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Archive for 9 septiembre 2012

Cómo preparar rana hervida: sobre el proyecto de prohibición del consumo de alcohol en la vía pública

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“Primero se llevaron a los fumadores, pero a nadie le importó. Ahora vienen por los que toman alcohol en la calle… nos debería importar”

…es lo primero que pienso al leer la noticia de que el gobierno pretende prohibir el consumo de alcohol en la vía pública. El viejo Bertolt Brecht sabrá perdonarme la paráfrasis, y estoy seguro que la comprendería, salvando las abismales distancias entre el contexto en que él formuló su denuncia y el actual que me lleva a mi atrevida adaptación: después de todo, el razonamiento que le sirve de sustrato es básicamente el mismo, al apuntar que ataques y recortes medidos, delimitados, relativamente “pequeños” y sobre todo progresivos a libertades y derechos de una sociedad o parte de ella, conducen al control y al fin de la libertad y los derechos de toda la sociedad, al tiempo que señala dramáticamente cómo eso sólo es posible por la indiferencia de una mayoría que no se autopercibe como afectada por esos ataques (algo que Noam Chomsky ha desarrollado con meridiano acierto).

Aparentemente, el gobierno busca atacar la adicción al alcohol y su consumo abusivo, de alta prevalencia en nuestra sociedad, y de consecuencias evidentemente negativas y dolorosas. Sin embargo, siempre es una sana costumbre desconfiar, y cuando se trata del Estado tal costumbre se eleva al rango de imperativo ético y categórico. Y así, leyendo entrelíneas, se ven dos puntas de la propuesta francamente preocupantes.

Por un lado, resulta evidente que de ver la luz, esta normativa pondrá en funcionamiento una nueva maquinaria recaudadora, desde que el castigo por beber alcohol en la vía pública será a través de multas (y suponiendo que un porcentaje irá para el funcionario que multe, tenemos asegurado el celo persecutorio), hasta por la eventual venta de licencias y autorizaciones especiales para la venta de alcohol. Es verdad que habría que financiar a las noveles “brigadas antivicio”, pero esto sólo nos revela un nuevo punto: ¿debería ser la persecución de las personas que toman alcohol en la calle un destino de las preocupaciones gubernamentales en materia de seguridad pública? ¿No hay cuestiones de seguridad pública más urgentes a las cuales prestarles atención e invertir en ellas recursos, tiempo y energía?

Luego de la crisis financiera de 2008 que arrastró a Europa a una crisis económica general en al que aún se encuentra (¿saldrá algún día?), un país de ese continente, en medio del silencio mediático masivo, hizo todo lo contrario a lo que la ortodoxia capitalista recomienda en estos casos: dejó quebrar a los bancos, juzgó y encarceló a los banqueros y, fuertes movilizaciones ciudadanas mediante, los políticos sufrieron el escarnio y desprecio general y comenzó la redacción de una nueva Constitución. Me refiero, claro está, a Islandia. Entre tantas notas anómalas, una se destacó: fue electo como alcalde de Reikjavik, la capital del país, un popular comediante quien aparentemente se había postulado como una broma. Enfrentado súbitamente a la tarea y la responsabilidad de gobernar, y debido a que estaba obligado a formar alianzas con otros partidos para lograr las mayorías necesarias, lanzó una inesperada (y brillante) condición de alianza: no pactaría con ningún partido cuyos miembros no hubieran visto las 5 temporadas completas de la genial serie de televisión The Wire. Como dice Hernán Casciari:

Es una exigencia tan extraña como sensata, porque para cualquier político del mundo, por lo menos para quienes pretenden gobernar en el mundo occidental, un visionado de The Wire debería ser obligatorio. Una serie que es mucho más que una serie: es un tratado sociológico acerca de la corrupción humana desde las ópticas del tráfico de drogas, las aduanas portuarias, la enseñanza, la Justicia y los medios de comunicación. La vida misma, en cinco entregas.

