva, el manejo de emociones y sentimientos, la toma de decisiones, la resolución de problemas y conflictos, etc.

Uno de los fundamentos más firmes que sostiene esta estrategia es la constatación de que los usos que suelen dar las personas a las drogas, y aún los efectos que éstas causan en sus organismos, dependen en buena medida de los ambientes en que desarrollan sus vidas cotidianas, incluyendo aquí, por supuesto, los ambientes sociales.[12]

 Esto implica destronar a “la droga” de su lugar de privilegio a la hora de analizar y actuar sobre sus usos problemáticos. Como incisivamente afirma Escohotado, las razones por las que las personas caen en dependencias y en abusos de sustancias, no son diferentes de las razones por las que caen en dependencias sociales, sentimentales o de cualquier otro tipo (Escohotado, 2006:28).

Pensando esto a través de las variables oferta y demanda (como vimos más arriba), se trataría de trabajar sobre las causas de la demanda para lograr su reducción. Yendo un paso más allá, podríamos incluso considerar que este paradigma nos permite superar el enfoque oferta-demanda (que por su aspecto economicista puede rechinar en los ámbitos de la salud y educativo), al apuntar a reducir los usos problemáticos y no necesariamente la demanda per se.

Entonces, ¿cuál es el lugar que le corresponde a la droga en este paradigma? Creo que lo más acertado es recuperar el concepto de pharmakon, tal como Barreiro lo traía a colación, seguramente siguiendo los pasos del propio Escohotado, quien lo ha analizado con minuciosidad en varios de sus libros. Pharmakon designaba a una sustancia que es en sí, al mismo tiempo, remedio y veneno, convirtiéndose en uno o en otro únicamente a partir del uso que la persona le dé (incluyendo, por ejemplo, formas y tiempos de administración, características fisiológicas y/o mentales del individuo y, sobre todo, dosis).

Esto nos conduce directamente al núcleo del nuevo problema que se plantea: una persona sólo podrá usar eficazmente una sustancia de acuerdo a sus necesidades o deseos si cuenta con el conocimiento necesario para ello.

Prevención y libertad

 ¿Cuál debe ser el fundamento teórico de los programas y estrategias de prevención en los usos problemáticos de drogas? Llegados a este punto, las opiniones científicas vertidas en los artículos referidos son cada vez más opiniones y cada vez menos científicas, entendiendo esto en el sentido de ideológicas, y entendiendo la ideología en un sentido no peyorativo.

En consonancia con el enfoque liberal que defiendo en este escrito, considero que la mejor estrategia educativa para abordar la prevención en materia de drogas (y mejor no sólo por sus aspectos sanitarios, sino además por la práctica de la libertad que ella entraña), consiste en el uso responsable. Démosle la palabra una vez más a Escohotado:

Toda prevención que queramos enseñar a nuestros hijos será ineficaz si no es una prevención calculada para el uso, en vez de para la abstemia. Por la misma razón, no podemos conceder permiso de conducir una avioneta o un coche más que sabiendo conducir la avioneta o el coche.[13]

Ahora bien, la responsabilidad es hija de la libertad, y ésta sólo es posible a través del conocimiento: del mundo, de la “realidad externa” y de los demás, pero sobre todo de uno mismo.

El enfoque desde la prohibición, el enfoque represivo, es uno que les niega responsabilidad y autonomía (pues les niega libertad) a las personas, y por eso las considera menores de edad, al decidir por ellas qué se debe y qué no se debe hacer, es decir, qué es lo correcto. Junto con lo permitido (lo legal) viene toda una carga moral y ética -pero se trata de una moral y de una ética ajenas, que no han pasado por la reflexión y la crítica personal del sujeto: que no han sido su elección.

Ojalá estuviera diciendo algo nuevo. Sin embargo, me estoy limitando a adaptar lo que ya escribió (y denunció) Immanuel Kant hace casi dos siglos y medio al responder ¿Qué es la Ilustración? y que, lamentablemente, parece escrito ayer por la mañana.

Kant, viejo antagonista intelectual de los absolutismos monárquicos y del pensamiento, sabía a la perfección que ser tratado como un menor de edad implica algunos beneficios, los cuales pueden resumirse en uno: la irresponsabilidad. Si otros eligen por mí, no puedo ser considerado responsable por mis acciones. No obstante, ese beneficio tiene un costo gigantesco, y es la pérdida de la libertad (y su correlato, el aumento desproporcionado del poder de aquellos que deciden por nosotros).

Ahora bien, educar para la libertad y para la responsabilidad implica manejarse con conocimientos certeros y lo más objetivos posibles. Implica el esfuerzo por despojarse de prejuicios que los distorsionen o, cuando ello no es posible (si acaso lo es), tener conciencia de cuáles son los fundamentos teóricos y filosóficos sobre los que descansan nuestras acciones. En pocas palabras, implica honestidad intelectual y respeto por el otro.

