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Cómo preparar rana hervida: sobre el proyecto de prohibición del consumo de alcohol en la vía pública

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“Primero se llevaron a los fumadores, pero a nadie le importó. Ahora vienen por los que toman alcohol en la calle… nos debería importar”

…es lo primero que pienso al leer la noticia de que el gobierno pretende prohibir el consumo de alcohol en la vía pública. El viejo Bertolt Brecht sabrá perdonarme la paráfrasis, y estoy seguro que la comprendería, salvando las abismales distancias entre el contexto en que él formuló su denuncia y el actual que me lleva a mi atrevida adaptación: después de todo, el razonamiento que le sirve de sustrato es básicamente el mismo, al apuntar que ataques y recortes medidos, delimitados, relativamente “pequeños” y sobre todo progresivos a libertades y derechos de una sociedad o parte de ella, conducen al control y al fin de la libertad y los derechos de toda la sociedad, al tiempo que señala dramáticamente cómo eso sólo es posible por la indiferencia de una mayoría que no se autopercibe como afectada por esos ataques (algo que Noam Chomsky ha desarrollado con meridiano acierto).

Aparentemente, el gobierno busca atacar la adicción al alcohol y su consumo abusivo, de alta prevalencia en nuestra sociedad, y de consecuencias evidentemente negativas y dolorosas. Sin embargo, siempre es una sana costumbre desconfiar, y cuando se trata del Estado tal costumbre se eleva al rango de imperativo ético y categórico. Y así, leyendo entrelíneas, se ven dos puntas de la propuesta francamente preocupantes.

Por un lado, resulta evidente que de ver la luz, esta normativa pondrá en funcionamiento una nueva maquinaria recaudadora, desde que el castigo por beber alcohol en la vía pública será a través de multas (y suponiendo que un porcentaje irá para el funcionario que multe, tenemos asegurado el celo persecutorio), hasta por la eventual venta de licencias y autorizaciones especiales para la venta de alcohol. Es verdad que habría que financiar a las noveles “brigadas antivicio”, pero esto sólo nos revela un nuevo punto: ¿debería ser la persecución de las personas que toman alcohol en la calle un destino de las preocupaciones gubernamentales en materia de seguridad pública? ¿No hay cuestiones de seguridad pública más urgentes a las cuales prestarles atención e invertir en ellas recursos, tiempo y energía?

Luego de la crisis financiera de 2008 que arrastró a Europa a una crisis económica general en al que aún se encuentra (¿saldrá algún día?), un país de ese continente, en medio del silencio mediático masivo, hizo todo lo contrario a lo que la ortodoxia capitalista recomienda en estos casos: dejó quebrar a los bancos, juzgó y encarceló a los banqueros y, fuertes movilizaciones ciudadanas mediante, los políticos sufrieron el escarnio y desprecio general y comenzó la redacción de una nueva Constitución. Me refiero, claro está, a Islandia. Entre tantas notas anómalas, una se destacó: fue electo como alcalde de Reikjavik, la capital del país, un popular comediante quien aparentemente se había postulado como una broma. Enfrentado súbitamente a la tarea y la responsabilidad de gobernar, y debido a que estaba obligado a formar alianzas con otros partidos para lograr las mayorías necesarias, lanzó una inesperada (y brillante) condición de alianza: no pactaría con ningún partido cuyos miembros no hubieran visto las 5 temporadas completas de la genial serie de televisión The Wire. Como dice Hernán Casciari:

Es una exigencia tan extraña como sensata, porque para cualquier político del mundo, por lo menos para quienes pretenden gobernar en el mundo occidental, un visionado de The Wire debería ser obligatorio. Una serie que es mucho más que una serie: es un tratado sociológico acerca de la corrupción humana desde las ópticas del tráfico de drogas, las aduanas portuarias, la enseñanza, la Justicia y los medios de comunicación. La vida misma, en cinco entregas.

