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Archive for 15 marzo 2012

Primero como tragedia, luego como farsa: Fernández Huidobro y la Doctrina de la Defensa Nacional

Todo ser vivo – y la Nación es un ser vivo – debe, si quiere subsistir, defenderse contra todo aquello que pueda dañarlo, en sí mismo, como desde afuera. Es ilusorio contar con una situación providencial tal que garantice que el cuerpo social no podrá nunca enfermarse… Frente a la agresión subversiva, que constituye una enfermedad de la nación uruguaya, debe concluirse que el primer papel de la defensa es, y será siempre, el de proteger las bases fundamentales de la sociedad… La amenaza más grave contra el cuerpo de la Nación es el peligro de intrusión de ideologías extrañas a la mentalidad popular que propician la destrucción total de lo existente como precio de un mañana utópico nunca bien definido.

La Subversión. Las FF.AA. al Pueblo Oriental, Junta de Comandantes en Jefe. Montevideo, 1977, p. 13.

El martes 13 de marzo se reunió el novel Consejo de Defensa Nacional (CODENA, según la sigla oficial) que “constituye un órgano asesor y consultivo del Presidente de la República en materia de defensa” y “está integrado por el Presidente de la República, quien lo preside, los Ministros de Defensa Nacional, del Interior, de Relaciones Exteriores y de Economía y Finanzas”, como establece la Ley Marco de Defensa Nacional, Nº 18.650, del año 2009. Y allí, el ministro Eleuterio Fernández Huidobro se despachó con unas cuantas declaraciones sobre el alcance de y lo que debe ser la Defensa Nacional.

En la página de Teledoce se puede ver un video con fragmentos de dichas declaraciones, emitido por el noticiero Telemundo. He aquí una transcripción:

…que no nos entren algunas plagas… que no nos dañen algunas intoxicaciones… que pueden ser culturales también, no sólo bacteriológicas, que, bueno, el hecho de que nuestros medios de prensa y de difusión quedan tapados por medios extranjeros, es preocupante, ¿no? Por ahí se va perdiendo hasta el dominio del idioma. En zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués.

A esta altura de nuestra historia, cuando tanta agua ha corrido bajo el puente de la dictadura, y tan (en apariencia) extraños reacomodamientos han tenido los zapallos políticos en el carro de los Derechos Humanos… ¿tenemos derecho a sorprendernos (una vez más) sobre una nueva manifestación de sintonía entre militares y tupamaros?

Tal vez sí. Porque estas declaraciones de Fernández Huidobro son expresión de un vínculo ideológico más profundo entre dichos grupos, un vínculo que revela hasta qué punto podemos pensarlos como “hermanos de sangre”, como hijos históricos de un mismo vientre político e ideológico: el del culto a la Nación y, por ende, al Estado.

Porque, ¿qué otra cosa sino un rancio nacionalismo organicista (estoy tan tentado a escribir la palabra que empieza con “f”…) destilan tanto la Junta de Comandantes en Jefe de 1977 como el actual Ministro de Defensa, con sus respectivas declaraciones? Las de aquéllos eran terribles y alarmantes. Las de éste también pero, además, son fundamentalmente patéticas. Trasnochadas. Reaccionariamente anacrónicas. En fin, arrolladas por la historia que les pasó por encima.

El paralelismo entre los dichos del ministro y los de la Junta de Comandantes es tan evidente que no creo necesario ahondar en su crítica. Pero permítaseme señalar un par de puntos.

¿No es acaso una elección muy poco feliz, y de muy mal gusto, llamar “CODENA” al nuevo organismo de Defensa? ¿Soy el único al que le suena demasiado parecido al infame “COSENA”? Tal vez es un primer paso, un tanteo, hacia una reciclada “Doctrina de la Defensa Nacional”.

Por demás, los ejemplos que pone Fernández Huidobro para ilustrar su concepción de lo que debe ser la Defensa Nacional están a la altura de su patetismo y su carácter reaccionario. ¿Por qué habría que preferir a priori a la prensa nacional frente a la extranjera? Con unas pocas y honrosas excepciones, no me parece de tanta calidad para que merezca tal consideración previa. Por el contrario, y por poner sólo un ejemplo, el (buen) periodismo argentino ha sido y es incomparablemente mejor (más jugado, incisivo y profesional) que el periodismo uruguayo.

Pero la frutilla de la torta, lo que más me preocupa porque de todas las posibles iniciativas es la más fácilmente practicable, sin dudas, es el tema del portugués. Porque de llevarse a cabo alguna política basada en la Doctrina de la Defensa Nacional que pregona Fernández Huidobro a través de su imperativo “en zonas fronterizas lo que hay que enseñar es el castellano, no el portugués”, violaría tanto la ley como los derechos humanos de los uruguayos cuya lengua materna es el portugués del Uruguay –violencia que históricamente han sufrido dichos uruguayos y que sólo se ha comenzado a considerar y a actuar sobre ella en tiempos muy recientes. Alguien tendría que decirle al ministro que volviera a leer la Ley General de Educación, Nº 18.437 (artículo 40):

La educación lingüística tendrá como propósito el desarrollo de las competencias comunicativas de las personas, el dominio de la lengua escrita, el respeto de las variedades lingüísticas, la reflexión sobre la lengua, la consideración de las diferentes lenguas maternas existentes en el país (español del Uruguay, portugués del Uruguay, lengua de señas uruguaya) y la formación plurilingüe a través de la enseñanza de segundas lenguas y lenguas extranjeras.