Lamentablemente, dudo que alguien del gobierno uruguayo haya tenido el buen tino y gusto de sentarse a mirar, disfrutar y reflexionar sobre The Wire. De haberlo hecho, quizás recordarían esta escena de antología:

Por otro lado, tenemos la vieja y falsa oposición entre la libertad y la seguridad. El Estado y sus agentes siempre tratarán de persuadirnos (y lo logran con muchísimas personas) de que seguridad y libertad son términos relacionados por una proporcionalidad inversa, es decir, que si queremos mayor seguridad debemos aceptar un recorte de nuestras libertades y, al contrario, mayores cuotas de libertad implican renuncias a nuestra seguridad. Pero es una oposición falsa, como recién decía, porque siempre debemos preguntarnos, en especial respecto a la seguridad, “¿la seguridad de quién?” A primera e ingenua vista, muchos podrían opinar que en la última dictadura había menos inseguridad (al precio de menos libertades), en buena medida porque no había tantos delitos (lo cual, de todos modos, es mentira)… pero este pensamiento sólo puede resultar de un recorte brutal y falaz de la realidad. ¿Qué delitos se cometían menos? ¿Quiénes se sentían más seguros? Pero insisto, esta oposición no sólo es falsa, también es viejísima, y contra ella ya nos previno Benjamin Franklin al lanzar su máxima: “quien sacrifica su libertad a cambio de seguridad, no merece ninguna de las dos”.

Entonces, el gobierno nos pide que renunciemos a una parcela de nuestra libertad (el beber alcohol en la vía pública) a cambio de mayor seguridad (sufrir menos accidentes de tránsito y laborales, menos riñas, menos violencia doméstica, en fin, menos enfermedad y sobre todo menos muerte), a cambio de protección. La novedosa variante que Franklin no previó es que hoy en día el Estado ya no nos ofrece protección sólo contra amenazas externas: ahora, también pretende protegernos de nosotros mismos, y así nos toma por eternos menores de edad, necesitados de la tutela constante, terrible pero amorosa, del padre nuestro Estado. No sólo busca protegernos de la agresión de otras personas bajo los efectos del alcohol, sino de las consecuencias de nuestras propias acciones estando nosotros mismos bajo esos efectos.

Esta pretensión se basa en dos postulados, uno médico-político y otro moral-religioso. El primero, es el que brevemente podemos enmarcar dentro del concepto foucaltiano de la biopolítica. Según Michel Foucault

el ser humano constituye una materia prima, como la tierra o los recursos naturales, que los agentes con poder se esfuerzan en potenciar para extraer todos los beneficios posibles: la imagen de un Estado-guardabosques que espera al momento adecuado para hacerse con la mejor madera es sustituida por la de un Estado-jardinero que todos los días vigila las plantas y abona, poda, injerta, elimina las malas hierbas, riega y cosecha cada fruto en el tiempo adecuado; momento éste que varía de una planta a otra: pensemos en la capacidad que tienen las vacunas para proteger a los individuos, el empeño en reducir las muertes por accidentes de tráfico a través de medidas como el carné por puntos, el esfuerzo por aumentar la movilidad de los afectados por una enfermedad grave a través de la inversión de enormes recursos en investigación, etc.[1]

El segundo postulado apunta a la concepción de las personas como niños, que deben ser protegidos por una entidad superior que sabe lo que es bueno (y lo que no) para ellos y, así, les prohíbe o regula determinadas acciones, o el consumo de determinadas sustancias. Se niega así la autonomía y la responsabilidad de las personas, y ello es la llave para quitarles sus libertades. Sólo sosteniendo la existencia de una intrínseca irresponsabilidad de los individuos se puede justificar la opción por la represión -opción que siempre va ligada al miedo. Encontramos aquí una profunda raíz moral cristiana, que de la misma manera niega la posibilidad del placer por el miedo de que en su búsqueda se caiga en “el pecado”. ¿Qué otra cosa, si no, sostenía Jesús cuando recomendaba la amputación de manos y ojos frente al peligro del pecado? Traduciendo esta moral a los tiempos actuales, obtenemos el mismo miedo atroz a la vida:

Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cancer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.[2]

Si usted vive, en fin, morirá. ¿Cómo resolver esta situación aterradora? Frente a la solución extremista de la religión cristiana pura y dura, que nos aconsejaría renunciar lisa y llanamente al sexo, al tabaco, al alcohol, la comida, la rebeldía, la crítica, los actuales sacerdotes laicos y liberales de la moral, las buenas costumbres y la eficiencia biopolítica nos ofrecen una solución atenuada:  “no haga ninguna de esas cosas, excepto en el tiempo y forma en que nosotros se lo indiquemos -por su propia seguridad”. A esto le debemos agregar el desarrollo cada vez más intenso de una “fetichización de la sustancia” que, por supuesto, no se limita al alcohol (de hecho, el fetiche por excelencia de estos neo-predicadores son “las drogas” ilegales):

Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. Porque, se dice, las drogas son adictivas, tendrían el atributo de ser ingobernables, la capacidad de hurtarle al usuario su autonomía, de esclavizarlo en suma.

