Los 13 políticos más perdedores de la historia del Uruguay

LoserSe puede ser un perdedor de muchas maneras: con dignidad, con patetismo, con indiferencia o con estilo. Para alguien que creció escuchando grunge y considera que Nirvana es lo mejor que le pasó a la música popular después de Fabián Show, ser un perdedor no es necesariamente una descalificación moral; hasta puede tener un romántico atractivo. Como sea, en el ránking que ofrecemos a continuación, encontrarán un resumen de encumbrados prohombres de nuestra historia política que recorren todo el espectro de los perdedores.

12. Juan Antonio Lavalleja/Manuel Oribe

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Juan Antonio Lavalleja

El puesto número 12 es compartido. Estos dos próceres, fundadores de uno de los dos bandos tradicionales que a su vez fundaron y destruyeron el país en sucesivas ocasiones, compartieron un mismo destino final de derrota, en algún caso más allá de sus muertes. Se la jugaron durante la época artiguista y les fue mal: ante la invasión portuguesa de 1816, Oribe se terminó exiliando en Buenos Aires y Lavalleja fue hecho prisionero y encarcelado en Río de Janeiro durante largos años. Liberado, se reencontró con el otro en aquella ciudad y planearon la expedición que sería recordada como “de los 33 orientales”, porque no eran ni 33 ni eran todos orientales. Aquí comienza el ciclo más admirable de ambas figuras: patotean con éxito a Fructuoso Rivera, el principal caudillo oriental al servicio del Brasil, para que se dé vuelta una vez más y se una a la lucha contra los brasileros, se declara la independencia respecto de éstos y la unión a las provincias argentinas, y aplastan al enemigo en la batalla de Sarandí. Todo en cuestión de meses. Argentina acepta la incorporación del territorio oriental y Brasil le declara la guerra. Lavalleja comanda el Ejército Republicano con habilidad, hasta poner a Brasil contra las cuerdas. Hasta llega a dar un golpe de Estado y todo, en 1827, para quedar dueño de la situación. Pero después llega la independencia total de la mano del Padre Nuestro Ponsonby, la redacción de una Constitución para el nuevo Estado Oriental y la elección de su primer presidente.

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Manuel Oribe

La derrota es más dura cuando no sólo se tenía todo para ganar, sino que, además, se posee en el currículum una serie de victorias gloriosas. Y este es el caso de don Juan Antonio al perder las primeras elecciones frente a su tradicional adversario, Rivera.

Pero a Lavalleja le sobraba de militar lo que le faltaba de político. No se resignó a perder en los escritorios lo que podía ganar en la cancha, y se encargó de hacerle la vida imposible a don Frutos durante todo su período de gobierno, organizando y ejecutando lo que los historiadores (en una muestra de sus increíbles capacidades nominativas) han bautizado “revoluciones lavallejistas”.

Rivera, sin embargo, no se quedaba atrás en habilidad, ni con el sable ni con la astucia, y además contaba con los servicios de Oribe, quien demostró todas sus dotes de militar y de ortiba al perseguir y derrotar con singular éxito a su antiguo compañero de cruzadas libertadoras.

Lavalleja se refugió en Argentina bajo la protección del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, mientras Oribe era elegido presidente del Estado Oriental para suceder a Rivera. Pero pronto estallaría el enfrentamiento abierto entre estos dos, los bandos pasarían a identificarse respectivamente con las divisas blanca y colorada y, en 1838, también Oribe sería derrotado por Rivera y marcharía al exilio en Argentina.

Desde allí, unos años después y en el marco de lo que se ha llamado la Guerra Grande o la Guerra de Todos contra Rosas, Oribe y Lavalleja invadirían Uruguay, se adueñarían de la campaña y pondrían sitio a Montevideo, único lugar que restaba en poder de los colorados. Uno podría pensar que, una vez más, la balanza de la historia se inclinaba a favor de nuestros dos amigos, pero en 1851 se forjaría la alianza entre Brasil, los colorados y Entre Ríos que pondría fin al poder de Rosas, a la Guerra Grande y a toda pretensión de victoria para aquellos dos (y, colateralmente, también a las pretensiones uruguayas de quedarse con una parte de Río Grande del Sur y ser la futura patria de Ronaldinho Gaúcho). El 8 de octubre de 1851, y ante la deserción en masa e imposibilidad de sostener una guerra contra las tropas entrerrianas y brasileras, los blancos firmaron la paz con colorados, bajo la consigna “ni vencidos ni vencedores” porque, por supuesto, hubo unos cuantos vencedores y otros tantos vencidos. El primero de estos fue, cuándo no, el propio Oribe, despojado una vez más de sus pretensiones presidenciales al ser reconocido como único gobierno legítimo el colorado de Montevideo. Como si fuera una tardecita de 1838, don Manuel tuvo la intención de exiliarse una vez más en Buenos Aires, pero mal que le pesara los tiempos habían cambiado y su amigote Rosas caía derrotado en los campos de Monte Caseros a prinicpios de 1852.

Nada brillante le deparaba el breve resto de sus vidas a Lavalleja y Oribe. Aquél fue finalmente elegido como integrante de un Triunvirato para gobernar el país, en 1853, junto a Rivera y Venancio Flores, pero murió al mes. Oribe murió un par de años después, ya alejado de la vida pública. Hasta el día de hoy, no lo homenajea un departamento, una ciudad o siquiera una calle importante de la capital. Apenas la insulsa ruta 1.

11. Aparicio Saravia

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Aparicio Saravia

El brasilero Saravia se ganó su prestigio de caudillo y líder militar en las luchas separatistas de Río Grande del Sur, durante su juventud. A fines del siglo XIX, gracias a eso y a ser dueño de medio Cerro Largo, se convirtió en la figura dominante del Partido Nacional, sobre todo en el interior.

La generalización del fraude electoral dejaba al Partido Nacional el camino de las revoluciones como el único para llegar al poder, y en el pasado había dado ciertos resultados con la obtención de algunos departamentos para los blancos: por la Paz de Abril de 1872, que ponía fin a la Revolución de las Lanzas, el gobierno colorado se comprometía a repartirles cuatro jefaturas políticas (sobre un total de trece), dando inicio a la lamada coparticipación y a la tradición nacional de resolver los problemas políticos con una repartija general de cargos públicos.

Pero en 1897, Saravia inició otro levantamiento nacionalista contra el gobierno colorado de Juan Idiarte Borda, al denunciar un supuesto incumplimiento de la Paz de Abril. La guerra se prolongó durante varios meses entre avances y retrocesos de ambos bandos, y un creciente clamor popular por encontrar una solución que devolviera la paz. La tozudez e impopularidad de Idiarte Borda (quien debería pasar a la posteridad como el presidente más corrupto de la historia del Uruguay) eran un obstáculo que se resolvió de un balazo, al ser asesinado y asumir como presidente el primer Senador, Juan Lindolfo Cuestas (quien ha pasado a la posteridad como el presidente más feo de la historia del Uruguay). Cuestas de inmediato entró en negociaciones con el Partido Nacional, y de ello resultó el Pacto de la Cruz, es decir, un nuevo reparto de departamentos, y el compromiso del gobierno de inciar un proceso de reformas que asegurara la representación de las minorías y garantías electorales.

No obstante, la lentitud (por no decir la ausencia) en el progreso de las reformas prometidas, además de un supuesto nuevo incumplimiento de los repartos departamentales por parte del novel presidente José Batlle y Ordóñez, llevó a un nuevo y definitivo alzamiento armado de Saravia en 1904.

Batlle quería terminar con esa situación de doble gobierno que convertía a Saravia en una especie de segundo presidente, y Saravia quería, presumiblemente, más garantías electorales, más departamentos y más amor. Y así, arrastró a todo el Partido Nacional a la guerra civil.

Si en el pasado la jugada les había salido bastante bien a los blancos, en 1904 el desastre fue total. El gobierno liquidó la revolución cuando sus tropas hirieron de muerte a Saravia en la célebre batalla de Masoller, luego de lo cual su ejército, en una demostración de cohesión ideológica, se desbandó. Resultado: el Partido Nacional pasó de seis a cero jefaturas departamentales, y otra promesa de reforma que iría para largo. Habría que esperar hasta 1916 para que la cosa empezara a funcionar como en un país civilizado.

10. Líber Seregni

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Líber Seregni

Seregni era un hombre de confianza de Luisito Batlle y de Óscar Gestido en el Ejército. Su sensibilidad batllista lo fue distanciando cada vez más de un Partido Colorado donde se afianzaban las tendencias más conservadoras y autoritarias, de la mano del presidente Jorge Pacheco, aunque eso no le impidió dar palo a los bancarios al comandar la represión contra una protesta sindical en 1968.

Ese mismo año pidió su pase a retiro y comenzó a dedicarse a la vida política. En 1971, al fracasar las gestiones que promovían el grupo de Zelmar Michelini y Alba Roballo, y que lo hubieran llevado a la candidatura presidencial por el Partido Colorado, los tres lo abadonan, cargan en sus maletas una buena parte del batllismo que le quedaba y fundan el Frente Amplio junto con otros grupos progresistas y de izquierda.

Seregni es el candidato del Frente en sus primeras elecciones, las cuales perderá ante sus antiguos compañeros colorados. Y esta será sólo la primera de sus muchas desventuras.

En 1973 será encarcelado por la dictadura dirigida por Juan María Bordaberry y las Fuerzas Armadas, liberado al año siguiente y vuelto a encarcelar en 1976, junto con otros militares constitucionalistas. Así seguiría hasta marzo de 1984, cuando es liberado. Favorece la salida negociada ante la dictadura y junto a los colorados y la Unión Cívica, en lo que se conoce como el Pacto del Club Naval. Sin embargo, el gobierno de facto le prohíbe presentarse a las elecciones generales de ese mismo año -misma medida que se tomará respecto al líder naconalista Wilson Ferreira, quien aún continuaba preso. Así, Seregni ve pasar las elecciones de 1984, las cuales (frente a la situación de sus oponentes) no le cuesta mucho ganar a Julio María Sanguinetti.

Seregni volverá a candidatearse y perder en 1989, justo cuando el Frente Amplio se fractura y el muro de Berlín se viene abajo. En el 89, no obstante, no todas son pálidas para el FA, aunque a la larga sí lo serán para don Líber: Tabaré Vázquez gana la Intendencia de Montevideo e irrumpe con fuerza en la interna frentista.

Es el comienzo del ocaso de Seregni, quien perderá poder día a día, poder que va acumulando Vázquez. En 1996, finalmente, renuncia a la presidencia del FA, un poco más impopular luego de manifestarse públicamente a favor de la reforma constitucional de 1996, que la mayoría del FA rechazó.

Su larga carrera de perdedor no se acabaría ahí, ya que el destino le tenñia reservada una última jugarreta de mala leche: Seregni murió apenas tres meses antes de la victoria electoral de su amado Frente Amplio, en 2004.