Lamentablemente, dudo que alguien del gobierno uruguayo haya tenido el buen tino y gusto de sentarse a mirar, disfrutar y reflexionar sobre The Wire. De haberlo hecho, quizás recordarían esta escena de antología:

Por otro lado, tenemos la vieja y falsa oposición entre la libertad y la seguridad. El Estado y sus agentes siempre tratarán de persuadirnos (y lo logran con muchísimas personas) de que seguridad y libertad son términos relacionados por una proporcionalidad inversa, es decir, que si queremos mayor seguridad debemos aceptar un recorte de nuestras libertades y, al contrario, mayores cuotas de libertad implican renuncias a nuestra seguridad. Pero es una oposición falsa, como recién decía, porque siempre debemos preguntarnos, en especial respecto a la seguridad, “¿la seguridad de quién?” A primera e ingenua vista, muchos podrían opinar que en la última dictadura había menos inseguridad (al precio de menos libertades), en buena medida porque no había tantos delitos (lo cual, de todos modos, es mentira)… pero este pensamiento sólo puede resultar de un recorte brutal y falaz de la realidad. ¿Qué delitos se cometían menos? ¿Quiénes se sentían más seguros? Pero insisto, esta oposición no sólo es falsa, también es viejísima, y contra ella ya nos previno Benjamin Franklin al lanzar su máxima: “quien sacrifica su libertad a cambio de seguridad, no merece ninguna de las dos”.

Entonces, el gobierno nos pide que renunciemos a una parcela de nuestra libertad (el beber alcohol en la vía pública) a cambio de mayor seguridad (sufrir menos accidentes de tránsito y laborales, menos riñas, menos violencia doméstica, en fin, menos enfermedad y sobre todo menos muerte), a cambio de protección. La novedosa variante que Franklin no previó es que hoy en día el Estado ya no nos ofrece protección sólo contra amenazas externas: ahora, también pretende protegernos de nosotros mismos, y así nos toma por eternos menores de edad, necesitados de la tutela constante, terrible pero amorosa, del padre nuestro Estado. No sólo busca protegernos de la agresión de otras personas bajo los efectos del alcohol, sino de las consecuencias de nuestras propias acciones estando nosotros mismos bajo esos efectos.

Esta pretensión se basa en dos postulados, uno médico-político y otro moral-religioso. El primero, es el que brevemente podemos enmarcar dentro del concepto foucaltiano de la biopolítica. Según Michel Foucault

el ser humano constituye una materia prima, como la tierra o los recursos naturales, que los agentes con poder se esfuerzan en potenciar para extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un Estado-guardabosques que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera es sustituida por la de un Estado-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el tiempo adecuado; momento éste que varía de una planta a otra: pensemos en la capacidad que tienen las vacunas para proteger a los individuos, el empeño en reducir las muertes por accidentes de tráfico a través de medidas como el carné por puntos, el esfuerzo por aumentar la movilidad de los afectados por una enfermedad grave a través de la inversión de enormes recursos en investigación, etc.[1]

El segundo postulado apunta a la concepción de las personas como niños, que deben ser protegidos por una entidad superior que sabe lo que es bueno (y lo que no) para ellos y, así, les prohíbe o regula determinadas acciones, o el consumo de determinadas sustancias. Se niega así la autonomía y la responsabilidad de las personas, y ello es la llave para quitarles sus libertades. Sólo sosteniendo la existencia de una intrínseca irresponsabilidad de los individuos se puede justificar la opción por la represión -opción que siempre va ligada al miedo. Encontramos aquí una profunda raíz moral cristiana, que de la misma manera niega la posibilidad del placer por el miedo de que en su búsqueda se caiga en “el pecado”. ¿Qué otra cosa, si no, sostenía Jesús cuando recomendaba la amputación de manos y ojos frente al peligro del pecado? Traduciendo esta moral a los tiempos actuales, obtenemos el mismo miedo atroz a la vida:

Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cancer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.[2]

Si usted vive, en fin, morirá. ¿Cómo resolver esta situación aterradora? Frente a la solución extremista de la religión cristiana pura y dura, que nos aconsejaría renunciar lisa y llanamente al sexo, al tabaco, al alcohol, la comida, la rebeldía, la crítica, los actuales sacerdotes laicos y liberales de la moral, las buenas costumbres y la eficiencia biopolítica nos ofrecen una solución atenuada:  “no haga ninguna de esas cosas, excepto en el tiempo y forma en que nosotros se lo indiquemos -por su propia seguridad”. A esto le debemos agregar el desarrollo cada vez más intenso de una “fetichización de la sustancia” que, por supuesto, no se limita al alcohol (de hecho, el fetiche por excelencia de estos neo-predicadores son “las drogas” ilegales):

Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. Porque, se dice, las drogas son adictivas, tendrían el atributo de ser ingobernables, la capacidad de hurtarle al usuario su autonomía, de esclavizarlo en suma.