Este brevísimo y genial chiste debería bastar para desarmar tal absurdo:

Desgraciadamente, en un mundo donde los objetos (y los animales) son tratados como personas y las personas como objetos, la mía es una esperanza demasiado optimista.

Sin embargo, la impugnación de estas pretensiones estatales es muy clara, y debería ser igual de firme: ¿qué derecho, qué legitimidad tiene el Estado (o quien sea) a meterse en nuestras vidas privadas, a decirnos (en este caso) qué consumir y que no? Si nos apegamos al propio orden jurídico, tenemos que remitirnos a la Constitución de la República, la cual, en su artículo 10º dice que “las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.” Esto me lleva a suponer, desde ya, que la constitucionalidad de la actual propuesta del gobierno es más bien dudosa. No es que tampoco yo espere demasiado respeto por la Constitución de parte del gobierno, sobre todo cuando este artículo ya es directamente pisoteado por el proyecto de ley de internación compulsiva por consumo de drogas, el cual, en rigor, es hasta ahora la punta de lanza del autoritarismo estatal sanitario-policíaco del actual gobierno.

El viejo blogger Benito lo dejó muy en claro hace ya varios años, en el mejor alegato escrito hasta ahora contra las políticas represivas en materia sanitaria de los últimos gobiernos:

La Policía de la Salud, que hoy en día gobierna Uruguay (y casi todo el mundo) decidió que como hay gente que se emborracha -una decisión que los borrachos hacen cuando están sobrios y conscientes- y actúa violentamente, hay que prohibir la venta de alcohol en espectáculos deportivos y culturales masivos. Una decisión muy próxima a la infausta Ley Seca y que atropella una buena cantidad de libertades individuales, pero que se hace en aras del bien público, porque es más fácil prohibir (prevenir) que hacer responsables luego a los enfermos mentales de sus actos de violencia consciente.

Yo creo que si uno tiene la curiosa idea de romperle una botella en la cabeza a otra persona estando borracho, esa no es una decisión que el alcohol tome por uno, sino que uno -que ya de partida es una bestia inmunda si considera algo posible el romperle la cabeza a un desconocido- la tomó en el momento en que decidió anular químicamente sus reflejos represivos en una situación social. En las décadas que llevo bebiendo jamás se me ocurrió hacer algo así, pero sí me di cuenta que era muy peligroso que yo manejara luego de beber, por lo que dejé de manejar. De eso debería tratarse en el mundo adulto, de decisiones responsables. Ah, pero hacer responsable a la gente cuesta relegar poderes, cuesta policía y cuesta cárcel y cuesta eficiencia, así que el Estado prefiere anular algunos puestos de trabajo (vendedores de cerveza, distribuidores, etcétera) e igualar hacia abajo, colocando a todos los bebedores a la altura de los borrachos más despreciables. Pero la ley, además, prohibe la venta de alcohol en cualquier puesto a 500 metros de un evento deportivo o cultural masivo. Es decir que cualquier bar que esté situado a cinco cuadras de un estadio (piensen en cada estadio que conocen y en su radio de 500 metros y van a localizar mentalmente una buena cantidad de bares, minimarkets y demás expendios de bebidas alcohólicas), tiene que sacrificar de un plumazo buena parte de su recaudación -en muchos casos su mejor día de recaudación- porque a un burócrata con ganas de dirigir la conducta de otras personas no se le ocurrió ninguna otra solución. Y porque es más barato y hay que pensar menos.

Retomando al viejo Brecht, recordemos cómo nuestras libertades son más fáciles de aplastar si se lo hace progresivamente, de menos a más. Creo firmemente que aún estamos a tiempo de saltar fuera de la olla que cada vez se está calentando más y más.

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1.  Biopolítica, artículo de Wikipedia.
2. “El miedo manda”, Eduardo Galeano.

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La crisis energética, el progreso y la ceguera del gobierno uruguayo

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“Yo espero que aprendan y se den cuenta que no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante. Es más, hay que poner eso adelante de todo. Si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro.”