9. Wilson Ferreira

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Wilson Ferreira Aldunate

Ferreira comenzó a perfilarse como líder dentro del Partido Nacional en la década de 1960, durante el segundo gobierno blanco de esa década (y de todo el siglo, de hecho). Su discurso desarrollista lo acercaba un poco al progresismo de izquierda (era defensor, entre otras cosas, de una reforma agraria) así como lo alejaba del conservadurismo herrerista con el que de todos modos siempre sumó sus votos.

Entró con fuerza en la arena política en las elecciones de 1971, en las que pese a ser el candidato más votado, por la ley de lemas terminó ganando el candidato colorado más votado, Juan María Bordaberry. Siempre hubo serias sospechas de fraude electoral, así que es posible que le hayan birlado la presidencia.

Dos años después, y golpe de Estado mediante, se exilió en Buenos Aires, donde escapó por un pelo a ser asesinado junto a su correligionario Héctor Gutiérrez Ruiz y el frenteamplista Zelmar Michelini, en una operación coordinada por las dictaduras de ambas orillas del Plata.

A partir de entonces comienza un largo periplo por varios países, denunciando hasta el cansancio los crímenes de la dictadura uruguaya, y logrando cierto éxito y una creciente popularidad. Sin embargo, y vuelto a Argentina luego de la caída de la dictadura en ese país, decide  en 1984 emprender el regreso a Uruguay, donde es apresado apenas toca suelo y queda recluido hasta después de las elecciones que se celebrarían ese mismo año, impidiendo de esa forma no sólo el presentarse como candidato, sino cualquier actividad pública. Supongo que Ferreira esperaría que el pueblo uruguayo se rebelara contra el régimen clamando por su liberación, probablemente olvidando que estaba en Argentina e iba a ser recibido en Uruguay, y no al revés.

Uno podría imaginar que su carrera de malas decisiones políticas se había acabado ahí pero, cuando finalmente fue puesto en libertad, y en un acto tan inexplicable como los motivos que llevaron a la existencia de algo como esto, Ferreira se las ingenió para tirar por la borda el prestigio que había acumulado como opositor a la dictadura impulsando y defendiendo la aprobación de la Ley de Caducidad.

8. Raúl Sendic

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Raúl Sendic

Sendic comenzó su vida pública en la década de 1960, como defensor legal de los trabajadores de la caña de azúcar que vivían en condiciones durísimas, en el norte del país. Si bien fue militante del Partido Socialista, será uno de los fudnadores del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros y uno de sus principales líderes.

Si bien la guerrilla tupamara es en sí uno de los perdedores colectivos más rotundos de toda la historia uruguaya (compitiendo cabeza a cabeza con el Partido Nacional), el caso de Sendic es paradigmático. Fracasó como líder guerrillero, pues fue desplazado del poder interno por otros camaradas, y porque su propia organización armada fue aplastada en cuestión de meses por las Fuerzas Armadas uruguayas (!). Como es sabido, la cantidad de meses que tarda una organización en ser puesta fuera de combate por los milicos uruguayos es inversamente proporcional a la incompetencia de dicha organización.

Por si fuera poco, Sendic es capturado en 1972 luego de una balacera que le destroza la boca, y como rehén y prisionero político pasará toda la dictadura militar en condiciones que por comparación harían considerar al toilette del pibe de Slumdog Millionaire como un hotel cinco estrellas.

Pese a todo, sale vivo de ese infierno, y con la suficiente lucidez como para proponer su proyecto de Frente Grande, proyecto al que, por supuesto, nadie le dará bola.

Sendic muere en Francia, en 1989, siendo tratado por una enfermedad que arrastraba desde hacía tiempo. Pero ni eso terminaría con su racha perdedora, ya que volvería a fracasar, por último y post mortem, al haber engendrado un hijo llamado Raúl Sendic que acusa a los universitarios que trabajan con los cañeros de Artigas de “alentar la conflictividad, …alentar el conflicto, la demanda y la exigencia”. ¿Cómo era aquello que dijo Marx sobre la historia, las tragedias y las farsas?

7. Pedro Manini Ríos

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Pedro Manini Ríos

Eterno némesis colorado de José Batlle y Ordóñez, intentó una y otra vez acceder a la presidencia sin éxito. A decir del profesor Carlos Demasi, en la tumba de Manini Ríos debería leerse “Aquí yace el futuro presidente de los uruguayos”.

Estaba complicado para los conservadores colorados como él, siendo como eran minoría frente a los batllistas, aunque tenían una carta que siempre podían jugar: amenazar con votar fuera del lema, abriendo la posibilidad de una victoria del Partido Nacional (amenaza que efectivamente se materializó en 1925 y permitió al nacionalista Luis Alberto de Herrera alcanzar la presidencia del Consejo Nacional de Administración).

Esta suerte de chantaje electoral alcanzó su manifestación más acabada en las elecciones de 1930, en las que el batllismo accedió a llevar a la presidencia a Manini Ríos si éste obtenía el 17.5 % de los votos colorados (el llamado pacto del “hándicap”). A Manini le faltaron poco más de 100 votos para llegar al porcentaje acordado.

6. Danilo Astori

(Colaboración de Santiago Val)

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Danilo Astori

Astori era el favorito de Seregni pero quedó de lado cuando Tabaré Vázquez los cocinó a los dos para las elecciones de 1994. Se puso al partido en contra con la reforma constitucional de 1996 para poder presentarse en las internas, y perdió contra Vázquez 75% a 25%. Cuando Vázquez dejaba la presidencia, en 2009 salió Mujica de abajo de las piedras volvió a perder. Antes de aceptar la vice dijo que quería conversar condiciones. Mujica le dijo que no iba a negociar nada y que si no quería le ofrecía la vice a Martínez. Astori se bajó del caballo y aceptó igual. Ah, me olvidaba, en 2003 su partido lo obligó a votar en contra de una ley (la de abolición del monopolio de ANCAP) que él mismo había redactado.

Pero no hay que perder las esperanzas; en una de esas se le da en 2019.

5. Bernardo Prudencio Berro

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Bernardo Prudencio Berro

Berro fue un visionario. Lector de Alexis de Tocqueville, imaginó una democracia moderna, inspirada en buena medida en el sistema estadounidense. Pensó en una administración estatal eficiente y secularizada, y de hecho tomó las primeras medidas en ese sentido al quitarle a la Iglesia Católica el control de los cementerios. Tomó otras medidas, para modernizar la economía incentivando la producción lanar, así como para frenar la influencia brasilera en el norte al ordenar la fundación de Villa Cevallos (más tarde conocida como ciudad de Rivera) y promover la enseñanza exclusiva del español. Imaginó un país donde las divisas tradicionales, causantes de tantas desgracias y tanto derramamiento de sangre, ya no existirían, pues se fusionarían en un único partido de toda la nación (y presumiblemente cabalgarían todos tomados de las manos por nuestras onduladas penillanuras cantándose una de Los Olimareños).

Lástima que al pobre Berro le tocó ser presidente de Uruguay entre 1860 y 1864, y hacer frente al levantamiento caudillista y colorado de Venancio Flores, que contaba con el apoyo de Buenos Aires, Brasil, la Iglesia Católica, varios oficiales del gobierno que se dieron vuelta, y probablemente un ejército de Uruk-Hais.

Su proyecto de modernización por caminos democráticos quedó trunco, y tuvo que venir la dictadura de Lorenzo Latorre, una década después, para retomarlo por caminos autoritarios. Por si fuera poco, fue asesinado el mismo día de 1868 que su archienemigo Flores, después de comandar un levantamiento contra éste, fracasar, huir hasta la costa de Montevideo en espera de un bote que lo dejó plantado, ser apresado y vejado. Todo mal.

4. Jorge Larrañaga

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Jorge Larrañaga

Larrañaga vino a quedar como líder nacional del sector no herrerista del Partido Nacional luego de la paliza que Luis Alberto Lacalle  le propinó a Juan Andrés Ramírez en las elecciones internas de 1999 -lo que a su vez habilitó a Lacalle para conducir a su partido a la peor votación de su historia en las elecciones generales de ese mismo año. Con esos antecedentes, no le fue demasiado complicado ganarle al Cuqui las internas de 2004, pero acto seguido perdió en primera vuelta frente a Tabaré Vázquez, quien obtuvo la mayoría absoluta y cerró las puertas a un ballotage.

Lacalle volvió por revancha en las internas de 2009, y le ganó cómodamente a Larrañaga, a quien le ofreció la candidatura vicepresidencial para unas elecciones perdidas de antemano, no sin dejar de cobrarse la humillación de las internas anteriores.

Larrañaga pensó que en 2014 le había llegado su hora para el desquite con Vázquez en las generales. Antes tenía que sortear unas internas con el hijo de Lacalle, Luis Lacalle Pou. Y, de hecho, arrancó como unánime favorito. Y lo siguió siendo hasta que se cerraron los circuitos de votación de las internas y se reveló que la victoria correspondía, finalmente y contra todo pronóstico, a Lacalle Pou.

Larrañaga quedó devastado (y creo que por un instante, todo el Uruguay sintió un poquito de lástima frente a la increíble derrota), prometiendo que subiría “por última vez las escaleras del Directorio del Partido Nacional”. Unos días después, sin embargo, aceptó la candidatura a la vicepresidencia, provocando un deja vu colectivo y especulaciones sobre la posible instalación de ascensores en la entrada del Directorio del Partido Nacional.

La historia, por supuesto, no termina ahí, ya que la fórmula blanca volvió a perder en primera vuelta ante el Frente Amplio, con Vázquez como candidato, y todo hace suponer una nueva derrota en segunda vuelta. Larrañaga se perfila para ser en la historia politica del Uruguay lo que la selección holandesa es a la historia de los mundiales de fútbol.

3. Baltasar Brum

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Baltasar Brum

El caso de Brum es muy especial, ya que si bien tuvo una carrera brillante (en la cual se destaca el haber sido el segundo presidente más joven de la historia uruguaya, entre 1919 y 1923, perfilándose como el delfín de Batlle y Ordóñez), son las circunstancias de su muerte las que lo ubican en esta lista. En 1933, don Baltasar era el presidente del Consejo Nacional de Administración, mientras que su correligionario Gabriel Terra era el Presidente de la República. Uruguay sufría las consecuencias de la crisis de 1929, y a nivel político había una lucha entre los sectores reformistas y los conservadores tanto blancos como colorados.

Serán los conservadores los que ese año se impongan, al dar Terra un golpe de Estado con el apoyo del caudillo nacionalista Luis Alberto de Herrera. Ese día de marzo de 1933, Baltasar Brum se atrincheró en su casa con algunos compañeros, y pistola en mano corrió a balazos a los policías que aparecieron a apresarlo. Como la jornada transcuría y no había señales de ninguna movilización popular contra el golpe de Terra, a Brum se le ocurrió la genial idea de pegarse un tiro. Hasta el día de hoy se especula sobre los motivos de su suicidio: que fue un acto de desesperación ética, que fue para evitar un enfrentamiento con Terra que prolongara la dictadura que estaba iniciando, que fue su mujer la que lo incitó al grito de “cagón” (estoy parafraseando). Como sea, ahí quedó el cadáver, en el medio de la calle. Al otro día, finalmente, se produjo una gigantesca movilización popular: 20.000 personas marcharon por las calles de Montevideo para asistir a un partido de fútbol.

