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Reflexiones sobre la marcha: la emergencia de un ecologismo uruguayo

Hace ya un mes de la cuarta Marcha Nacional en Defensa del Agua, la Tierra y la Vida, que volvió a concentrar a miles de personas a lo largo de la avenida 18 de julio de Montevideo, el pasado viernes 10 de mayo, reclamando el cese de la extranjerización de la tierra y demás recursos naturales, de la política que impulsa el megaextractivismo minero y la forestación masiva para producción de celulosa (y los puertos de La Paloma y El Palenque, derivados de estas actividades), y del uso de agrotóxicos en los monocultivos sojeros con sus nefastas consecuencias ambientales en la tierra y el agua (además de varias otras cosas que pueden apreciarse en esta proclama). Y una vez más se hizo patente la diversidad de actores sociales que la impulsaron, actores que de alguna forma se las han venido arreglando para trabajar en conjunto -y, a la prueba está, con resultados más que satisfactorios.

Yo no tengo recuerdo, ni personal ni ajeno, de cosa similar en la historia de este país: anarquistas y marxistas marchando lado a lado con terratenientes tradicionalistas, hippies, veganos e indigenistas coreando consignas junto a empresarios ganaderos y turísticos, gremialistas universitarios fumando marihuana codo a codo con abuelos llevando en una mano a sus nietitos y en la otra carteles con mensajes similares a los de los jóvenes porreros. Y todos los matices imaginables que quepan dentro de ese espectro, en una manifestación popular genuinamente representativa de la sociedad uruguaya en su heterogénea composición social.

Esto se puede describir de muchas maneras, pero elegiré una: extraño. Pues el hecho de que grupos tan política, cultural y socialmente heterogéneos puedan sentirse y actúen unidos por un objetivo común político es, fundamentalmente, algo extraño. Pero, ¿qué es lo extraño sino la emergencia de una situación que desafía nuestros esquemas mentales establecidos, impidiéndonos encajarlo en ellos y obligándonos a cuestionarlos?

Entonces, ¿qué es esto? ¿Frente a qué nos encontramos? ¿Qué es lo que está emergiendo ante nuestros ojos? En mi opinión, se trata ni más menos que del surgimiento, lento, contradictorio, pero firme, de una conciencia, una cultura y una práctica política y social ecológica vernácula. No encuentro forma más ajustada de calificar este movimiento que de ecologista. No nos dejemos confundir por el sentido vulgar (para la instalación del cual en el imaginario social los poderes hegemónicos han desempeñado un rol nada inocente) que considera ecologismo sinónimo de ambientalismo. Éste es apenas una de las subespecies de aquél, la que pone el énfasis en la conservación de los recursos naturales y el combate a la polución, por lo general como fin en sí mismo (por ejemplo, Greenpeace, o WWF).

El ecologismo parte de la ecología, disciplina a la que podemos pensar como una interciencia (como la llamaba Gregory Bateson), es decir, como un cuerpo de conocimientos que sirve de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: es aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Ecología y pensamiento holístico, por lo tanto, van de la mano, y es justamente la recuperación de este tipo de concepciones lo que se trasluce en las luchas contra el modelo industrialista del capitalismo global contemporáneo (que no otra cosa son, en última instancia, luchas como las de este movimiento). Este capitalismo ha adoptado una forma de explotación cada vez más agresiva de los recursos naturales, ante el agotamiento de las reservas más fáciles de explotar y la necesidad de continuar creciendo y creciendo por cualquier medio -puesto que está en la lógica de funcionamiento del capital el expandirse o desaparecer y que, por lo tanto, no puede haber capitalismo sin crecimiento económico. 1

Como señala Fritjof Capra, para que esta forma depredadora de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él2.

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con una de sus más trascendentales consecuencias: la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo.