José Mujica, Presidente del Uruguay

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Vayamos al grano: el actual sistema económico que estructura al mundo entero es insostenible a mediano plazo. Esta afirmación tan contundente no se desprende de una postura ideológica (aunque las posturas ideológicas pueden ayudar a u obstaculizar la comprensión del problema), ni se desprende de consideraciones económicas (aunque obviamente implica a la economía), sino de una cuestión sencillamente física: no es posible un crecimiento económico exponencial e ilimitado en un mundo finito y de recursos limitados.

Nuestro sistema, precisamente, se basa en la presunción contraria: que tal crecimiento sí es posible. Que podremos seguir aumentando la producción y el consumo indefinidamente, y con ello los avances tecnológicos y sociales para alcanzar mayores niveles de “bienestar”. Y he ahí una de las claves para entender el problema: para los políticos y los economistas, el bienestar social es sinónimo de aumento de la producción y el consumo. Su ecuación básica, entonces, es “crecimiento económico = bienestar social”.

Una vez llegados a ese punto, dicha ecuación se toma como axioma, como una verdad evidente en sí misma. Cuanto más tengamos, mejor viviremos, ¿no? Más habrá para repartir, ¿no es cierto? Por supuesto, esto merece un debate acerca de qué debemos entender por “bienestar”, por “vivir bien”. Pero no es el punto aquí. Para el sistema socioeconómico en el cual vivimos, y para sus representantes políticos (e incluso para la inmensa mayoría de los críticos de éstos), la ecuación mencionada es válida, y sobre ella construyen los discursos, los relatos que dan sentido a nuestra realidad social y las decisiones políticas del día a día.

He traído a colación a políticos y economistas, que suelen tomar como indicadores de lo bien que marcha un país la cantidad de autos que se venden por año o el aumento de las exportaciones, pero lo cierto es que todos participamos de la misma visión, pues todos somos hijos de ella. ¿O acaso alguien se cuestiona si realmente es deseable, como algo bueno y beneficioso, el crecimiento económico? Bueno, sí; siendo aún una ínfima minoría, cada vez habemos más que cuestionamos y rechazamos tal afirmación, pero volveré sobre eso en un momento.

¿Cómo hemos llegado a la conclusión de que el crecimiento económico es sinónimo del bienestar? Lo que ha sucedido en realidad, históricamente, es una distorsión, o más exactamente, un intercambio de términos y significados. Puesto que “bienestar social” es un concepto ambiguo y subjetivo, o incluso un continente para ser rellenado con muy diversos contenidos, centrémonos en el otro término de la ecuación para dilucidar el significado del bienestar al que se lo equipara.

El concepto del crecimiento económico no presenta las mismas complejidades que el del bienestar. Por el contrario, todos podemos coincidir en más o menos lo mismo: implica mayor producción de bienes y servicios, lo cual implica mayor producción de materias primas y tecnología, lo cual implica más mano de obra y por ende aumento demográfico, lo cual lleva a un aumento del consumo y de la demanda, lo cual implica mayor producción de bienes y servicios… y el bucle de retroalimentación positiva da una vuelta más en su espiral ascendente hacia el infinito. Y ese espiral tiene un nombre que goza de la misma excelente prensa que el crecimiento económico: progreso.

Ahora bien, lo que acabo de describir es el funcionamiento sistémico del capitalismo.  El capital necesita siempre un espacio externo sobre el cual expandirse, al cual capturar, apropiárselo, pasar a integrarlo como una nueva parte suya y aumentar de dimensiones, sólo para continuar el proceso con un nuevo espacio que aún permanezca externo a él. Así funciona el capitalismo: o se expande (crece) o muere. Por lo tanto, aquí llegamos a la ecuación auténtica, que revela la transposición de términos a que hacía referencia más arriba: “crecimiento económico = supervivencia del sistema capitalista”. Lo que ha sucedido, entonces, es la identificación del bienestar social con el desarrollo del capitalismo.

Hoy en día, luego de siglos de expansión constante y brutal que arrojó como desenlace la extensión global y total de dicho sistema (que partiendo de Europa capturó uno tras otro a América, África, Asia y finalmente a los países comunistas), asistimos al espectáculo del sistema chocando contra sus límites físicos. Ya no queda dónde expandirse. Ya no hay un espacio externo del cual apropiarse. Pero lo que es más importante, y lo que con toda probabilidad entraña su golpe de gracia, es que ya no quedan los recursos energéticos para sostener ese crecimiento -crecimiento que sólo fue posible, en tales gigantescas dimensiones e intensidad, gracias a los recursos energéticos que proveyeron y aún proveen los combustibles fósiles. Y volvemos así a la constatación con la que iniciamos este escrito.