2. Luis Alberto de Herrera

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Luis Alberto de Herrera

Herrera vendría a ser algo así como el modelo clásico del perdedor político uruguayo. Corrió toda su vida atrás de la presidencia (algo que pareció lograr parcialmente en 1925, como vimos), con un tesón sólo comparable al del político que ocupa el primer puesto de esta lista. Se quejó del acuerdo al que denominó “pacto del chinchulín”, la repartija de cargos públicos que pactaron en 1931 los batllistas con los blancos independientes (es decir, los que no se bancaban a Herrera) a cambio del apoyo parlamentario para la creación de ANCAP, mientras afilaba el tenedor y el cuchillo para meter mano en la parrilla que estaba preparando el presidente Terra.

En marzo de 1933, efectivamente, Terra da un golpe de Estado y Herrera lo apoya al ver llegada su hora de chinchulinear, con la Constitución de 1934 que establece el célebre Senado del “medio y medio” (30 senadores, 15 para el partido más votado, 15 para el segundo más votado, lo que traducido siginificaba 15 para los terristas y 15 para los herreristas) y la asignación de directores en los Entes Autónomos con el mismo criterio de reparto partidario.

Sin embargo, la marea pronto comienza a cambiar y una vez más trae al batllismo de regreso al poder. El presidente Baldomir da un golpe de Estado en 1942 que nadie recuerda, y sustituye la Constitución terrista por otra que elimina aquel Senado auspiciado por el Bar Roldós. Herrera vuelve a su viejo papel de opositor, con menos fortuna aún, ya que eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y en un país mayoritariamente aliadófilo no tenía muy buena prensa un filofascista como don Luis Alberto.

La guerra terminó, eventualmente, pero no las desventuras del poder para Herrera. Por una jugarreta del destino quedó como presidente Luisito Batlle, sobrino de don Pepe, y con él volvió toda la mística del viejo batllismo. Un poco para frenar las ansias personalistas de Luis Batlle, algunos sectores de su propio partido colorado impulsaron una reforma constitucional que reflotaba el antiguo sueño batllista de un Ejecutivo Colegiado integral (con seis miembros del partido más votado y tres del segundo). Herrera, eterno adversario del Colegiado, prestó entonces todo su entusiasmo y todos sus votos para aprobar la reforma. Quien lo acuse de incoherencia ideológica, es un malpensado: la idea de Herrera siempre fue la misma, ganar el Poder Ejecutivo.

La jugada, en efecto, no le pareció salir tan mal: bajo ese sistema los blancos obtuvieron la primera victoria electoral de su historia, en 1958, y para mayor felicidad triunfó dentro del Partido Nacional la alianza entre los herreristas y los ruralistas comandados por Benito Nardone. Pero eso fue en noviembre de 1958. Un mes después, ya se había armado quilombo en la disputa por puestos de gobierno, y los seguidores de Nardone rompieron la alianza, para juntarse con los blancos no herreristas.

Durante todo ese tiempo, y entre tanto bardo, Herrera fue más opositor que líder de un partido victorioso (parece ser que los viejos hábitos son difíciles de abandonar). Por suerte para sus correligionarios, se murió al mes de haber asumido el gobierno blanco.

1. Jorge Batlle

Jorge-Batlle

Jorge Batlle

Si de algo no se puede culpar a Jorge Batlle es de falta de tesón. El tipo insistió (1966), insitió (1971), insistió (1989), e insistió (1994), hasta que finalmente se le dio (1999). No se había visto tanta perseverancia desde la campaña continental de Chayanne para pegarla con su (finalmente) hit “Provócame”.

Cinco elecciones y una dictadura de más de once años tuvo que esperar Jorgito para ocupar el sillón presidencial. Y cuando lo hizo, dirigió el país hacia la ruina de la peor crisis económica de su historia y a su partido a un desastre electoral del que no parece recuperarse ni una década después. Nobleza obliga, no fue el único responsable de ninguna de las dos cosas, pero a perdedor nadie le gana en nuestra historia. Excepto…

Mención especial – fuera de concurso. José Artigas

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José Artigas

Este no entra en la lista oficial porque ni siquiera era uruguayo. Pero cómo olvidarse de don Pepe Artigas, el perdedor más entrañable e imbatible de toda la historia oriental. Un tipo al que durante su breve carrera política (10 años en más de 86) no le salió ni una (pero ni una ¿eh?). ¿Que la Banda Oriental siguiera unida a los demás territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata? No, bien separada y con otro nombre. ¿Que triunfara el federalismo en la susodicha región? Costó varias décadas y montones de sangre, pero triunfaron los unitarios. ¿Que una reforma agraria? Seguimos esperando. ¿Que “sean los orientales tan ilustrados como valientes”? Buenísimo, contate uno de gallegos ahora. O de negros e ibirapitases.

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Fernando Lorenzo miente: la evolución histórica del salario real en Uruguay

Fernando Lorenzo, ex ministro de Economía del Uruguay y actual candidato a diputado por el Frente Amplio, nos pide en este spot de propaganda política que comparemos los niveles salariales actuales con sus equivalentes en “cualquiera de los gobiernos que nos precedieron” podríamos constatar que “estamos asistiendo en el año 2014 a los mayores niveles salariales (…) que nuestro país ha conocido”. Para enfatizar tal afirmación, aclara que la comparación no se debe hacer con los años de la crisis desatada en 2002 (sobre la cual hay un cierto consenso político en considerarla la peor crisis económica de nuestra historia), sino con (repitamos) cualquiera de los gobiernos anteriores a los del Frente Amplio.

Sin embargo, no resulta un gran esfuerzo demostrar que la afirmación de Lorenzo es una lisa y llana mentira. Si tomamos el siguiente gráfico que muestra la evolución del salario real de los uruguayos entre 1968 y 2012, nos damos cuenta que en 1971 el salario real era era casi el doble que el actual, y que hoy estamos al mismo nivel que en 1976, en plena dictadura cívico-militar:

Sin embargo, si nos vamos aún más atrás en el tiempo, y consultamos (por ejemplo) los datos que aparecen en la página 147 de La dictadura Cívico-Militar, Uruguay 1973-1985 (Demasi, C. y otros, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2013) encontramos que, tomando como base 100 el año 1973, tenemos que en 1971 el salario real arrojaba un índice aproximado de 123, mientras que en 1957 era de… 145.

En efecto, 1957 es el año de nuestra historia en el que los salarios reales alcanzaron su pico (al menos en el siglo XX y lo que va del XXI), como muestra (por ejemplo) la ponencia Salarios, desigualdad y capital humano en Uruguay, 1900-1960, de María Magdalena Camou (página 9).

Se podrá decir que eran los años de las vacas gordas, en las cuales el país todavía vivía de las fabulosas rentas acumuladas con las desgracias ajenas de la Guerra de Corea y la Segunda Guerra Mundial y había basado el bienestar social y económico de su población en un modelo industrializador condenado al fracaso… pero fueron los años en que la riqueza se repartió más equitativamente, siendo pieza clave en ese reparto una política salarial que arrojó los mejores niveles salariales de toda nuestra historia moderna. (1) Algo de lo que Lorenzo, en busca de votos, sólo puede alardear que se dio bajo los gobiernos del Frente Amplio recurriendo a la mentira.

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(1) Por otro lado, convendría ponernos a considerar si nuestro actual modelo económico se asienta en bases más firmes o si en última instancia también depende de lo bien que le vaya al sector exportador de productos primarios (aquí, algunas pistas malintencionadas…)

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Ecología y política en Uruguay

(Publicado originalmente en Revista Lento, junio de 2014)

Jueves 11 de octubre de 2012. Llego a la Marcha en defensa de la tierra y los bienes naturales, y me integro a una multitud de miles de personas, que se extiende a lo largo de varias cuadras por la avenida 18 de Julio. Carteles y pancartas identifican a diferentes organizaciones o expresan reclamos e ideas diversas pero que coinciden, de una forma u otra, en una crítica a las políticas que lleva adelante el gobierno que involucran la afectación de los bienes comunes del país y sus consecuencias socioeconómicas: los monocultivos forestales y sojeros, la industria de la celulosa y el uso masivo de agrotóxicos, los puertos maderero y de aguas profundas de Rocha, la regasificadora de Puntas de Sayago, la megaminería encarnada en Aratirí. Allí está la denuncia de los impactos que todo eso tiene o tendrá en la tierra y el agua, en la salud de los uruguayos y en su situación económica, lejos de las optimistas previsiones oficiales.

Enseguida noto algo extraño: la impresionante diversidad social, cultural y política de esa masa de gente que va codo a codo, a pie, a caballo o en carros, tocando tambores o repartiendo volantes, con banderas uruguayas y artiguistas y entonando cánticos combativos, o simplemente en silencio. Una de las consignas del evento es unir el mosaico geográfico que componen “el campo, la costa y la ciudad” y, en efecto, no puedo evitar tararear “de todas partes vienen…” al constatar que allí, en la principal arteria de nuestra capital, hay organizaciones e individuos llegados de todos los departamentos, cada cual con sus luchas locales, sus arroyos que desembocan en una lucha nacional y en este río de gente que fluye hacia la Plaza Independencia. Pero son aguas muy raras.

Observo, perplejo, anarquistas y marxistas marchando lado a lado con productores rurales y organizaciones tradicionalistas; hippies, veganos e indigenistas coreando consignas junto a empresarios ganaderos y turísticos; gremialistas universitarios fumando marihuana al lado de abuelos que llevan de una mano a sus nietitos y en la otra carteles con mensajes similares a los de los jóvenes porreros. Y todos los matices imaginables que quepan dentro de ese espectro, en una manifestación popular genuinamente representativa de la sociedad uruguaya en su heterogénea composición social.

Estas escenas se repiten en la cuarta, la quinta y la sexta marcha, separadas cada una por un lapso de seis meses. De la misma manera, se repite mi asombro y la necesidad de buscar una explicación a esta situación tan anómala, tan extraña.

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Entre todas las luchas nucleadas en este movimiento, hay una que se destaca y actúa como factor aglutinante y catalizador, quizá por las dimensiones del emprendimiento al que se opone, la cantidad de intereses sociales y económicos que éste afectaría, y por la urgencia con que el gobierno ha intentado ponerlo en marcha: la pelea contra el proyecto megaminero de Aratirí.

Es justamente el caso en el que mejor se puede apreciar la confluencia creciente de actores sociales y políticos extremadamente diversos. Una lista incompleta de quienes se han declarado en contra o han formulado serias reservas respecto al proyecto concreto de Aratirí o a la megaminería en general, incluye a la Federación Rural, la Asociación Rural del Uruguay (ARU), la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay, la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas, la Organización Sindical de Obreros Rurales, Plenaria Memoria y Justicia, el partido político Unidad Popular (UP) y varias personalidades de los partidos Nacional y Colorado (especialmente a nivel de las dirigencias locales del interior), por señalar sólo organizaciones gremiales o políticas con orientaciones ideológicas definidas. Además, debemos contar una multitud de colectivos vecinales, que forman el grueso de la Asamblea Nacional Permanente (la cual ha sido la responsable de las marchas nacionales y de la coordinación de acciones locales en todo el país) y ONGs, como el Movimiento por un Uruguay Sustentable, que impulsa un plebiscito para prohibir la megaminería en todo el territorio nacional.