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado esa creencia hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, para decirlo de forma poética, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global3. El ecologismo adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

El ecologismo posee, consecuentemente, una fuerte tendencia anticapitalista. Ahora bien, simplificando, hay al menos dos formas de ser anticapitalista: apuntando a conservar una estructura socioeconómica jerarquizada y desigual de rasgos pre-capitalistas o empujando hacia una nueva estructura que establezca relaciones de producción más igualitarias. Y, para volver a nuestra realidad cotidiana después de este necesario desvío teórico, quizás así echamos algo de luz sobre esa curiosa estampa de los estancieros a caballo y vestidos de gauchos marchando junto a anarcos encapuchados y uniformados de riguroso negro.

Por supuesto, no todos los participantes y simpatizantes del movimiento nucleado en torno a la marcha y sus luchas se sentirán cómodos con la calificación de ecologistas (y menos con la de anticapitalistas). Pero eso no interesa demasiado, porque no es tan importante la etiqueta como el contenido. A fin de cuentas, las palabras son intentos (muchas veces insuficientes) de poner orden y sentido en el caos de la realidad para poder comprenderla, y creo que pensarlo a través de los conceptos de la ecología (como ciencia y como práctica política) resulta más que fructífero a la hora de disipar ese incómodo sentimiento de extrañeza que puede generar la observación y el análisis de este movimiento.

Pero, ¿qué hay de la “táctica” empleada? Una pregunta legítima que se puede formular respecto a una acción como esta marcha es acerca de su utilidad. “Todo muy lindo y muy noble” escuchamos de vez en cuando, “pero ¿estas marchas sirven para algo?” ¿O son simplemente parte de una nueva especie de cultura política de masas marchantes, más expresiva que propositiva, que se queda en un simple acto que sirve más que nada para tranquilizar las conciencias de los marchantes haciéndoles sentir que hicieron “algo”?

Yo creo que estas marchas en particular sí sirven. En primer lugar, son una manifestación de fuerza y consciencia. En segundo lugar, permiten poner la cuestión en conocimiento de mucha gente de la ciudad que no tiene la más pálida idea de los problemas a raíz los cuales se está actuando, ya sea repartiendo información o conversando, o, en mucha menor medida, saliendo en los medios de comunicación, que sólo pueden ignorarlo quedando en cínica y obscena evidencia4. Por más que dichos medios intenten minimizarlo o distorsionarlo con evidente tendenciosidad, se genera un acontecimiento que hace preguntarse a la gente de la ciudad “¿quiénes son estas personas y qué están diciendo?”, lo cual puede disparar la duda y de nuevo la voluntad de informarse. Lo cual ya es mucho.

Justo aquí tenemos que una de las consignas de este movimiento ecologista es unir al campo y la costa con la ciudad. Muy acertada consigna, que sintetiza un mosaico geográfico, económico y cultural del país que no se puede obviar si se quiere comprender lo que está pasando, y que desnuda uno de los elementos clave de esta lucha, lo que bien podemos denominar el “problema de la ciudad”. En nuestro macrocefálico caso autóctono este problema adquiere una especial relevancia ya que, como siempre ha sido desde el principio de nuestros tiempos, se trata, además, de “la” ciudad: Montevideo.

El “problema de la ciudad” se encuentra íntimamente ligado con el advenimiento de la revolución industrial, como señalaba más arriba: a partir de ese momento se comienza a producir un divorcio geográfico y en última instancia cultural entre las etapas de la producción, quedando la extracción de materias primas en el ámbito rural, y la manufactura y el comercio en el ámbito urbano. Ésto se complementa, naturalmente, con un gigantesco éxodo de personas del campo a la ciudad, el cual rompió los vínculos tradicionales que desde hacía miles de años la mayor parte de los trabajadores tenía con el ambiente, generando en las masas urbanas una auténtica desconexión ecológica, que algunos autores ilustran en un sentido metafórico sugiriendo que nuestra especie se volvió autista:

 “Como niños autistas, quienes no parecen escuchar, o ver, o sentir la presencia de sus madres, nos hemos vuelto ciegos a la presencia psíquica del planeta viviente y sordos a sus voces e historias, que nutrieron a nuestros ancestros en las sociedades pre-industriales”.5

El corolario de esta verdadera alienación (como prefiero llamar a este fenómeno para hacer honor a tradiciones filosóficas de aspecto menos místico), es la usual ignorancia de la gente de la ciudad respecto a cómo se producen las diferentes cosas, o cómo se relacionan fenómenos en apariencia inconexos, ignorancia en buena medida relacionada con la hiper-especialización de las labores propia del industrialismo. He conocido personas que de alguna asombrosa manera habían llegado a creer que las arvejas ya vienen enlatadas y la leche en bolsas de plástico desde un principio. En contraposición, la gente del campo suele tener una conciencia acerca del mundo verdaderamente ecológica, sistémica, aunque más no sea intuitiva y rudimentaria, íntimamente relacionada con la forma de vida y el trabajo propios del medio rural: nunca será suficiente el énfasis que se pueda poner en señalar la diferencia entre, por ejemplo, comer algo que uno mismo cultivó o crió, y por tanto apreció en todas las etapas de su vida y en relación con su medio hasta su fusión con el propio organismo, y comer algo que tomamos de una góndola de supermercado y lo intercambiamos por dinero. Como bien señalaba Marx, en ese movimiento queda oculto el trabajo y se fetichiza la mercancía; nosotros deberíamos agregar que también quedan ocultas las redes sistémicas y ambientales que hicieron posible la existencia de esa mercancía.6

Por estos motivos, el acercamiento cultural entre ambos mundos es necesario y positivo -y la consigna de juntar al campo y la ciudad un punto fuerte del discurso ecologista. Llegar a la población de Montevideo, exponer sus argumentos y ser comprendido es una de las tareas más difíciles (y cruciales) que tiene por delante este movimiento, el primero en largas décadas que tiene su origen en el interior, y sin dudas el más contestatario que de allí ha provenido en los últimos doscientos años.7

La heterogeneidad social del movimiento, en fin, entraña riesgos, pero es, con toda probabilidad, una de sus mayores fortalezas. Naturalmente, es mucho más fácil unir a colectivos diversos en contra de algo que ponerlos de acuerdo en propuestas comunes, es decir, es mucho más fácil establecer contra qué luchar que por qué cosa luchar.

Sin dudas, arribar a propuestas comunes y consensuadas es el mayor desafío, y quizás sea un límite para un movimiento de tal heterogeneidad. La profundidad de la crisis ecológica aún no es lo suficientemente evidente a nivel social para generar (si nos ponemos optimistas) movimientos políticos más amplios, activos y conscientes que impongan la discusión a nivel gubernamental y ciudadano, y que revelen la imperiosa necesidad de cambiar el rumbo de nuestra civilización, ya que estamos todos a bordo de la misma nave.

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1  Tener una clara conciencia de esto es crucial para desbaratar argumentos falaces como el que pretende señalar (por ejemplo) una contradicción e incluso una supuesta hipocresía en el hecho de oponerse a la minería de hierro a cielo abierto mientras que todos usamos productos de hierro: tal explotación del hierro se hace para mantener en crecimiento a un sistema condenado al colapso (no se puede crecer infinitamente en un planeta de recursos finitos), es decir, para satisfacer un nivel de consumo innecesario y en última instancia suicida (para los humanos), desde un punto de vista ecológico. El propio presidente José Mujica dejó en evidencia el quid de la cuestión diciendo que todos “desean fervorosamente progresar, mejor salario, más consumo, más autos, motos, artefactos, cambiar los celulares. Pero aparece gente que no quiere que se explote el hierro…”, cuando el problema no debería encararse por lo que, supuestamente, (¿todos?) deseamos, sino por lo que necesitamos (y lo que no), y lo que el planeta es capaz de soportar antes de eliminarnos de su faz. Esto implica poner en cuestión el sacramento capitalista del consumo, al preguntarnos ¿realmente necesitamos más autos?

