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¿Quinientos años de qué?

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“En la América la nuestra/ de azúcar, cobre y café,/ no hay motivos para fiesta/ ¿quinientos años de qué?”

Larbanois-Carrero, 1992

No es ninguna novedad que en los últimos tiempos (desde la última década del siglo XX, para poner una marca temporal más o menos arbitraria), se ha desarrollado en los pueblos de Iberoamérica una conciencia “popular” fuerte y bastante consensuada acerca del significado histórico del descubrimiento, la conquista, colonización y explotación de América por parte de los europeos. Tal desarrollo está en estrecha correlación con el impulso, lento pero imparable, que cobró el indigenismo en América Latina en estos mismos tiempos. Y así, se ha estructurado a nivel de dicha conciencia, un discurso fácilmente reconocible.

¿Qué dice ese discurso? Básicamente, gira en torno a las ideas de que lo emprendido por los conquistadores fue un genocidio (“el mayor genocidio de la historia”) y un colosal saqueo de metales preciosos y de fuerza de trabajo, y plantea, implícitamente, un enfrentamiento entre dos bandos, a saber, “los europeos” versus “los indígenas”, en el cual quedan claramente identificados los primeros como “los malos” y los segundos como “los pobres buenos inocentes”.

El problema es que esta visión peca de una importante simplificación y, en ella, se pierde la complejidad de lo sucedido en estas tierras en los albores del mundo moderno. Analicemos entonces, parte por parte, este discurso para poder formarnos una visión más aproximada a la verdad histórica.

Tomemos en primer lugar la pretensión de que lo perpetrado por los españoles en América fue un genocidio. A mi modo de ver esto sólo se puede sostener por medio de una identificación (bastante común y popular, pero básicamente errónea) entre “gran masacre” y “genocidio”. Sucede que esos conceptos no son sinónimos: si bien es cierto que todo genocidio implica matanzas, no cualquier matanza es genocidio. Un rápido repaso a las definiciones de genocidio, nos muestra que ésta práctica suele ser inseparable, entre otras cosas, de la limpieza étnica. Pero además hay otro aspecto insoslayable. Veamos la definición de la Real Academia Española: es el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Lo central de este concepto radica tanto en la parte de “exterminio”, como, especialmente, en la parte de “sistemática”: para que hablemos de genocidio no alcanza con que existan matanzas orientadas hacia el exterminio por motivos étnicos, religiosos, etc., sino que además deben ser sistemáticas, esto es, organizadas, calculadas, y ejecutadas con arreglo a un plan estratégico. La misma observación se puede realizar respecto a otras y diversas definiciones de genocidio.

Ahora bien, ¿fue esto lo que sucedió durante la conquista de América? Por supuesto, negar la magnitud de las muertes ocasionadas a raíz de la llegada de los europeos al continente sería absurdo. En efecto, la mortandad de los indígenas se elevó a porcentajes astronómicos: en algunos lugares, probablemente las poblaciones hayan sido diezmadas en más de un 90%. Pero, ¿cuál fue la principal causa de estas muertes? Hoy sabemos muy bien que  fueron las enfermedades traídas por los europeos en sus organismos, quienes contagiaron a los indígenas, completamente desprotegidos frente a ellas, por carecer de anticuerpos que las combatieran. El profesor Jared Diamond ha escrito un libro y filmado un documental, llamados Armas, gérmenes y acero (Guns, germs and steel) donde explica con lujo de detalles cómo y por qué sucedió esto. Aquí la primera parte del segundo capítulo del documental, que se ocupa precisamente de la conquista de América (en YouTube también está el resto de las partes):

Estas enfermedades infecciosas (la viruela fue la más común) se expandieron a una velocidad pasmosa por el continente, aniquilando poblaciones enteras incluso muchos años antes de que los europeos tuvieran noticias de ellas o encontraran a los supervivientes  (y, con toda probabilidad, facilitando o generando las condiciones necesarias para la conquista) (1).

Hoy estamos lamentablemente familiarizados con el concepto de guerra biológica, para la cual se utilizan armas especiales. A su manera, los conquistadores fueron pioneros del uso de los factores biológicos como arma, pero de una forma absolutamente involuntaria, es decir, no sistemática (como pioneros sistemáticos, el premio probablemente se lo lleven los mongoles). Y esto es necesario subrayarlo cuántas veces sea necesario: si bien los europeos mataron a muchos indígenas en enfrentamientos armados, o explotándolos con brutalidad, la inmensa mayoría de las muertes indígenas se produjeron sin intervención de su voluntad.