Una pregunta me rompe la cabeza y los esquemas: ¿cómo es posible que grupos tan política, cultural y socialmente heterogéneos puedan sentirse y actúen unidos por un objetivo común político?

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En sintonía con los demás gobiernos progresistas de Sudamérica, el FA ha optado por transitar la vía del “neodesarrollismo”. Así, un fuerte crecimiento económico a partir de la renta generada por la exportación de unos pocos productos primarios (entre los que se desatacan, en el caso uruguayo, la soja, la carne bovina y la celulosa) se une a un papel activo del Estado en la regulación de la economía. Como señalan Carlos Santos y otros en “Seis tesis sobre el neodesarrollismo en Uruguay”, “este nuevo modo de regulación genera condiciones institucionales para el arribo y permanencia de la inversión transnacional al tiempo que despliega políticas sociales compensatorias de redistribución del ingreso imponiendo algunas condiciones al capital transnacional”.

El crecimiento económico al que ha conducido este neodesarrollismo tiene su contracara más crítica en el impacto ecológico de las actividades extractivas que son su motor. Quizás el caso más notable y alarmante sea la contaminación de los cursos hídricos con agrotóxicos, sobre todo la cuenca del río Santa Lucía, causa de un episodio que tomó estado público en marzo de 2013 cuando el agua corriente de la zona metropolitana comenzó a despedir un fuerte y desagradable olor y sabor.

Los motivos que han conducido a la conformación del movimiento de defensa de los bienes naturales se encuentran, entonces, en parte de la política económica que han llevado adelante los gobiernos del Frente Amplio durante la última década, especialmente en su concepción del desarrollo y el lugar que en ésta ocupa la preocupación (o ausencia de ella) por sus impactos ecológicos.

Por lo tanto, resulta lógico avanzar sobre la siguiente hipótesis: estamos frente al surgimiento, lento, contradictorio, pero firme y en expansión, de una conciencia, una cultura y una práctica política y social ecológica vernácula. O, más sencillamente, se trata del nacimiento de un heterogéneo ecologismo político uruguayo, capaz de trazar nuevas divisiones políticas en el cuerpo social.

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¿De qué hablamos cuando hablamos de ecología? Primera precisión conceptual: lo ecológico no es lo mismo que lo ambiental. Lo ambiental forma parte de lo ecológico, pero éste abarca mucho más que el simple cuidado o la conservación del ambiente. La ecología es una ciencia que estudia las interconexiones entre los diferentes sistemas, orgánicos e inorgánicos, que componen la trama de la vida en nuestro planeta. Se ocupa, por supuesto, de la interacción entre sistemas sociales y ambientales, y las consecuencias perjudiciales que tiene para una comunidad perjudicar el entorno natural en el cual vive y del cual depende para su subsistencia.

Desde el punto de vista ecológico, podemos describir la naturaleza como una serie de sistemas o circuitos de gran complejidad, ordenados de modo tal que unos contienen a otros. El contexto adquiere así una importancia de primera magnitud. Es éste el que otorga sentido a los diferentes contenidos y, en consecuencia, separar los contenidos de sus contextos sólo puede llevar a malentendidos y en última instancia a la introducción de desequilibrios en los sistemas, que atentan contra su supervivencia. Para la ecología entonces, el principal objeto de estudio son las relaciones entre los elementos de los sistemas, y no los elementos en sí. Un individuo sólo puede ser comprendido cabalmente en el contexto de una comunidad y ésta en el de un ecosistema determinado, y a través de las relaciones que establece con otros individuos, con su comunidad y con su ecosistema.

Por otro lado, la ecología plantea que la supervivencia es el fin supremo de todos los sistemas. Este es el estado de equilibrio último que se debe mantener, en función del cual se suceden cambios y ajustes reversibles en las variables, y, en un orden de cosas ideal, se mantienen autorregulados y corregidos los subsistemas con capacidades regenerativas. Son éste tipo de subsistemas las mayores amenazas a la supervivencia del sistema general, puesto que podrían ingresar en procesos de retroalimentación positiva o crecimiento exponencial, y escapar así a la regulación del sistema general, desestabilizándolo y llevándolo probablemente al colapso. Este es quizá el aspecto más delicado de la problemática ecológica ya que, para su supervivencia, el sistema necesita los subsistemas regenerativos.

La ecología es, en última instancia, un saber conservador: la tendencia constante de los sistemas (lo invariable en ellos) es hacia la autoconservación. Esto no significa ausencia de cambios, sino todo lo contrario: sólo cambiando es posible conservar, sólo a través de permanentes reajustes internos un sistema puede mantenerse existiendo.

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¿Y qué es la ecología política? ¿Cómo los postulados y descubrimientos de la ciencia ecológica pueden servir para la teoría y la acción política? ¿Y qué relación guarda con la división tradicional izquierda-derecha?

La ecología política surge a mediados del siglo XX como reacción al productivismo, sistema hegemónico a nivel mundial caracterizado por “la búsqueda prioritaria del crecimiento, la eficacia económica y la racionalidad instrumental”, según el activista Florent Marcellesi. Para el productivismo, el fin que justifica todos los medios, su razón de ser, es el crecimiento económico (es decir, el aumento de la producción y el consumo), al que identifica explícitamente con el bienestar social (y fuera del cual dicho bienestar sería imposible e impensable). Su slogan, su axioma, es “más (siempre) es mejor”. Sus etiquetas más comunes: progreso y desarrollo.

El productivismo como sistema global es hijo de una doble revolución: la científica del siglo XVII y la industrial del XVIII. La ciencia moderna ofreció una nueva manera de relacionarse con la naturaleza, tan necesaria como los avances tecnológicos para que la actual forma depredadora de explotación de los bienes naturales fuera posible. La naturaleza pasó de ser considerada un ser vivo digno de respeto a ser vista como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él.

La revolución industrial trasladó definitivamente el centro económico, político y cultural de las sociedades del campo a la ciudad. El industrialismo segmentó así en compartimentos estancos las diversas etapas de la producción, y con ello generó una cosmovisión del hombre como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. De la mano vino la arrogancia moderna, producto del asombroso dominio tecnológico que el hombre parecía desplegar frente al ambiente que le rodeaba, dominio material e intelectual, ya que los descubrimientos y avances científicos iban a la par de la técnica. En una palabra, el industrialismo produjo una alienación nunca antes conocida, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo.

Un corolario de esta alienación es la usual ignorancia de la gente de la ciudad respecto a cómo se producen las diferentes cosas y cómo se relacionan fenómenos en apariencia inconexos, que en buena medida se debe a la hiperespecialización de las labores propia del industrialismo. He conocido personas que de alguna asombrosa manera habían llegado a creer que las arvejas ya vienen enlatadas y la leche en bolsas de plástico desde un principio. En contraposición, la gente del campo suele tener una conciencia acerca del mundo verdaderamente ecológica, sistémica, aunque más no sea intuitiva y rudimentaria, íntimamente relacionada con la forma de vida y el trabajo propios del medio rural: no genera los mimos efectos mentales comer algo que uno mismo cultivó o crió, y por tanto apreció en todas las etapas de su vida y en relación con su medio hasta su fusión con el propio organismo, que comer algo que tomamos de una góndola de supermercado y lo intercambiamos por dinero.

El ecologismo denuncia los efectos socioambientales del productivismo industrialista, y se opone a él debido a que es intrínsecamente insostenible: no se puede crecer exponencial e infinitamente en un planeta finito. Por el contrario, como la ciencia ecológica ha demostrado, cualquier sistema que se embarque en un proceso de crecimiento exponencial descontrolado se encuentra condenado al colapso (un ejemplo clásico aunque poco amigable: las células cancerígenas que afecten un organismo crecerán y crecerán, hasta matar al organismo y morir ellas también en consecuencia). Este es precisamente el rumbo que lleva nuestra civilización industrial, particularmente visible en la explosión demográfica que se desató, fuera de control, a partir de la revolución verde de mediados del siglo XX. La población mundial viene creciendo en forma exponencial, sólo sostenida por la aplicación de técnicas industriales en la agricultura, altamente dependientes del uso intensivo de combustibles fósiles y fosfatos, en maquinaria de producción y transporte y en fertilizantes químicos.

Sin embargo, los picos de producción tanto del petróleo (la verdadera sangre de la civilización industrial) como del fósforo ya nos están golpeando la puerta; es decir, se revela al fin lo insostenible de este crecimiento demográfico. Los precios de los alimentos se disparan y generan las primeras revueltas del hambre (uno de los motivos que llevaron, por ejemplo, al estallido de la Primavera Árabe). Estamos acabando con las reservas energéticas no renovables que sostienen la ilusión de un crecimiento infinito.

La propuesta del ecologismo, frente a tal panorama, es la del decrecimiento. En realidad, decrecer no es una opción; la única opción es cómo lo vamos a hacer y con qué recursos vamos a contar para ello. En tal sentido, el ecologismo pretende poner en marcha la transición hacia una economía estacionaria, que forzosamente deberá apartarse del productivismo. Su alternativa, como muestra la historia de tantas civilizaciones pasadas, es el colapso.

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Identificado el antiproductivismo como el corazón del ecologismo, tocamos uno de sus puntos más polémicos: su ubicación en el campo político, especialmente en relación a la izquierda. ¿Es el ecologismo una ideología de izquierda? Esto nos lleva a una cuestión más básica: ¿qué es la izquierda, y en especial, cuál es su relación con el productivismo? Una definición aceptable que incluya todos los movimientos identificados históricamente como izquierdistas sería la de una postura económica y ética, que tiene como metas grados más o menos avanzados de colectivismo económico y justicia social. A la conjunción de estas metas la podemos llamar, laxamente, “socialismo”. A la inversa, el capitalismo se identifica con las posiciones de derecha y, fundamentalmente, con la libertad y el individualismo económicos.

Ahora bien, las izquierdas tradicionales, los diferentes socialismos que se han desplegado a lo largo de dos siglos, han sido en su mayoría anticapitalistas, pero no antiproductivistas. Esta constatación revela una verdad profunda: capitalismo y socialismo son hijos de un mismo vientre, el del productivismo industrialista. Con la rara excepción de los Jemeres Rojos de Camboya, todos los movimientos izquierdistas del siglo XX tuvieron como una de sus metas el desarrollo industrial. Así, la izquierda ha puesto en cuestión a quién debe beneficiar el desarrollo o crecimiento económico y cómo, pero nunca ha puesto en cuestión al propio crecimiento, quedando incapacitada para percibir sus contradicciones y, en última instancia, su imposibilidad en el largo plazo.

Está claro que el ecologismo es una ideología anticapitalista, que desplaza el foco de atención de la contradicción entre capital y trabajo a la de capital y naturaleza. Pero, en última instancia, la ecología política es irreductible a la oposición entre capitalismo y socialismo, entre derecha e izquierda. Aunque sin dudas posee más puntos en común y posibilidades de acción conjunta con la segunda, esto no obsta que existan tendencias que algunos críticos han calificado de ecofascismo (el ejemplo más claro es el movimiento del finlandés Pentti Linkola, que no sólo es contrario a la inmigración sino además prtidario de eliminar a la mayoría de la humanidad y de terminar con la democracia).