A menudo se dice que la mentalidad de las Fuerzas Armadas debe cambiar, debe ponerse en sintonía con ideales democráticos, etc. Hasta el propio presidente José Mujica se refirió a ello de alguna forma, cuando habló acerca de la “mochila del pasado” (1). Pero, ¿cómo puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas, si vemos que, en lo esencial, las cabezas al mando siguen siendo las mismas?

Por supuesto, estamos siendo muy cándidos si planteamos el problema en estos términos. Yo empezaría preguntándome, ¿puede haber un cambio en la mentalidad de las Fuerzas Armadas? Si suponés que es una pregunta retórica, adivinaste.

Muchas veces me he preguntado, a lo largo de los últimos años, si no habría que inventar un nuevo subtipo del Síndrome de Estocolmo, llevado a una entera nueva dimensión política e histórica, para describir la actitud y la conducta de los tupamaros (o, al menos, de sus dirigentes más notorios). Es una posibilidad. Si quieren explorar otra, más bien pragmática, esta me parece harto interesante. Pero con las muestras de identidad ideológica de las que cada vez hacen más gala, cabe pensar que ya estaban cortados con el mismo molde desde un principio.

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(1) “Estas Fuerzas Armadas de hoy no deben cargar con ninguna mochila del pasado ante su pueblo”.

Categorías:DDHH, Fascismo, Nacionalismo

Son los humanos, estúpido

Muchos animalistas centran sus preocupaciones exclusivamente en el bienestar de los animales, denunciando la explotación o los abusos que sufren a manos de los humanos, sin reparar en la explotación y los abusos que sufren (que sufrimos) éstos, de manera constante, estructural, sistemática y sistémica. O, si lo hacen, si reparan en ello y lo cuelan en sus argumentos, es de modo secundario y superficial, o como aclaración, para quedar bien, porque es lo políticamente correcto. Sólo los extremistas llegan a decir (y lo dicen sin tapujos, como todos los extremistas) que les importa más el bienestar animal que el humano. Pero bueno, hay gente que no tiene conciencia de especie.

Pero en lo que no reparan es en algo muy simple, tan simple que rompe los ojos, y que quizás por eso resulta tan invisible: mientras haya explotación de los humanos por los humanos, mientras el hombre sea el lobo del hombre, es imposible que se solucione la explotación de los humanos hacia el resto de la naturaleza, animales incluidos.

Luchar por el bienestar de los animales o de la naturaleza como fin en sí mismo, es decir, como algo por fuera, no enmarcado en una lucha por un sistema social, económico, político y cultural donde no haya explotación entre los humanos, no sólo no soluciona nada, sino que es una distracción, un desperdicio de fuerzas, es calmar con aspirinas o paños fríos la fiebre que es apenas el síntoma de una enfermedad mucho más grave.

Entonces, digámoslo claro: si los que defienden los derechos de los animales no se preocupan antes por defender los derechos de las personas, por eliminar su explotación a manos de otras personas, nunca van a solucionar los problemas de los animales.

¿Muy abstracto todo? Tal vez con un ejemplo sencillo se entienda mejor.

Todos sabemos cómo uno de los punching-balls  favoritos de los animalistas autóctonos son los carritos tirados por caballos que recorren Montevideo recolectando en la basura. Si me preguntan, es una lucha bastante cobarde, con un claro sesgo clasista por demás: jóvenes bienpensantes de clase media-alta emprendiéndola (con el argumento del bienestar animal) contra pobres que desempeñan uno de los trabajos más insalubres, riesgosos y vulnerables que existen en nuestra sociedad. Si los primeros lo hacen a conciencia, o si no se percatan de su clasismo y actúan movidos por las mejores intenciones, es secundario; los efectos son los mismos.

Pero bueno, ya me fui por las ramas otra vez. Los carritos: ¿qué mejor manera de terminar con el sufrimiento de los caballos de los carritos que (en vez de reprimir a los hurgadores, prohibiendo el uso de los caballos y comprometiendo seriamente así su medio de subsistencia) eliminar las causas sistémicas que hacen que esas personas recurran a ese medio de vida para subsistir?

Claro, es la manera más difícil también. Por supuesto, siempre va a ser mucho más fácil pedir represión, tortura y linchamientos.

“¡Dios mío! ¡Un gatito y un bebé abandonados en la calle! La gente hoy en día es tan cruel…”

Categorías:Animalismo, Capitalismo, DDHH