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El diario El País publica una serie de declaraciones de José Mujica, en las cuales el Presidente revela su profunda incomprensión del problema de la crisis energética que vive el mundo entero. El primer indicio de ello es que desde el principio Mujica plantea el problema de una manera errónea, como un conflicto entre el crecimiento económico y las exigencias y reparos ambientales que pueden presentársele como obstáculos en el corto plazo (en el largo plazo es evidente que la destrucción del ambiente conlleva el fin del crecimiento y básicamente el fin de todo: no se puede crecer sobre la nada, por más  empeño que pongan en ello los capitales financieros). Desde luego, los impactos ambientales deben ser tenidos en cuenta a la hora de emprender cualquier actividad industrial, pero el problema va más allá: el presidente da por sentado que el crecimiento económico tal como lo hemos descrito no sólo es algo deseable, sino algo posible, y con ello queda en evidencia que el gobierno ignora por completo el significado de la crisis energética en la cual ya nos encontramos (aunque aparentemente pretenda lo contrario).

Uruguay se enfrenta a problemas de abastecimiento de energía eléctrica, como tantos otros países del mundo (1). No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que tales problemas, más allá de las sequías que afectan a nuestra principal fuente de generación de electricidad (y que podríamos relacionar en parte con la expansión de los monocultivos forestales para la producción de celulosa (2) ), se encuentran en directa relación con el aumento del consumo, es decir, del crecimiento económico. A esto se le deben sumar nuevos proyectos industriales, como el de la megaminera Aratirí, que implicará, de concretarse, un nuevo aumento de la demanda eléctrica.

Los puntos se van conectando, y así vemos aparecer la problemática ambiental envuelta en la energética: la instalación y desarrollo de estas megaempresas industriales disparan la demanda de electricidad (y de combustibles fósiles, por supuesto, indispensable para vehículos, maquinaria, etc), lo cual lleva a la necesidad de construcción de nuevas plantas de generación de energía, y en vista de las opciones que se manejan como fuente de suministro, tanto aquí como en el exterior (carbón), terminan aumentando aún más la demanda de combustibles fósiles. El ya familiar espiral ascendente del crecimiento queda ante nuestros ojos una vez más, al tiempo que apreciamos cómo ponemos nuestro granito de arena en el agotamiento mundial de las fuentes de energía no renovables.

Mujica está en lo cierto cuando dice que “no puede haber crecimiento y desarrollo sin energía, y que tiene que ser abundante”… el problema es que un crecimiento y desarrollo infinitos necesitan de un abastecimiento infinito de energía (y de los recursos materiales necesarios para sostener ese crecimiento), algo de lo que nuestro planeta no dispone (3).

El Presidente también acierta cuando sostiene que “si el país genera su propia energía nos da independencia y ganamos en seguridad en el futuro”, pero aquí el problema adquiere otro sentido: si queremos seguir un rato más por el camino del crecimiento económico (un camino al que le pueden quedar algunos kilómetros de ascenso, pero cuyo dramático descenso es inevitable más tarde o más temprano), debemos seguir consumiendo petróleo. Pero al no ser el Uruguay productor de petróleo, debe seguir subordinado al funcionamiento del capitalismo global y, por lo tanto, renunciar a su independencia energética (4). O, para sintetizarlo en una sentencia que al Presidente no le puede caer bien: independencia energética o crecimiento económico. Ambas, imposible.

Pero, ¿por qué menciono al petróleo como algo tan importante y básico? Sencillo: porque el petróleo es la sangre que mantiene con vida el organismo de nuestra civilización industrial. Todo lo que utilizamos, lo que consumimos, todas nuestras actividades cotidianas, necesitan del petróleo. Lo usamos para fabricar nuestras ropas, para trasladarnos y trasladar los productos que consumimos, para las máquinas que construyen nuestras ciudades y cultivan nuestros campos, para fabricar fertilizantes, abonos químicos y pesticidas, plásticos, para procesos industriales y para la extracción de materias primas -entre las cuales está, por supuesto, el mismo petróleo. Hasta tal punto llega nuestra dependencia vital de este líquido, que podemos afirmar que comemos combustibles fósiles.