Este brevísimo y genial chiste debería bastar para desarmar tal absurdo:

Desgraciadamente, en un mundo donde los objetos (y los animales) son tratados como personas y las personas como objetos, la mía es una esperanza demasiado optimista.

Sin embargo, la impugnación de estas pretensiones estatales es muy clara, y debería ser igual de firme: ¿qué derecho, qué legitimidad tiene el Estado (o quien sea) a meterse en nuestras vidas privadas, a decirnos (en este caso) qué consumir y que no? Si nos apegamos al propio orden jurídico, tenemos que remitirnos a la Constitución de la República, la cual, en su artículo 10º dice que “las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.” Esto me lleva a suponer, desde ya, que la constitucionalidad de la actual propuesta del gobierno es más bien dudosa. No es que tampoco yo espere demasiado respeto por la Constitución de parte del gobierno, sobre todo cuando este artículo ya es directamente pisoteado por el proyecto de ley de internación compulsiva por consumo de drogas, el cual, en rigor, es hasta ahora la punta de lanza del autoritarismo estatal sanitario-policíaco del actual gobierno.

El viejo blogger Benito lo dejó muy en claro hace ya varios años, en el mejor alegato escrito hasta ahora contra las políticas represivas en materia sanitaria de los últimos gobiernos:

La Policía de la Salud, que hoy en día gobierna Uruguay (y casi todo el mundo) decidió que como hay gente que se emborracha -una decisión que los borrachos hacen cuando están sobrios y conscientes- y actúa violentamente, hay que prohibir la venta de alcohol en espectáculos deportivos y culturales masivos. Una decisión muy próxima a la infausta Ley Seca y que atropella una buena cantidad de libertades individuales, pero que se hace en aras del bien público, porque es más fácil prohibir (prevenir) que hacer responsables luego a los enfermos mentales de sus actos de violencia consciente.

Yo creo que si uno tiene la curiosa idea de romperle una botella en la cabeza a otra persona estando borracho, esa no es una decisión que el alcohol tome por uno, sino que uno -que ya de partida es una bestia inmunda si considera algo posible el romperle la cabeza a un desconocido- la tomó en el momento en que decidió anular químicamente sus reflejos represivos en una situación social. En las décadas que llevo bebiendo jamás se me ocurrió hacer algo así, pero sí me di cuenta que era muy peligroso que yo manejara luego de beber, por lo que dejé de manejar. De eso debería tratarse en el mundo adulto, de decisiones responsables. Ah, pero hacer responsable a la gente cuesta relegar poderes, cuesta policía y cuesta cárcel y cuesta eficiencia, así que el Estado prefiere anular algunos puestos de trabajo (vendedores de cerveza, distribuidores, etcétera) e igualar hacia abajo, colocando a todos los bebedores a la altura de los borrachos más despreciables. Pero la ley, además, prohibe la venta de alcohol en cualquier puesto a 500 metros de un evento deportivo o cultural masivo. Es decir que cualquier bar que esté situado a cinco cuadras de un estadio (piensen en cada estadio que conocen y en su radio de 500 metros y van a localizar mentalmente una buena cantidad de bares, minimarkets y demás expendios de bebidas alcohólicas), tiene que sacrificar de un plumazo buena parte de su recaudación -en muchos casos su mejor día de recaudación- porque a un burócrata con ganas de dirigir la conducta de otras personas no se le ocurrió ninguna otra solución. Y porque es más barato y hay que pensar menos.

Retomando al viejo Brecht, recordemos cómo nuestras libertades son más fáciles de aplastar si se lo hace progresivamente, de menos a más. Creo firmemente que aún estamos a tiempo de saltar fuera de la olla que cada vez se está calentando más y más.

——————————————

1.  Biopolítica, artículo de Wikipedia.
2. “El miedo manda”, Eduardo Galeano.

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Categorías:DDHH
  1. 10/09/2012 en 4:15 PM

    yo creo que es muy interesante lo que escribís, de hecho yo estoy en contra de los puntos de esta eventual iniciativa donde se prohíbe a los consumidores una serie de conductas.