Por otro lado, queda en pie la cuestión de si los europeos pretendían realizar una limpieza étnica o un exterminio. A mi modo de ver, esto no fue así. Los europeos tenían móviles económicos, políticos y religiosos para conquistar América. Causaron la muerte de muchos a través de su explotación económica, pero, a diferencia de lo característico en las prácticas genocidas que utilizan el trabajo de poblaciones sometidas, su objetivo no era la muerte de los explotados, sino la obtención de riquezas. A la explotación los movía lo económico, y no lo político-ideológico. Pero, además, podemos ver cuán alejada de algo remotamente similar a una limpieza étnica estaba la intención de los españoles, cuando examinamos los fundamentos religiosos de la conquista. A los españoles les interesaba evangelizar a los indígenas, no exterminarlos. Les interesaba incorporarlos a su propio mundo católico, que fueran súbditos de los reyes y del Papa: integrarlos (subordinadamente, sí, pero integrarlos al fin) en una nueva sociedad como la que surgió en Hispanoamérica, donde los indígenas tuvieron un lugar definido y derechos (bastantes más, incluso, que los que tuvieron luego de las independencias de estas regiones). Esto constituye, por otro lado, una diferencia abismal respecto a la relación entre religión e indígenas que se puede apreciar en la colonización de Norteamérica. Sin dudas que la política española revistió un grado de violencia física y sobre todo simbólica enorme, pero no tiene nada que ver con una práctica genocida.

También podemos pensar este punto recurriendo a comparaciones históricas. Tomemos aquellos genocidios más universalmente reconocidos como tales, y veremos cómo ni los turcos pretendían integrar en su sociedad a los armenios, ni los nazis a los judíos, ni Stalin a los ucranianos, ni Pol Pot a sus (supuestos) opositores políticos; lo que querían era el exterminio de aquellos grupos humanos declarados como enemigos -y para cumplir sus objetivos realizaron planes minuciosos. ¿Reconocerles derechos? ¡Qué esperanza! Al contrario, se los despojaba de cualquier derecho, se los ponía por fuera de la condición de humanos.

Nada de todo esto (ni negación de todos los derechos, ni intenciones de exterminio, ni planificación para ello) encontramos en el caso de la conquista española de América.

Entonces, ¿a qué se debe el arraigo de la visión de la la Conquista como un genocidio? Dejando de lado su función de sostén de las narrativas políticas e identitarias de la izquierda indigenista latinoamericana  (con la cual simpatizo en sus reclamos presentes pero me rechina en sus interpretaciones de la historia), creo que en el centro de la cuestión hay problema discursivo. Lo que se pretende, básicamente, es aplicar una categoría con un gigantesco y muy concreto peso simbólico actual a un hecho X para dar cuenta del horror que provoca este hecho X. O, para decirlo de manera más sencilla, el horror y la indignación que provoca  la magnitud de las muertes y sufrimiento de los pueblos originarios a causa de la Conquista, puede llevar a calificar a tal hecho con una de las palabras más fuertes y cargadas de dramatismo de nuestro léxico político usadas para referirnos a algunas situaciones especiales de grandes matanzas: genocidio.

En cuanto a la cuestión del saqueo, no tengo mayores objeciones que realizarle. Sí, fue un saqueo gigantesco, y que conllevó una cantidad igualmente gigantesca de sufrimiento humano. Tampoco hay dudas ya de que dicho saqueo fue la principal causa necesaria del despegue económico y político de Europa; sin el capital acumulado por siglos de comercio colonial, la revolución industrial inglesa habría sido imposible. Pero esto lo explicó mucho mejor Karl Marx en su maravilloso capítulo 24 de El Capital, así que vayan y léanlo a él.