El acercamiento entre la izquierda y el ecologismo, por su parte, sólo puede suceder si la izquierda tradicional reconoce que no es parte de la solución sino del problema y acepta la impugnación ecologista del crecimiento, transformándose en consecuencia y conservando su preocupación por la justicia social al tiempo que abandona sus ideales desarrollistas. Aquí se abren caminos políticos aún jóvenes a nivel global (como el ecosocialismo), e inexistentes a nivel local.

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Mientras tanto, en Uruguay, no encontramos defensores más cerriles del productivismo a ultranza que en las filas de la izquierda tradicional, tanto en el Frente Amplio como en el PIT-CNT, con sus consecuentes posturas antiecológicas. Su impulso y respaldo total a la soja, la forestación y la megaminería nos muestra que, en la contradicción entre capital y naturaleza, se han inclinado por el capital; una postura que algunos pretenden justificar, curiosamente, hablando del desarrollo de las fuerzas productivas y las contradicciones del capitalismo, la industrialización y la participación estatal en la economía, es decir, con un marxismo de manual que ignora cualquier consideración ecológica, y lleva a suponer que muchos de ellos preferirían vivir en una sociedad sin clases, aunque sea también una sociedad sin agua.

En la vereda de enfrente encontramos un creciente movimiento popular surgido desde bases vecinales y académicas, de alcances nacionales y proveniente, en su mayoría, del interior y el medio rural. Esta procedencia es una novedad en la historia reciente de los movimientos sociales y no es un dato menor, ya que puede ayudar a explicar su poca sintonía con el partido de gobierno, que siempre ha tenido su fortaleza en la capital y las áreas urbanas, y la mejor relación con los partidos tradicionales (sobre todo el Nacional).

En este sentido, debemos ser cuidadosos y, tomando el caso emblemático de la lucha contra Aratirí, señalar que fue probablemente la presión popular, en la que estaban involucrados, en algunos casos, líderes políticos locales de los partidos tradicionales, lo que llevó a dirigentes nacionales como Pedro Bordaberry, Jorge Larrañaga o Sergio Abreu a declararse tardíamente en contra de dicho proyecto. No parece haber ningún fundamento para suponer que el proceso fue a la inversa.

Es esta suma de extrañas circunstancias la que ha llevado a una especie de alianza entre partidos de derecha y un movimiento popular contrario a los intereses del gran capital transnacional. Si el ecologismo, como vimos, no se deja clasificar en el eje izquierda-derecha, no parece tan anómalo que personas y organizaciones inclinadas hacia uno y otro polo puedan actuar juntas en forma coherente. Apelar al gastado slogan de “los extremos se juntan” significa suponer que existen sólo dos extremos e ignorar que además de UP y la ARU hay una masa de gente que abarca todo el espectro sociopolítico.

El avance del capitalismo depredador sobre tierras uruguayas ha terminado generando un movimiento que es, en los hechos, anticapitalista y antiproductivista. Aún es temprano para calibrar hasta qué punto las bases populares del joven ecologismo uruguayo son concientes de ello. Quizá esa toma de conciencia sea el paso que falta para que la ecología política se instale y cristalice definitivamente en nuestro país como una ideología llamada a desempeñar un rol protagónico en los tiempos que vienen.

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 Conocer el Parlamento

 El interés político-partidario por los temas ecológicos en Uruguay tiene su antecedente más importante en el Partido Verde Eto-Ecologista, fundado por el Dr. Rodolfo Tálice y presente en las elecciones de 1989 y 1994, en las que cosechó alrededor de 11.000 y 5.500 votos, respectivamente. Posteriormente sufrió un desgajamiento, cuando Homero Mieres formó el Partido del Sol (que terminaría aliándose al Partido Nacional), y, tras aliarse con el Partido Independiente, ingresó a la Unión Cívica, que a su vez pasó a formar parte del Partido Nacional.

En la actualidad, la preocupación por una agenda verde se manifiesta en la arena partidaria uruguaya, fundamentalmente de la mano de grupos que luchan por acceder por primera vez al Parlamento. El Partido Ecologista Radical Intransigente y el Partido Unidos por Nuestras Riquezas Naturales definen sus identidades a través del ecologismo y ambientalismo. A su vez, Unidad Popular – Asamblea Popular integra claras definiciones ecologistas en su plataforma electoral. De tendencia izquierdista, estos tres partidos coinciden en su rechazo al proyecto megaminero de Aratirí y en impulsar formas ecológicas y sustentables de producción de alimentos y relación con la tierra, de construcción y de desarrollo de energías renovables. En ningún programa de los demás partidos para las próximas elecciones las propuestas relativas al ambiente ocupan lugares tan importantes.

El abrazo de Vázquez y Bordaberry, o la nueva nación uruguaya

En un acto político del precandidato presidencial por el Frente Amplio Tabaré Vázquez en la ciudad de Castillos, departamento de Rocha, se hizo presente el precandidato por el Partido Colorado Pedro Bordaberry. Éste subió al estrado, se saludaron y abrazaron, informa la prensa. Vázquez acompañó el saludo diciendo que “esto fortalece fuertemente [sic] la calidad democrática de nuestro país, nuestro espíritu republicano…”. Por su parte, poco después, Bordaberry expresó a través de su cuenta de Twitter: “El Uruguay es un país de tolerancia y respeto; ese es el país que quiero y que tenemos que cuidar y construir cada día”.

Vazquez Bordaberry

Como ya es la norma en estos tiempos, de inmediato surgieron reacciones en las redes sociales. Partidarios de un y otro precandidato se hicieron eco de sus conceptos, apoyando la idea del ejemplo de civismo republicano y democracia que estaría manifestando esa acción. Por otro lado, y en contraposición, también aparecieron expresiones desde la izquierda criticando la acción de Vázquez: que es igual a Bordaberry, que ambos son de derecha, que fue un gesto innecesario o mal resuelto por el precandidato de la coalición izquierdista. ¿Adversarios? ¿Enemigos? Tratemos de pensar un poco sobre los significados de este gesto y de las reacciones que generó.

Durante setenta años, blancos y colorados se destriparon sobre esta ondulada penillanura, luchando por quién habría de ocupar el gobierno. En el largo plazo, triunfaron los colorados, se convirtieron en el partido del Estado y los blancos debieron renunciar a la lucha armada. Los tiempos estaban cambiando, y disciplinamiento civilizador mediante, también lo hacía la forma de lucha política. Pero había algo más, quizás la principal novedad y signo de un cambio profundo en la naturaleza de esa lucha: había triunfado el proyecto de construcción de una nación, allí donde antes había, en el mejor de los casos, sólo un Estado.

Así, se produjo una reinterpretación de la historia uruguaya, y los partidos en guerra, enemigos a muerte, cada uno autoproclamado representante genuino de la nación frente al otro excluido de tal consideración, se convirtieron en partidos adversarios y hermanos, copartícipes en la fundación de la nación uruguaya, y coprotagonistas legítimos de una vida política que de ahí en más se encauzaría por vías democráticas -más aún después de las elecciones de 1916 para la Convención Constituyente que redactaría la Carta Magna de 1918, que voto limpio y secreto mediante reveló una división del cuerpo electoral en prácticamente dos mitades, blanca y colorada. La historia de la nación uruguaya se construyó así como la historia de las luchas y el entendimiento final de los partidos tradicionales, y se instituyó la idea de que sólo a través de dichos partidos podía expresarse la nación.[1]

La historiografía y la escuela se encargaron de construir, fundamentar y difundir el nuevo relato legitimador, siendo quizás el ejemplo paradigmático la obra de Juan Pivel Devoto Historia de los Partidos Políticos. La democracia se afianzó durante la década de 1920, por carriles más bien conservadores, gracias a un sistema electoral perfeccionado y libre de fraude.

Pero el Uruguay ya había ingresado al siglo XX y se había integrado por completo a una economía global capitalista, experimentando sus vaivenes y contradicciones, que replantearían en breve los términos de las disputas políticas e ideológicas domésticas. Si durante la primera mitad del siglo el enfrentamiento de fondo era básicamente reformismo versus conservadurismo a través de dos partidos policlasistas, en la segunda mitad se acentúan las tensiones de clase con el surgimiento y la consolidación polifacética de corrientes de izquierda que tienden hacia la unidad orgánica o de acción: la unificación sindical en la CNT, el movimiento estudiantil, la guerrilla y finalmente la creación de una coalición electoral de izquierda como el Frente Amplio.

En el marco de la Guerra Fría y de la Doctrina de la Seguridad Nacional, esta heterogénea corriente izquierdista sólo podía ser interpretada desde el discurso dominante de los partidos tradicionales (y, luego, de las Fuerzas Armadas) como manifestaciones ajenas a la nación y sus tradiciones, como agentes de intereses extranjeros y, como tales, enemigos de la nación. La izquierda (y el Frente Amplio en particular) aún no era vista como parte integrante de la nación uruguaya.[2] Fue este discurso el que justificó en buena medida la dimensión y las características de las persecuciones que sufrió la izquierda durante la última dictadura, en especial si las comparamos con la persecución (salvo escasas excepciones) que sufrieron los disidentes de los partidos tradicionales.[3]

Desde esta perspectiva, que el líder mayoritario del Partido Colorado (e hijo de un dictador ferozmente antiizquierdista, con toda la carga simbólica que ello posee) se suba (y le permitan subir) al estrado de un acto de campaña electoral del líder mayoritario del Frente Amplio y se fundan ambos en un abrazo con invocaciones a la república y la democracia, resulta algo impensable, ilógico, una atrocidad ideológica. Sucede, simplemente, que esa perspectiva ya ha quedado obsoleta y es cada vez más una reliquia del pasado. El abrazo de Vázquez y Bordaberry es el último clavo en el ataúd de la Guerra Fría en el Uruguay. Es un signo, por supuesto, de que los tiempos, una vez más han cambiado. Pero, ¿cuándo y cómo comenzó ese cambio?

El precedente más importante es sin dudas el Pacto del Club Naval, y el proceso que condujo a él. Aunque más no fuera en un principio por motivos circunstanciales[4], al menos parte de la izquierda debió ser considerada como un actor legítimo en el escenario político uruguayo. La actitud del Frente Amplio durante la crisis económica de 2002, asegurándole estabilidad política al gobierno colorado de Jorge Batlle (mientras el país se miraba con pánico y condescendencia en un espejo argentino que estallaba en mil pedazos) es otro precedente más inmediato. Sin embargo, es mi hipótesis de que el cambio definitivo se selló con su triunfo en 2004 y su continuidad en el gobierno por una década. Esto implicó, al igual que un siglo atrás, el reconocimiento de que el viejo partido excluido del poder estatal representaba a la mitad del cuerpo electoral uruguayo. Bajo tales circunstancias, ya no resulta creíble, convincente ni conveniente seguir sosteniendo un discurso que la excluya de la nación a las fuerzas izquierdistas, sobre todo cuando el propio Frente Amplio (con la inclusión de los antiguos guerrilleros) se ha desvivido por dejar en claro que es un partido político que acepta todas las reglas del juego liberal-republicano.