2  “El “espíritu de Bacon” cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía “para la gloria de Dios”, o, como dijeron los Chinos, para “seguir el orden natural” y “fluir en la corriente del Tao”. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos. Los términos con los que Bacon promovió su nuevo método empírico de investigación no eran sólo apasionados sino con frecuencia abiertamente malignos. La naturaleza, desde su punto de vista, debía ser “cazada en sus andanzas”, “encadenada a servir” y hecha una “esclava”, debía ser “puesta en cadenas”, y el propósito del científico era “extraerle los secretos de la naturaleza torturándola”. Muchas de estas imágenes violentas parecen haberse inspirado en los juicios de brujas que eran frecuentes en tiempos de Bacon. Como fiscal general del Rey Jacobo I, Bacon estaba íntimamente familiarizado con tales procesos, y ya que la naturaleza se veía como femenina, no es sorprendente que trasladara las metáforas usadas en la Corte, a sus escritos científicos. Por cierto, su visión de la naturaleza como femenina cuyos secretos debían extraerse por tortura con la ayuda de instrumentos mecánicos sugiere con fuerza el uso extendido de la tortura de mujeres en los juicios de brujas en los comienzos del siglo diecisiete. El trabajo de Bacon representa por tanto un ejemplo sobresaliente de la influencia de las actitudes patriarcales en el pensamiento científico. El concepto antiguo de la tierra como madre nutriente se transformó radicalmente en los escritos de Bacon, y desapareció completamente a medida que procedía la Revolución Científica a reemplazar la visión orgánica de la naturaleza con la metáfora del mundo como una máquina. Este cambio, que iba a llegar a ser de una importancia arrolladora en el futuro desarrollo de la civilización occidental, iba a iniciarse y a completarse por dos figuras predominantes del siglo diecisiete: Descartes y Newton.”

http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

3   Apenas un ejemplo: alerta de la ONU por el bajo nivel mundial de reservas de alimentos.

4 Como el caso extremo del diario La República respecto de la marcha anterior, de octubre de 2012, donde no apareció ni una línea de cobertura de lo que fue uno de los eventos políticos más masivos del año.

5 Ralph Metzner, “The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness”, http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

6  Lejos está mi intención de idealizar a la “cultura rural”, por llamarla de algún modo: el campo ha tenido desde siempre sus propias ignorancias y estructuras opresivas fuertemente tradicionalistas, casi siempre más intensas y brutales que las urbanas. Lo que me interesa, aquí y ahora, es sólo lo relativo a los aspectos ecológicos.

7  A propósito, repliquemos una de las críticas más habituales que se le realiza a este movimiento, en especial por izquierda: aquella que ve aquí tan sólo una gran manipulación de los estancieros para poder seguir explotando a la mano de obra rural en condiciones lamentables, y que ve en la megaminería la posibilidad de que esa misma mano de obra pase al sector industrial y, sindicalización e industrialismo mediante, tenga acceso a mejores condiciones laborales y de vida. Nada nuevo bajo el sol: la izquierda más tradicionalista promoviendo la industrialización (y su correlato tácito, la proletarización) como el remedio para todos los males de una sociedad de fuerte componente rural; pecado original de esta izquierda, desde que Marx se despachó con sus opiniones sobre la dominación británica de la India allá en el siglo XIX. Sin embargo, la historia ha dado más de un ejemplo de profundos cambios iniciados desde las élites o sectores bien posicionados de una determinada sociedad, que fueron desbordados y llevados a puertos impensados por sectores subordinados y en principio menos poderosos, que comenzaron siendo sus aliados. Si el ejemplo de manual de la Revolución francesa no le gusta a los izquierdistas autóctonos, pues ahí tienen a la Revolución artiguista.

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Categorías:Capitalismo, Ecología

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