Analicemos ahora el por qué de lo erróneo de la visión “europeos” vs “indígenas”. Si tomamos el caso de la conquista española, veremos que ninguno de estos pretendidos dos bandos era homogéneo y, al menos uno, el de “los indígenas”, era tan heterogéneo que su formulación conceptual como un grupo enfrentado a los conquistadores es insostenible. Ya vimos que uno de los dos principales factores que explica la victoria de los españoles son las enfermedades. El otro factor fue su habilidad política para manejarse en la complicada interna de los grandes imperios azteca e inca. En ambos casos, los españoles aprovecharon situaciones de inestabilidad política dentro de los imperios indígenas a su favor. Hernán Cortés, astuto como pocos, percibió rápidamente la estructura de dominación azteca y sus problemas y se dio cuenta de cómo utilizarla a su favor. En efecto, los aztecas eran tan sólo uno de los muchos pueblos que habitaban las tierras del México central, que gracias a su habilidad guerrera habían logrado imponerse por sobre los demás pueblos de la región, a los que sometían a pesadísimas cargas tributarias (en hombres y en recursos económicos). Naturalmente, el descontento campeaba entre las poblaciones sometidas, y la aparición en escena de los europeos fue vista por ellos como una oportunidad para sacudirse el yugo azteca. Y así, por medio de una alianza entre los pueblos sometidos (principalmente los tlaxcaltecas), que suministraron el grueso de las tropas, y los españoles de Cortés, los aztecas fueron derrotados (y los tlaxcaltecas recompensados con privilegios y cargos de poder en la nueva administración colonial, durante muchos años).

Años después, Francisco Pizarro y Diego de Almagro harían gala de un mismo sentido de la astucia política, al utilizar en su favor la situación derivada de la guerra civil en la que se hallaba inmerso el imperio inca al momento del contacto con los españoles. Pizarro apoyó a uno de los pretendientes al trono (Huáscar), y sus partidarios, naturalmente, formaron las huestes de Pizarro, que derrotaron al otro pretendiente (Atahualpa). Y, poco después, Pizarro y Almagro, conquistadores victoriosos, desataron una guerra civil propia, por el botín de la conquista y por quién se quedaría a cargo de los antiguos territorios incas. Sólo una oportuna intervención del rey de España logró evitar la temprana secesión del Perú.

Se podrían poner más ejemplos, relativos a la conquista y colonización de Norteamérica, donde franceses e ingleses solían aliarse con tribus indias de la región para enfrentarse entre sí. Pero creo que mi punto ha sido suficientemente ilustrado, y nos conduce a la siguiente pregunta: ¿podemos seguir sosteniendo la idea de que el enfrentamiento de la conquista fue entre “europeos” por un lado e “indígenas” por otro? ¿No será más ajustado a la verdad histórica decir que los enfrentamientos se dieron entre “algunos europeos e indígenas” contra “otros europeos e indígenas”?

De la misma manera, ver las cosas en esta perspectiva complejiza mucho más, al punto de volverla un absurdo, la visión maniquea que interpreta esta historia como un enfrentamiento entre los malos europeos y los buenos indígenas. Visión maniquea fuertemente arraigada en la cultura popular latinoamericana, ejemplificada de manera paradigmática en la emocionante y bellísima canción “Maldición de Malinche” (la cual, de todos modos, habla más de la época en que fue compuesta que de la época de la conquista y, a pesar de sus distorsiones históricas, aún dice muchas verdades).

En suma: sí, la conquista de América fue una gigantesca tragedia, y no tengo muchos reparos en afirmar que fue la peor de la historia (en parte porque además fue la causa directa de la otra gran tragedia de la historia: la trata atlántica de esclavos africanos). Pero fue una tragedia que se debió, en un comienzo, mucho más al azar que a la voluntad de los actores involucrados -como tantas otras. Hoy conmemoramos quinientos veinte años del inicio de esa tragedia espantosa, pero no debemos olvidar que fue un episodio mucho más complejo de lo que se puede sintetizar en un slogan de lucha bienintencionado pero muy cuestionable en su verdad histórica.

No, en la América la nuestra de azúcar, cobre y café, no hay motivos para fiesta. Pero hay sí muchos motivos para reflexionar y sacar lo mejor de la peor de las tragedias.

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(1) Es muy interesante trazar una comparación entre el fallido intento de colonización vikinga de algunas tierras de Norteamérica, en el siglo XI, y la exitosa colonización europea que comenzó en el siglo XVI. Los vikingos, que en aquel entonces eran los guerreros más temidos y feroces de Europa, fueron derrotados sin muchas dificultades por los nativos “americanos”, y de modo tal que nunca más los nórdicos se atrevieron a volver. ¿Qué habría pasado si la viruela no hubiera exterminado a la casi totalidad de la población indígena de la costa este de Norteamérica, y así debilitado hasta el extremo su poderío, unas décadas antes de que llegaran los primeros colonos ingleses? Por más información, véase este artículo de Cracked (en inglés).

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Categorías:DDHH, Historia