A modo de ejemplo, cuando mencionaba que el paradigma vincular abre la posibilidad de pensar más allá de la reducción de la demanda, está claro que avanzar por ese camino y detenerse en la reducción de los usos problemáticos de drogas como un objetivo de la prevención y de la educación no es nada más (y nada menos) que una opción de método y de filosofía. Perfectamente podemos recorrer ese camino hasta el final, y plantear así que el objetivo debería ser la formación de sujetos autónomos, libres, que tengan el valor de servirse de su propia razón y que, en consecuencia, hagan lo que les plazca con sus cuerpos -aún usar drogas en forma problemática.

La elección es, debería ser, nuestra.

Bibliografía

Arco Tirado y Fernández Castillo (2001). Por qué los programas de prevención no previenen. Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud/ International Journal of Clinical and Health Psychology, 2(2), 209-226.

Barreiro, J. (2010). La guerra (perdida) contra las drogas 1/, http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/05/07/la-guerra-perdida-contra-las-drogas1/.

Botvin, G., & Griffin, K. (2007). School-based programmes to prevent alcohol, tobacco and other drug use. International Review of Psychiatry, 19(6), 607-615.

Byrne, D. G., & Mazanov, J. (2005). Prevention of adolescent smoking: A prospective test of three models of intervention. Journal of Substance Use, 10(6), 363–374.

Chakravarthy, B., Shah, S., & Lotfipour, S. (2013). Adolescent drug abuse – awareness & prevention. Indian Journal of Medical Research, 137, 1021-1023.

Comisión Global de Políticas de Drogas (2011). Guerra a las drogas, http://www.druglawreform.info/images/stories/documents/Global_Commission_Report_Spanish.pdf

Crombag, H., & Robinson, T. (2004). Drugs, environment, brain, and behavior. Current Directions in Psychological Science, 13(3), 107-111.

Fernández Romar, J. (2000). Los fármacos malditos. Montevideo: Nordan.

Escohotado, A. (2006). Aprendiendo de las drogas: usos, abusos, prejuicios y desafíos. Barcelona: Anagrama.

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Fernández, S., Nebot, M., & Jané, M. (2002). Evaluación de la efectividad de los programas escolares de prevención del consumo de tabaco, alcohol y cannabis: ¿Qué nos dicen los meta-análisis? Revista Española de Salud Pública3, 175-187. Disponible en: http://rodas.us.es/file/995dca39-3d35-5326-a14f-5abcd5244b39/2/manual_elaboracion_SCORM.zip/pagina_01.htm

Kant, I. (1784), Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, http://geografiaunal.files.wordpress.com/2013/01/kant_ilustracion.pdf

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Morgan, D., Grant, K., Gage, D., Mach, R., Kaplan, J., Prioleau, O., & Nader, M. (2002). Social dominance in monkeys: dopamine d2 receptors and cocaine self-administration. Nature Neuroscience, 5(2), 169-174.

Pokhrel, P., Sussman, S., Rohrbach, L. A., & Sun, P. (2007). Prospective associations of social self-control with drug use among youth from regular and alternative high schools. Substance Abuse Treatment, Prevention, and Policy, 2(22).

Sánchez Martínez, F. (2009). Evaluación de proceso del programa escolar de prevención del consumo de cannabis en adolescentes de Barcelona en 2006.

Szasz, T. (1992). Nuestro derecho a las drogas. Barcelona: Anagrama.

World Health Organization (1993). Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf


[1]   Arco Tirado y Fernández Castillo (2001), Botvin, G., & Griffin, K. (2007), Fernández, S., Nebot, M., & Jané, M. (2002), Pokhrel, P., Sussman, S., Rohrbach, L. A., & Sun, P. (2007), Chakravarthy, B., Shah, S., & Lotfipour, S. (2013), Byrne, D. G., & Mazanov, J. (2005), entre otras.

[2]   No son, por supuesto, los únicos paradigmas existentes. Fernández Romar (2000: 95-133) enumera y describe otros modelos: médico-sanitario, psico-social, sociocultural, geopolítico, etnobotánico y (especialmente) holográfico.

[3]   Véase, por ejemplo, el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas de junio de 2011, http://www.druglawreform.info/images/stories/documents/Global_Commission_Report_Spanish.pdf

[4]   Quizás el ejemplo pionero, por su difusión mediática, haya sido la película Reefer Madness (Louis J. Gasnier, 1936).

[5]   Como la Constitución uruguaya establece, en su artículo 10º: “Las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.”