Este uso omnipresente se debe a las excepcionales cualidades energéticas y económicas del petróleo: barato, abundante y de una densidad energética superior (un litro de petróleo contiene la energía que un hombre joven, sano y fuerte podría producir, si trabajase sin parar, durante cuatro días y medio). Sin embargo, de estas tres cualidades, la única que permanecerá en el futuro cercano es la tercera. El petróleo, como sabemos, es un recurso finito y no renovable: una vez que se acabe, se acaba para siempre. Actualmente, se acerca a su cenit o pico de producción mundial (hay quienes sostienen, incluso, que ya nos encontramos en él), tras el cual la producción comienza a descender rápida e inexorablemente, hasta su agotamiento.

Y ese es el problema más grande que deberá enfrentar la humanidad: adaptarse en relativamente poco tiempo a un mundo sin petróleo barato, siendo que éste es la base de todo el sistema económico y social que hemos construido a lo largo de un siglo, y siendo que nuestra vida depende tanto de él. Solo para mencionar el aspecto más significativo y potencialmente más dramático: la explosión demográfica que vivió el planeta en el siglo XX traza una curva idéntica a la curva del consumo mundial de petróleo, y cabe suponer que la industrialización mundial de la agricultura explica en buena parte los motivos que sostienen dicha explosión demográfica. Pero “industrialización de la agricultura” y “petróleo” son sinónimos: ¿cómo se podrá alimentar a tanta gente sin ese recurso?

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Desde luego, en vista de las declaraciones de Mujica, no parece haber en nuestro gobierno la más mínima señal de conciencia de estos problemas. Por su parte, sigue apostando al paradigma del progreso infinito, del crecimiento exponencial y del hacer de cuenta que tenemos combustibles fósiles para toda la vida. O, lo que no es más que otra manifestación de la misma ceguera, suponer que otras fuentes de energía pueden suplantar al petróleo en un 100%, de modo que podamos seguir alegremente con la fiesta del progreso -algo que no sucederá (5), pero que indudablemente está en las mentes de los políticos que se encargan de diseñar los proyectos energéticos. El presidente de UTE afirma que para 2015, “el 90 por ciento de la energía [consumida en el país] será renovable y autóctona”, mientras el comunicado de la Presidencia finaliza la noticia redondeando la idea y devolviéndonos al problema de la ecuación que planteamos al inicio: “cada vez que crece 1% la disponibilidad de energía crece lo mismo la economía nacional con más calidad de vida para los uruguayos.”

“Hay que poner eso delante de todo”, dice Mujica, hablando del crecimiento económico basado en la producción de energía para el consumo creciente de la población y de los megaemprendimientos industriales: es preocupante, profundamente preocupante, que el Presidente crea que el crecimiento económico es el fin que justifica todos los medios, y sobre todo que crea que allí está nuestro futuro.

No hay mañana: el fin de la era del consumo ilimitado

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(1) El caso más reciente (y el mayor de la historia) es el que afectó a la India.

(2) Dicho sea de paso, Mujica también acaba de anunciar la  instalación de una tercera fábrica de celulosa en el Uruguay, como proyecto con fecha tentativa de entrar en funcionamiento en 2018. Parece que lo da por hecho, aunque según tengo entendido hay algunos trámites previos que se deben cumplir, como algún que otro estudio de impacto ambiental.

(3) Esto, que resulta evidente para los combustibles fósiles y el uranio, también se aplica para las energías renovables, que pueden parecer a primera vista “infinitas”, pero no lo son. Entre otros motivos, por una sencilla y práctica razón: para generar tales cantidades infinitas de energía se necesitaría una infraestructura igualmente infinita. Nuestro planeta, una vez más, carece de tal magnitud de recursos para la construcción de dicha infraestructura.

(4) Cabe destacar que incluso a los países productores de petróleo les resultaría muy difícil lograr tal independencia, y de todos modos, se deberían enfrentar a los mismos límites del crecimiento una vez que se les acabe dicho combustible fósil.

(5) Ver los artículos Los límites de las energías renovables: materiales, Los límites de las energías renovables: capital, Cinco poderosas razones por las que el coche eléctrico no llegará nunca, y El coche eléctrico, un grave error.