    Pero en general sobre la intervención del Estado en estos aspectos de la vida personal de las personas creo que hay algo que no podemos obviar: No vivimos en una situación neutra, no tenemos (o al menos no tiene la mayoría) solo elementos de juicio objetivos arriba de la mesa, vivimos en un entorno que nos educa, y obliga mediante modas y sanciones sociales a consumir de determinada manera, es el mercado que nos marca la pauta, y eso no es libertad, sino coacción foránea permanente.

    En ese contexto, que exista un estado (que es de alguna manera la herramienta que nos damos para convivir) que intente compensar el bombardeo del mercado y que intente actuar sobre las causas de demanda de cierto tipo de sustancia (hoy, el alcohol) me parece minimamente necesario y justo.

    En lo personal no estoy de acuerdo en actuar sobre la oferta (subir precios, prohibir, etc), quiero que tengamos más elementos de juicio para decidir, menos bombardeo del tipo de: si tomás esto tu ascenso social está garantizado y de esa manera poder decidir mejor como sociedad.

    Hay otros aspectos además que son graves, si una minoría decide no ser responsable con la actividad privada de tomar, agarra el auto y hace los desastres habituales, es lógico que el estado se proponga medidas concretas, primero porque muere gente, segundo porque la cuenta médica de esos accidentes es muy grande y la pagamos todos.

    saludos, raúl.

    • 10/09/2012 en 5:50 PM

      Estamos de acuerdo. En estos asuntos, creo que lo indicado es el control más que la prohibición. Regular sí, reprimir no.

      Saludos.

  2. Héctor Gómez
    10/09/2012 en 4:32 PM

    Este artículo adolece de una carencia muy común en diversas posturas fundamentalistas, pérdida de perspectiva.
    Intenta criticar una acción social desde una óptica individual asumiendo que la sociedad es una simple suma de individuos que comparten un espacio físico.
    Eso está demostrado que no es así, la vida en sociedad tiene propiedades, derechos y obligaciones que son diferentes a lo individual. Hay cosas que al ir aumentando en complejidad se transforman en algo distinto. Por ejemplo uno, dos o tres perros son seres amistosos y fieles a sus dueños, pero veinte perros libres son una jauría que sale a cazar y todos somos potenciales presas, pierden totalmente la relación cordial con el humano.
    Tomar alcohol por la calle puede ser un derecho si lo vemos desde el punto de vista individual, pero como parte de una sociedad donde hay adultos y niños, deja de ser una conducta inofensiva. Que un niño salga de la escuela y tenga que cruzarse, por ejemplo, con varios adultos bebiendo alcohol sentados en la vereda es violencia.
    Eso sin entrar en las alteraciones del comportamiento posibles en gente que se emborracha en la calle y en ese lugar público nos obliga a convivir con escenas desagradables y potencialmente violentas.
    El consumo de alcohol, tabaco y diversas drogas no son prohibidos ni deseables, vulnera los derechos de todos obligarnos a convivir en lugares públicos con humo, personas alcoholizadas o drogadas.
    No estigmaticemos a esos consumidores pero respetemos los lugares públicos que son de todos.

    • 10/09/2012 en 5:44 PM

      Por fortuna, en este caso, los humanos no somos iguales a los perros. No creo que necesite extenderme en las diferencias pertinentes al caso, que son las posibilidades de posponer y reprimir nuestros impulsos. En ese sentido, la analogía que usás para tratar de fundamentar tu postura es inválida.

      Tampoco fundamentás tu expresión “Que un niño salga de la escuela y tenga que cruzarse, por ejemplo, con varios adultos bebiendo alcohol sentados en la vereda es violencia.” Para mí allí de violencia no hay nada (o si nos ponemos muy exquisitos y lo llevamos al otro exremo, violencia es todo y violencia hay en todos lados).

      Entiendo que el humo del tabaco causa un perjuicio objetivo a los no fumadores, pero tal efecto negativo se encuentra ausente en el caso de las demás drogas, por lo tanto, en este caso, no es procedente meterlos en la misma bolsa (si alguien fuma al lado mío, voy a respirar su humo y eso me va a perjudicar directamente, y eso me ha pasado desde que tengo memoria; pero también dede que tengo memoria infinidad de personas han tomado alcohol al lado mío, moderada o abusivamente, y jamás eso ha significado perjuicio alguno para mi persona).