¿Cómo debemos valorar esto? No seré yo, por supuesto, quien responda una pregunta que es competencia única de la conciencia de cada cual, pero sí puedo aportar algunas líneas con las cuales pensarla.

En primer lugar, señalemos que toda construcción nacionalista delimita un “nosotros”, más allá del cual están “los otros”, fuera y dentro de las fronteras del país, en algunos casos, como antagonistas o enemigos. Históricamente, el “otro exterior” para la nación uruguaya ha sido Argentina, mientras que el “otro interior” ha sido la izquierda. Ahora bien, ¿quiénes serían los otros que quedan más allá de las fronteras de esta nueva nación modelo siglo XXI que, ahora sí, definitivamente, incluye a la izquierda frenteamplista?

Una de las mejores formas de dilucidarlo es prestando atención a quiénes dicha izquierda ha enfrentado desde el gobierno, con típico celo de nuevo converso. Así, nos encontramos con dos antagonistas privilegiados: el movimiento ecologista y la llamada izquierda radical. En el primer caso basta recordar el paroxismo nacionalista que desató en el país el enfrentamiento con Argentina a raíz de la instalación de dos fábricas de celulosa sobre el río Uruguay (de las cuales terminó instalándose allí sólo una), las trompetas de guerra llamando a la unidad bajo la bandera de las pasteras como “causa nacional”, y la consideración de “traidores a la patria” que sufrimos en carne propia quienes desde aquí nos oponíamos a dichas fábricas y al modelo forestal que las sustenta.[5] En el segundo caso, señalemos como episodios significativos los procesamientos por sedición, en 2005 y 2007, de manifestantes contra la presencia del entonces presidente de Estados Unidos George Bush, en la cumbre de Mar del Plata y en Uruguay respectivamente, junto con el procesamiento por asonada en 2013 de otros siete manifestantes, en esta ocasión contra la Suprema Corte de Justicia en reclamo por el traslado de la jueza Mariana Mota.[6] A estos episodios bien podríamos agregar las denuncias de vigilancia y tortura contra activistas anarquistas, también en 2013, a raíz de la marcha del Filtro.[7]

En segundo lugar, las críticas que por izquierda ha recibido el abrazo merecen ser atendidas y consideradas. Si uno decide poner el énfasis en el civismo liberal, en el hecho de que también la izquierda haya abandonado las cuchillas y haya sido aceptada por los partidos tradicionales como actor legítimo en el escenario democrático, está claro que la valoración será positiva, y se procederá a denunciar a los izquierdistas críticos como violentistas o añorantes de procesos políticos radicalizados, como el argentino, el boliviano o el venezolano, donde prima la confrontación, la violencia e incluso el patoterismo sobre el diálogo y la búsqueda de entendimientos pacíficos.

Pero, justamente, realizar la comparación con los procesos progresistas latinoamericanos que exhiben un mayor grado de violencia y confrontación, puede revelar que, en aras de su aceptación en el juego liberal y del necesario civismo que debe hacer propio para ello, el Frente Amplio ha arriado las banderas tradicionales y revolucionarias de la izquierda, aquellas que apuntaban a lograr grados cada vez más profundos de colectivismo económico y justicia social. En una palabra, que la izquierda oficialista ha renunciado a cualquier política que recuerde a la lucha de clases, abrazando, en el mejor de los casos, una conciliación reformista de cuño típicamente batllista.[8]

El problema es que las clases siguen existiendo y siguen en lucha. Que Argentina o Venezuela atraviesen la violencia y la polarización que están viviendo se debe sin dudas a muchas causas, pero una de ellas y no la menor es que sus últimos gobiernos han llevado adelante políticas fuertemente redistributivas del ingreso, a costa de intereses y sectores sociales y económicos muy poderosos (particularmente los vinculados a las exportaciones de materias primas), los que hasta no hace tanto desde la propia izquierda latinoamericana se calificaba de oligarquías nacionales.

El problema es que por más que los políticos se consideren “adversarios y no enemigos”, las clases que representan (o que por ellos se sienten representadas) sí son, en los hechos, enemigas. El proverbial y orgulloso civismo uruguayo, ¿se basará en un estado superior de nuestra cultura política? ¿O se basará más bien en la renuncia de la izquierda oficialista a meterse de verdad con los intereses de las clases dominantes?

Obras citadas

Demasi, Carlos (2004). La lucha por el pasado, Montevideo: Trilce.

Demasi, Carlos (2013). “La evolución del campo político en la dictadura”, en Demasi, C.  et al, La dictadura Cívico-Militar. Uruguay 1973-1985, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.

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[1] “Desde la perspectiva de la historia nacional, el siglo XX uruguayo ha estado dominado por los partidos políticos conocidos como ‘tradicionales’. Estos han tenido la capacidad de generar políticas y de construir identidad, ocuparon el espacio público (en algunos períodos, casi en exclusividad) y llegaron a captar la adhesión de la inmensa mayoría de la población. El discurso identitario ha construido un pasado creíble para estas comunidades y los ha asimilado con principios abstractos y por consiguiente, eternos: el Partido Colorado se identificó con ‘la libertad’ mientras que los blancos se identificaban con ‘el orden’. Así definidos aparecen como manifestación de entidades intemporales, y apoyados en la casi unánime adhesión que generaban en la población se los ha considerado como dotados de la capacidad (compartida, pero exclusiva) de interpretar la nación.

Pero esta versión del relato es un producto del siglo XX. En el siglo XIX los partidos eran reconocidos como lo opuesto a la nación ya que introducían el desorden donde la sociedad quería ver implantada la estabilidad, y no vacilaban en aliarse con gobiernos extranjeros para enfrentar al ‘gobierno nacional’. En ese universo, las guerras civiles representaban las mayores crisis de la comunidad (el ‘Sitio Grande’ era el ejemplo más claro). No por casualidad el primer Presidente que se propuso ‘nacionalizar nuestros destinos’ fue también el que prohibió exhibir en público las viejas divisas [Bernardo P. Berro]. La discusión sobre el lugar de los partidos en la nación estuvo en el centro de las preocupaciones de la elite dirigente durante buena parte del siglo XIX y su rastro aparece claramente marcado en los testimonios de los contemporáneos, por lo menos desde la aparición del Manifiesto de Andrés Lamas en 1885 hasta los debates de la Constituyente de 1917. En términos generales la discusión de la época giraba en torno a los mecanismos a aplicar para procesar la extinción de las divisas, aparentemente el único camino posible para alcanzar la ansiada estabilidad política; y cuando a fines del siglo XIX tal resultado parecía estar en vías de concreción, el episodio saravista expuso a la luz pública la capacidad de los partidos tradicionales para captar y movilizar a numerosos grupos de población. Desde entonces fue evidente que la solución del ‘problema nacional’ no pasaría por la eliminación de los partidos.

(…) La transformación fundante ocurrió cuando los partidos políticos se asumieron como realidades políticas permanentes y con importancia equivalente. Fue entonces que tomaron plenamente un papel protagónico, es decir cuando el ‘sistema político’ pasó a estar hegemonizado por los dos partidos. Para que tal cosa ocurriera fue necesario que estos dejaran de verse como representaciones globalizantes de la sociedad (el Partido Nacional abandonó su pretensión originaria de ‘partido de la nación’ y el Partido Colorado la de ser expresión única del país institucional) y pasaron a representarse como ‘partes’ que componían un colectivo que los trascendía: la ‘nación’. Allí aparecieron como ‘partidos’ en sentido estricto: como entidades permanentes con formas de funcionamiento organizado y ya no como manifestaciones agónicas de un ‘atavismo’ retrógrado.” (Demasi, 2004: 20-21)

[2] “Con el surgimiento del Frente Amplio, que obtuvo el apoyo de casi la quinta parte de los uruguayos, la situación electoral se modificó radicalmente; pero el rechazo a la izquierda, lejos de disminuir, se reforzó. Desde su creación el Frente Amplio había asumido la tarea de instalar un espacio discursivo distinto del de la izquierda tradicional: rechazaba la estructuración jerárquica de los partidos y ubicaba las diferencias en las orientaciones políticas y en las actitudes de sus dirigentes. No cuestionaba la legitimidad de los partidos tradicionales ni su eficacia en el pasado pero argumentaba que estos habían abandonado los reclamos de las mayorías y ahora respondían a las demandas de los grandes intereses económicos (aludidos como la ‘oligarquía’ o la ‘rosca’); en esa nueva distribución el Frente Amplio se presentaba a sí mismo como el auténtico intérprete de las demandas populares. Pero al insertarse en un orden jerárquico ya configurado, a la nueva coalición se le reservó un lugar subordinado y de menor legitimidad (con argumentos variados: porque incluía al partido Comunista y a sectores próximos a la guerrilla, o porque era un conglomerado circunstancial y sin tradición…). La gran prensa, vinculada a esos partidos políticos, recogía las opiniones de dirigentes frenteamplistas para instituirlos como ‘el otro’ que está en contra del sistema, aunque eso significara marginar la opinión de buena parte de la ciudadanía. Por consiguiente, desde antes de la instalación de la dictadura ya estaba instituida una estructura bipolar en la que todo lo que no era el ‘nosotros’ de los partidos tradicionales configuraba un agente externo cuyo comportamiento era manifiestamente hostil. Cuando las FF.AA. ingresen al campo político, encontrarán ya instalada la idea de la diferencia radical entre ‘la orientalidad’ y ‘el marxismo’ y que en el afuera de los partidos tradicionales sólo estaba el comunismo. Tampoco fueron originales en aplicar lo que resulta su corolario natural: que el marco de las garantías sólo incluía a los seguidores de los partidos tradicionales.

Ante la presencia de un nuevo agente que también manejaba variables del discurso batllista, blancos y colorados adoptaron la modalidad dialéctica de incluirlo en el antagonismo Democracia-Subversión, y así trasladaban al Frente Amplio todo el complejo simbólico elaborado para combatir a la guerrilla. Así los partidos mayoritarios instalaron la idea de que ‘tradicional’ era sinónimo de ‘democrático’ mientras que la coalición era equivalente (o era parte) del movimiento armado; en ese sentido funcionaban las denominaciones de ‘Frente Comunista’ o ‘Frente Tupamplio’ que circularon en la campaña electoral de 1971.” (Demasi, 2013: 24)

[3] “Cuando se habla de ‘partidos’ en la dictadura y se alude a su proscripción, no se debe olvidar que no estaban todos en la misma situación. Según fueran tradicionales o de izquierda, la ubicación en el campo político condicionaba los diferentes trayectos recorridos en el período. Si bien toda actividad política estaba suspendida, había una diferencia importante entre unos y otros: en el caso de los bandos tradicionales no se cuestionaba su existencia sino los ‘errores y desviaciones personales’ de sus dirigentes, pero este no era el caso de los partidos de izquierda. Ante la mirada de la represión estos no eran ‘auténticamente uruguayos’ sino que respondían a los dictados del ‘marxismo internacional’; por lo que su actividad, englobada en el concepto de subversión, quedaba comprendida dentro de lo previsto en la ‘Ley de seguridad del Estado’. Cualquier gesto de estos grupos era visto como la evidencia de la acción de una conjura marxista que solo se mantenía por el apoyo exterior, y por lo tanto debía ser reprimido inmediatamente.” (Demasi, 2013: 57)

[4] La negativa del Partido Nacional a negociar con Wilson Ferreira preso, lo cual forzó a los militares a una desproscripción parcial del Frente Amplio para que pudiera integrarse a las negociaciones y éstas no quedaran como un acuerdo entre los militares y los colorados.