[6]   El siguiente ejemplo del Dr. Thomas Szasz es más que elocuente: “Supongamos el siguiente argumento imaginario. Don, un viudo retirado de sesenta y tantos años, vive solo en un barrio residencial. Tiene muchos amigos, goza de buena salud y seguridad económica, y no tiene personas a su cargo. Su hobby es la jardinería en un invernadero anexo a su casa. Siendo un genio en el cultivo, su hogar rebosa de plantas exóticas y flores frescas, y sus tomates son legendarios. Imaginemos además que Don, una persona audaz y emprendedora, adquiere algunas semillas de marihuana, coca y adormidera, las siembra en su invernadero, alimenta los brotes hasta conseguir plantas maduras, las cosecha y produce algo de marihuana, hojas de coca y opio en bruto. Muy dado a la privacidad, Don ni siquiera tolera una asistenta para la limpieza en su casa, aunque bien podría permitírsela económicamente. Por tanto, no hay modo de que nadie, legalmente, tenga conocimiento de su pequeña granja narcótica. Finalmente, supongamos que cierta tarde de sábado, estando solo en su casa, Don fuma un poco de marihuana, o masca algunas hojas de coca o mezcla algo de opio en polvo en su té de medianoche. ¿Qué ha hecho Don y cómo contemplan la legislación criminal y la legislación sobre salud mental su conducta? Poseer tierra y edificios es un derecho de propiedad básico. La privacidad, especialmente desde Griswold v. Connecticut y Roe v. Wade, es también un derecho básico. Así, Don ha ejercido simplemente algunos de sus derechos de propiedad y privacidad: su derecho a su tierra, a su casa y a los frutos de su trabajo en su propia casa. No ha despojado a nadie de su vida, su libertad o su propiedad. Aunque tiene en contra la sabiduría convencional y la desinformación médica, Don tampoco se ha dañado a sí mismo. Sin embargo, la ley penal americana le considera ahora culpable de posesión criminal y uso de substancias controladas e ilegales, mientras la legislación americana sobre salud mental le considera un paciente psiquiátrico que padece dependencia química, abuso de substancias, desórdenes de personalidad y otras aberraciones psicopatológicas aún no descubiertas. Más aún, estigmatiza a Don como persona mentalmente enferma, criminaliza su conducta como la de un maligno violador de la ley, le despoja de su casa, le impone una multa astronómica y le encarcela como delincuente peligroso; todo esto se considera ahora perfectamente legal y constitucional. En este punto es posible que el lector se pregunte cómo los juristas y magistrados del Tribunal Supremo reconcilian tales castigos aparentemente excesivos —y por lo mismo «crueles e inusuales»— con la Constitución.” (Szasz, 1992: 41)

[7]   En especial cuando estas acciones represivas (destrucción de cultivos, por ejemplo), financiadas y apoyadas logísticamente por Estados Unidos, se articulan, “hacen máquina”, con otras políticas represivas que tienen como objetivo el combate a grupos guerrilleros o a movimientos campesinos y sindicales.

[8]   Véase el ya citado el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas, p. 4.

[9]   A esto apunta también el señalamiento, muy común, de la hipocresía de la política represiva estadounidense sobre países pobres del tercer mundo, al constatar que si hay producción (oferta) en esos países es en buena medida porque hay una demanda cada vez mayor dentro de los propios Estados Unidos.

       Por otro lado, cabe preguntarnos acerca de las causas de la demanda de drogas y el doble estándar moral del prohibicionismo. Démosle una vez más la palabra al dr. Szasz: “¿Por qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquíes y columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables. Cada año, decenas o miles de personas resultan heridas y muertas a consecuencia de accidentes asociados con el uso de tales artefactos. ¿Por qué no hablamos de «abuso del esquí» o de un «problema con las motosierras»? Porque esperamos que quienes usan dichos equipos se familiarizarán por sí mismos con su uso y evitarán herirse, a sí mismos o a otros. Si se lastiman a sí mismos asumimos que lo hacen accidentalmente, y tratamos de curar sus heridas. Si lastiman a otros por negligencia los castigamos mediante sanciones tanto civiles como penales. En vez de resolver, éstos son, brevemente, medios con los que tratamos de adaptarnos a los problemas que presentan potencialmente los aparatos peligrosos de nuestro entorno. Sin embargo, tras las generaciones que han vivido bajo una tutela médica que nos proporciona protección (aunque ilusoria) contra las drogas peligrosas, no hemos logrado cultivar la confianza en nosotros mismos y la autodisciplina que debemos poseer como adultos competentes rodeados por los frutos de nuestra era fármaco-tecnológica.” (Szasz, 1992: 26).

[10] Jorge Barreiro, “La guerra (perdida) contra las drogas/1”, http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/05/07/la-guerra-perdida-contra-las-drogas1/.

[11] WHO, Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf

[12] Véase, por ejemplo, Crombag y Robinson (2004), y la sugestiva investigación de Morgan et al (2002). Ésta descubrió cómo la tendencia a la adicción a la cocaína variaba en función de la posición jerárquica de los macacos que fueron objeto de estudio (posición dominante o subordinada). Los monos dominantes tenían muchas menores probabilidades de desarrollar adicción.

[13] Antonio Escohotado, en el programa televisivo Carta Blanca de RTVE, 12/10/2006. http://www.rtve.es/alacarta/videos/carta-blanca/carta-blanca-antonio-escohotado/847649/

         Un buen ejemplo de una campaña preventiva enfocada en el uso responsable (en este caso, del alcohol) es la que llevó adelante durante el verano pasado la Junta Nacional de Drogas. Véase http://www.antel.com.uy/jnd/inicio/ y http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/campana-consumo-alcohol-jnd