      Lo desagradable o no de la escena que puede dar un borracho en la calle es una cuestión puramente subjetiva: lo que a vos te parece desagradable a mí me puede resultar por completo indiferente (este es un caso). Es exactamente lo mismo que el argumento puramente moralista e implícitamente homofóbico de estar en contra de los homosexuales porque “ay que horrible si un niño los ve besándose en la calle”, o porque “me resulta desagradable que vayan tomados de la mano”… Ergo, legislar basándonos en ese tipo de consideraciones subjetivas (lo mal que le caiga a uno una conducta ajena que, objetivamente, no le está causando ningún daño), es un absurdo total: de la misma manera yo podría salir a hacer lobby y pedir que prohiban el uso en público de ropas con animal print porque me parecen un atentado al buen gusto y me siento ofendido y violentado en mi sensibilidad íntima el tener que cruzarme con personas que lo usan en la vía pública.

      “Escenas potencialmente violentas”: prácticamente cualquier escena es potencialmente violenta. Pero esto es lo que tanto cuesta entender: lo que convierte a una escena o a un hecho en violento no reside en los objetos ni las sustancias, RESIDE EN LA VOLUNTAD Y LA CULTURA DE LAS PERSONAS. Que haya gran cantidad de armas en manos de una determinada sociedad no explica el que haya una elevada cantidad de muertes por armas en esa misma sociedad (por ejemplo, en Estados Unidos), porque hay muchas otras sociedades donde hay tantas o más armas (Canadá, Suiza, países nórdicos) y la tasa de dichas muertes es bajísima. Lo mismo sucede con las drogas en general y, por supuesto, con el alcohol en particular. LAS DROGAS NO MATAN, EL ALCOHOL NO CAUSA ACCIDENTES DE TRÁNSITO NI PROVOCA RIÑAS NI VIOLENCIA: SON LAS PERSONAS LAS QUE HACEN TODAS ESAS COSAS. Y la diferencia está en la cultura, la civilidad y la educación de las personas, y es sobre eso que hay que trabajar para solucionar los problemas que vienen relacionados con el consumo abusivo de alcohol y de cualquier otra droga.

      Pero todo esto lo expresó con mayor elocuencia y claridad Benito, así que lo vuelvo a citar:

      “La Policía de la Salud, que hoy en día gobierna Uruguay (y casi todo el mundo) decidió que como hay gente que se emborracha -una decisión que los borrachos hacen cuando están sobrios y conscientes- y actúa violentamente, hay que prohibir la venta de alcohol en espectáculos deportivos y culturales masivos. Una decisión muy próxima a la infausta Ley Seca y que atropella una buena cantidad de libertades individuales, pero que se hace en aras del bien público, porque es más fácil prohibir (prevenir) que hacer responsables luego a los enfermos mentales de sus actos de violencia consciente.

      Yo creo que si uno tiene la curiosa idea de romperle una botella en la cabeza a otra persona estando borracho, esa no es una decisión que el alcohol tome por uno, sino que uno -que ya de partida es una bestia inmunda si considera algo posible el romperle la cabeza a un desconocido- la tomó en el momento en que decidió anular químicamente sus reflejos represivos en una situación social. En las décadas que llevo bebiendo jamás se me ocurrió hacer algo así, pero sí me di cuenta que era muy peligroso que yo manejara luego de beber, por lo que dejé de manejar. De eso debería tratarse en el mundo adulto, de decisiones responsables. Ah, pero hacer responsable a la gente cuesta relegar poderes, cuesta policía y cuesta cárcel y cuesta eficiencia, así que el Estado prefiere anular algunos puestos de trabajo (vendedores de cerveza, distribuidores, etcétera) e igualar hacia abajo, colocando a todos los bebedores a la altura de los borrachos más despreciables. Pero la ley, además, prohibe la venta de alcohol en cualquier puesto a 500 metros de un evento deportivo o cultural masivo. Es decir que cualquier bar que esté situado a cinco cuadras de un estadio (piensen en cada estadio que conocen y en su radio de 500 metros y van a localizar mentalmente una buena cantidad de bares, minimarkets y demás expendios de bebidas alcohólicas), tiene que sacrificar de un plumazo buena parte de su recaudación -en muchos casos su mejor día de recaudación- porque a un burócrata con ganas de dirigir la conducta de otras personas no se le ocurrió ninguna otra solución. Y porque es más barato y hay que pensar menos.”

      Saludos.

  1. 10/12/2013 en 8:24 AM

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