[5] Véase el sintético y documentado repaso que realiza Leonardo Haberkorn sobre la relación entre el gobierno frenteamplista y el movimiento ecologista.

[6] Cabe destacar que Diego Jaume, uno de los procesados de 2013, es también, significativamente, un activista ambiental del incipiente movimiento ecologista uruguayo.

[7] Podríamos agregar aún otro antagonista nacional: los presos, quienes, de hecho y parafraseando a Carlos Demasi, han quedado fuera del marco de las garantías y los derechos humanos más elementales. Véase estas noticias: 1, 2, 3.

[8] Creo que el intenso debate interno que generó en el Frente Amplio la discusión sobre de la Ley de responsabilidad penal empresarial, sólo aprobada recientemente por una presión sindical pocas veces vista en la historia uruguaya, es el mejor ejemplo de esto.

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Drogas: prevención y libertad

¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargan ya de que el paso hacia la mayoría de edad, además de ser difícil, sea considerado peligrosos para la mayoría de los hombres (y entre ellos todo el bello sexo). Después de haber entontecido a sus animales domésticos, y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no pueda atreverse a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos. Lo cierto es que este peligro no es tan grande, pues ellos aprendería a caminar solo después de cuantas caídas: sin embargo, un ejemplo de tal naturaleza les asusta y, por lo general, les hace desistir de todo intento.

Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?, 1784

Un análisis de diversas investigaciones llevadas a cabo en la última década, en varias regiones del mundo, acerca de la eficacia de diferentes estrategias de prevención en usos problemáticos de drogas en la enseñanza media arroja resultados muy interesantes.[1]

Encontramos en ellos altos grados de coincidencia respecto a qué funciona y qué no a la hora de encarar la prevención en dicho tema. Centrarse en las sustancias, en los aspectos químicos y biológicos, resulta una casi segura receta para el fracaso. Las estrategias eficaces se basan en colocar en el centro a los sujetos y los vínculos que los sujetos establecen consigo mismos, entre sí, con el mundo que los rodea y (a veces marginalmente) con las sustancias. Deben ser abordajes contextualizados y dinámicos, donde los adolescentes tengan importantes espacios de participación. En contrapartida, resulta conveniente descartar la mera transmisión pasiva de información, en especial cuando está enfocada en las consecuancias negativas del consumo. Peor aún, a la hora de evaluar la eficacia de la prevención, es apelar al miedo y a la demonización de las sustancias; probablemente no haya nada que dé menos resultados positivos que un discurso alarmista (y simplificador) como “la droga mata” o “simplemente di no”.

Si nos detenemos a reflexionar sobre estas constataciones, podremos apreciar fácilmente no solo una oposición de discursos o de estrategias para abordar la prevención; lo que aquí vemos enfrentados son paradigmas sobre las drogas y nuestra relación con ellas -paradigmas que son la base, justamente, de dichas estrategias divergentes. Llamaremos “represivo” o “prohibicionista” a uno de ellos, y “vincular” a otro.[2]

El paradigma represivo y la crítica liberal

Es ya un lugar común la afirmación de que que la llamada “guerra contra las drogas” ha fracasado.[3] Esta política global, fuertemente impulsada por Estados Unidos a partir de la segunda mitad del siglo XX (con importantes antecedentes en décadas previas), no ha cumplido ninguno de sus objetivos. Como reseña el referido informe,

los inmensos recursos destinados a la criminalización y a medidas represivas orientadas a los productores, traficantes y consumidores de drogas ilegales, han fracasado en reducir eficazmente la oferta o el consumo. Las aparentes victorias en eliminar una fuente o una organización de tráfico son negadas casi instantáneamente por la emergencia de otras fuentes y traficantes. Los esfuerzos represivos dirigidos a los consumidores impiden las medidas de salud pública para reducir el VIH/SIDA, las muertes por sobredosis, y otras consecuencias perjudiciales del uso de drogas. Los gastos gubernamentales en infructuosas estrategias de reducción de la oferta y en encarcelamiento reemplazan a las inversiones más costo-efectivas y basadas en la evidencia orientadas a la reducción de la demanda y de los daños. (p.2)

La guerra contra las drogas ha sido, quizás, la manifestación más acabada del paradigma represivo. En ella se aúnan el prohibicionismo moralizante, la criminalización de actividades que no entrañan per se perjuicio alguno para la sociedad, una opción decidida por la reducción de la oferta y una forma brutal de concebir la reducción de la demanda, y la fetichización de la sustancia. Analicemos y critiquemos suscintamente estos pilares conceptuales del paradigma en cuestión.

Cocaine_for_kids

Publicidad de cocaína para el dolor de muelas en niños, Estados Unidos, 1885.

El fundamento de la prohibición entraña una determinada escala de valores. Se demonizan las sustancias prohibidas,[4] así como a aquellos que se ven involucrados en las más diversas actividades con estas, desde los narcos más poderosos (y así tenemos, por ejemplo, a un Pablo Escobar “Patrón del Mal”, según una popular telenovela colombiana) hasta los usuarios más ignotos, todos ellos catalogados uniformemente bajo el estigmatizante epíteto de “drogadictos”. Construida esta encarnación del mal, establecida esta escala de valores (que, recordemos, aún a principios del siglo XX era novedosa en un mundo donde las farmacias vendían libremente y personas de todas las clases sociales consumían sin mayores inconvenientes cocaína, heroína, marihuana y morfina, entre otras drogas), se vuelve una cuestión de sentido común prohibir la producción, comercialización e incluso el consumo, y consecuentemente perseguir y castigar a quienes realicen cualquiera de esas cosas.

Esta criminalización ha introducido en nuestros sistemas legales un principio reñido con la matriz liberal de la que son producto. Uno de los fundamentos de la legalidad liberal es que toda acción privada de las personas, que no constituye un perjuicio para otras, es asunto exclusivo de cada una.[5]

Como toda la arquitectura de la filosofía liberal, este principio se sustenta en su derecho más elemental, su auténtica clave de bóveda: el derecho a la propiedad. Toda persona tiene derecho a procurarse los medios necesarios para su subsistencia, con la única salvedad de no perjudicar, en dicha búsqueda, el mismo derecho ajeno. He allí el fundamento liberal de la propiedad.

Ahora bien, nada de esto tiene sentido si no consideramos un derecho más básico aún (y demasiado evidente como para que ni siquiera necesite ser explicitado): el de la autopropiedad. Cada persona es propietaria exclusiva de su cuerpo, y a ella y sólo a ella le compete decidir sobre éste. O, expresado de una forma más sencilla y directa por Antonio Escohotado: “de la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.” (Escohotado, 2006: 7)

El objetivo de todo esto es establecer el límite del poder estatal sobre nuestras personas. Dicho límite viene dado por el rol que el liberalismo clásico (desde John Locke en adelante) le asigna al Estado. En esta concepción, éste es la institución encargada de velar por nuestros derechos, derechos que son previos a la existencia del propio Estado (hoy los llamamos “derechos humanos”) y que éste no puede no reconocer (bajo el riesgo de caer en la tiranía y, por tanto, en la ilegitimidad).

Sin embargo, la criminalización de la producción, comercio y uso de drogas es un ataque frontal a los fundamentos liberales de los sistemas jurídicos de Occidente y, de hecho, los ha minado hasta un nivel que debería alarmarnos, puesto que el Estado se arroga la potestad de imponernos qué consumir y qué no, es decir, qué hacer y qué no con nuestros cuerpos, violando nuestro derecho a la autopropiedad.[6]

Esto es lo que lleva a un autor como Thomas Szasz a plantear que actualmente los gobiernos han pasado, al menos en teoría, de ser nuestros sirvientes a ser nuestros señores, en el marco de un Estado terapéutico que sería, por eso mismo, un Estado totalitario. (Szasz, 1992: 203)

Al construir a las drogas como un problema que debe ser solucionado, el prohibicionismo elabora una serie de estrategias económico-políticas para librar esa lucha. Como fue señalado, en primer lugar existe un énfasis en la reducción de la oferta, que se traduce no sólo en la prohibición misma, sino en acciones directas contra las propias sustancias, con resultados sociales a menudo terribles. Así es como se ha preferido combatir a las drogas atacando, por ejemplo, al que quizás sea el eslabón más débil dentro de la cadena de la oferta: la producción en algunos países del tercer mundo. Los casos de los países andinos, especialmente Colombia y Bolivia, son quizás los más claros para observar cómo la represión la terminan sufriendo con mayor intensidad los campesinos que se dedican al cultivo de la hoja de coca, viendo acentuada su miseria y la precariedad de su subsistencia.[7]

A esta forma de reducción de la oferta se le suma una forma muy particular de entender la reducción de la demanda, igualmente represiva, y consistente en despojar de derechos/libertades a los usuarios, ya sea considerándolos enfermos o delincuentes y pasibles, por lo tanto, de procedimientos penales o médicos contra su voluntad.

Todos los datos de que disponemos muestran la absoluta ineficacia de esta estrategia para reducir el uso de drogas ilegales con fines recreativos, que no ha hecho más que aumentar.[8] Podemos colegir que hay un error fundamental en poner el foco en la oferta, cuando ésta depende básicamente de la demanda. Y la demanda, si bien se retroalimenta con la oferta, suele tener otras causas, que escapan a las meras consideraciones económicas.[9]

En suma, las estrategias basadas en la reducción de la oferta y la demanda parten del supuesto de que las drogas son un problema o, mejor dicho, que los problemas que involucran a las drogas necesariamente se explican por ellas. Esto nos conduce directamente a la cuestión de la fetichización de las sustancias.

Como acertadamente señala Jorge Barreiro,

La idea de que algunas sustancias son intrínsecamente dañinas, que su atributo sería causar el mal o la enfermedad y que no serían susceptibles de usos benéficos, es relativamente reciente, de principios del siglo XX. Hasta entonces las sociedades convivieron con el consumo de drogas sin mayores problemas. Para los antiguos griegos, por ejemplo, el concepto de phármakon (entre otros, la cerveza, el vino, el cáñamo y el opio) podía ser un veneno o una medicina, representar tanto una cura como un peligro: los daños o beneficios de los phármakon residían exclusivamente en el uso que el ciudadano adulto hiciera de los mismos.

Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. [10]

El absurdo del fetiche cae por su propio peso. Sólo conocemos una cosa en el universo que posea voluntad (y que, por lo tanto, pueda ser responsabilizada por sus acciones), y esa cosa somos los seres humanos. Así como ningún arma ha matado jamás a nadie, ninguna droga tampoco lo ha hecho: son las personas que utilizan armas, o drogas, quienes matan a otras personas o se matan a sí mismas. Es en el tipo de uso que alguien le da a un objeto inanimado donde debemos buscar las responsabilidades correspondientes, no en los objetos inanimados, que son simples medios para las acciones humanas.

Sin embargo, las consecuencias que ha traído este absurdo respecto a las drogas son profundas y difíciles de evaluar en todo su alcance. Quizás la más grave de ellas ha sido, nuevamente, un recorte en nuestra capacidad de autonomía, pues la voluntad que el fetiche nos quita a los humanos se la otorga a las sustancias.

¿Qué lugar ocupan, entonces, las personas en el esquema del paradigma represivo? Si conectamos los puntos, aparece una concepción de los individuos como irresponsables, como menores de edad que deben ser protegidos no sólo de los demás, sino, muy especialmente, de ellos mismos. En suma, lo que este paradigma le propone a las personas (y efectivamente lo ha hecho) es renunciar a parcelas de su libertad a cambio de mayor seguridad -una fórmula que históricamente se ha mostrado muy peligrosa.

Apuntes sobre el paradigma vincular

Como se desprende de la crítica al paradigma represivo, otro que permita actuar con mayor eficacia debe partir de supuestos diferentes. Esto es lo que hace, entre otros, el que hemos llamado paradigma vincular que, como su nombre lo indica, desplaza el centro de la atención de las sustancias a los vínculos.

Siguiendo a Pichon-Rivière, consideraremos el vínculo como “una estructura compleja de fenómenos emocionales, afectivos, y comunicacionales, concientes e inconcientes que incluyen un sistema transmisor receptor, un mensaje, un canal, signos, símbolos y ruido” (Fernández Romar, 2000: 77).

Como Juan Fernández señala, a la hora de abordar los problemas que invlucran a las drogas, “todo depende del vínculo que la persona establezca con la(s) sustancia(s) y el sentido que le asigne a la droga en su vida” (ídem). Esto nos lleva a aspectos más amplios de la cuestión, en particular las formas de vinculación que las personas desarrollan con otras personas, en su vida pública y privada, y con el mundo que las rodea en general.

He aquí uno de los puntos fuertes en los que coinciden las investigaciones que mencionaba al principio. A la hora de prevenir usos problemáticos de drogas, al menos entre la población adolescente que concurre a sistemas formales de enseñanza, no suele ser tan importante (o eficaz) trabajar sobre los vínculos que establezcan concretamente con las sustancias, como trabajar sobre los aspectos más generales que hacen a los vínculos.

Esto se puede relacionar con otra conclusión que se desprende del análisis de dichas investigaciones, a saber, la conveniencia del desarrollo de las llamadas habilidades para la vida, “un grupo de habilidades psicosociales cuyo desarrollo resulta relevante para personas de todas las edades y de los más diversos contextos socioeconómicos” tal como las define la Organización Mundial de la Salud.[11] Entre ellas encontramos el conocimiento de sí mismo, la comunicación efectiva o asertiva, el manejo de emociones y sentimientos, la toma de decisiones, la resolución de problemas y conflictos, etc.

Uno de los fundamentos más firmes que sostiene esta estrategia es la constatación de que los usos que suelen dar las personas a las drogas, y aún los efectos que éstas causan en sus organismos, dependen en buena medida de los ambientes en que desarrollan sus vidas cotidianas, incluyendo aquí, por supuesto, los ambientes sociales.[12]

 Esto implica destronar a “la droga” de su lugar de privilegio a la hora de analizar y actuar sobre sus usos problemáticos. Como incisivamente afirma Escohotado, las razones por las que las personas caen en dependencias y en abusos de sustancias, no son diferentes de las razones por las que caen en dependencias sociales, sentimentales o de cualquier otro tipo (Escohotado, 2006:28).

Pensando esto a través de las variables oferta y demanda (como vimos más arriba), se trataría de trabajar sobre las causas de la demanda para lograr su reducción. Yendo un paso más allá, podríamos incluso considerar que este paradigma nos permite superar el enfoque oferta-demanda (que por su aspecto economicista puede rechinar en los ámbitos de la salud y educativo), al apuntar a reducir los usos problemáticos y no necesariamente la demanda per se.

Entonces, ¿cuál es el lugar que le corresponde a la droga en este paradigma? Creo que lo más acertado es recuperar el concepto de pharmakon, tal como Barreiro lo traía a colación, seguramente siguiendo los pasos del propio Escohotado, quien lo ha analizado con minuciosidad en varios de sus libros. Pharmakon designaba a una sustancia que es en sí, al mismo tiempo, remedio y veneno, convirtiéndose en uno o en otro únicamente a partir del uso que la persona le dé (incluyendo, por ejemplo, formas y tiempos de administración, características fisiológicas y/o mentales del individuo y, sobre todo, dosis).

Esto nos conduce directamente al núcleo del nuevo problema que se plantea: una persona sólo podrá usar eficazmente una sustancia de acuerdo a sus necesidades o deseos si cuenta con el conocimiento necesario para ello.

Prevención y libertad

 ¿Cuál debe ser el fundamento teórico de los programas y estrategias de prevención en los usos problemáticos de drogas? Llegados a este punto, las opiniones científicas vertidas en los artículos referidos son cada vez más opiniones y cada vez menos científicas, entendiendo esto en el sentido de ideológicas, y entendiendo la ideología en un sentido no peyorativo.

En consonancia con el enfoque liberal que defiendo en este escrito, considero que la mejor estrategia educativa para abordar la prevención en materia de drogas (y mejor no sólo por sus aspectos sanitarios, sino además por la práctica de la libertad que ella entraña), consiste en el uso responsable. Démosle la palabra una vez más a Escohotado:

Toda prevención que queramos enseñar a nuestros hijos será ineficaz si no es una prevención calculada para el uso, en vez de para la abstemia. Por la misma razón, no podemos conceder permiso de conducir una avioneta o un coche más que sabiendo conducir la avioneta o el coche.[13]

Ahora bien, la responsabilidad es hija de la libertad, y ésta sólo es posible a través del conocimiento: del mundo, de la “realidad externa” y de los demás, pero sobre todo de uno mismo.

El enfoque desde la prohibición, el enfoque represivo, es uno que les niega responsabilidad y autonomía (pues les niega libertad) a las personas, y por eso las considera menores de edad, al decidir por ellas qué se debe y qué no se debe hacer, es decir, qué es lo correcto. Junto con lo permitido (lo legal) viene toda una carga moral y ética -pero se trata de una moral y de una ética ajenas, que no han pasado por la reflexión y la crítica personal del sujeto: que no han sido su elección.

Ojalá estuviera diciendo algo nuevo. Sin embargo, me estoy limitando a adaptar lo que ya escribió (y denunció) Immanuel Kant hace casi dos siglos y medio al responder ¿Qué es la Ilustración? y que, lamentablemente, parece escrito ayer por la mañana.

Kant, viejo antagonista intelectual de los absolutismos monárquicos y del pensamiento, sabía a la perfección que ser tratado como un menor de edad implica algunos beneficios, los cuales pueden resumirse en uno: la irresponsabilidad. Si otros eligen por mí, no puedo ser considerado responsable por mis acciones. No obstante, ese beneficio tiene un costo gigantesco, y es la pérdida de la libertad (y su correlato, el aumento desproporcionado del poder de aquellos que deciden por nosotros).

Ahora bien, educar para la libertad y para la responsabilidad implica manejarse con conocimientos certeros y lo más objetivos posibles. Implica el esfuerzo por despojarse de prejuicios que los distorsionen o, cuando ello no es posible (si acaso lo es), tener conciencia de cuáles son los fundamentos teóricos y filosóficos sobre los que descansan nuestras acciones. En pocas palabras, implica honestidad intelectual y respeto por el otro.

A modo de ejemplo, cuando mencionaba que el paradigma vincular abre la posibilidad de pensar más allá de la reducción de la demanda, está claro que avanzar por ese camino y detenerse en la reducción de los usos problemáticos de drogas como un objetivo de la prevención y de la educación no es nada más (y nada menos) que una opción de método y de filosofía. Perfectamente podemos recorrer ese camino hasta el final, y plantear así que el objetivo debería ser la formación de sujetos autónomos, libres, que tengan el valor de servirse de su propia razón y que, en consecuencia, hagan lo que les plazca con sus cuerpos -aún usar drogas en forma problemática.

La elección es, debería ser, nuestra.

Bibliografía

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Byrne, D. G., & Mazanov, J. (2005). Prevention of adolescent smoking: A prospective test of three models of intervention. Journal of Substance Use, 10(6), 363–374.

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Morgan, D., Grant, K., Gage, D., Mach, R., Kaplan, J., Prioleau, O., & Nader, M. (2002). Social dominance in monkeys: dopamine d2 receptors and cocaine self-administration. Nature Neuroscience, 5(2), 169-174.

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Szasz, T. (1992). Nuestro derecho a las drogas. Barcelona: Anagrama.

World Health Organization (1993). Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf


[1]   Arco Tirado y Fernández Castillo (2001), Botvin, G., & Griffin, K. (2007), Fernández, S., Nebot, M., & Jané, M. (2002), Pokhrel, P., Sussman, S., Rohrbach, L. A., & Sun, P. (2007), Chakravarthy, B., Shah, S., & Lotfipour, S. (2013), Byrne, D. G., & Mazanov, J. (2005), entre otras.

[2]   No son, por supuesto, los únicos paradigmas existentes. Fernández Romar (2000: 95-133) enumera y describe otros modelos: médico-sanitario, psico-social, sociocultural, geopolítico, etnobotánico y (especialmente) holográfico.

[3]   Véase, por ejemplo, el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas de junio de 2011, http://www.druglawreform.info/images/stories/documents/Global_Commission_Report_Spanish.pdf

[4]   Quizás el ejemplo pionero, por su difusión mediática, haya sido la película Reefer Madness (Louis J. Gasnier, 1936).

[5]   Como la Constitución uruguaya establece, en su artículo 10º: “Las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.”

[6]   El siguiente ejemplo del Dr. Thomas Szasz es más que elocuente: “Supongamos el siguiente argumento imaginario. Don, un viudo retirado de sesenta y tantos años, vive solo en un barrio residencial. Tiene muchos amigos, goza de buena salud y seguridad económica, y no tiene personas a su cargo. Su hobby es la jardinería en un invernadero anexo a su casa. Siendo un genio en el cultivo, su hogar rebosa de plantas exóticas y flores frescas, y sus tomates son legendarios. Imaginemos además que Don, una persona audaz y emprendedora, adquiere algunas semillas de marihuana, coca y adormidera, las siembra en su invernadero, alimenta los brotes hasta conseguir plantas maduras, las cosecha y produce algo de marihuana, hojas de coca y opio en bruto. Muy dado a la privacidad, Don ni siquiera tolera una asistenta para la limpieza en su casa, aunque bien podría permitírsela económicamente. Por tanto, no hay modo de que nadie, legalmente, tenga conocimiento de su pequeña granja narcótica. Finalmente, supongamos que cierta tarde de sábado, estando solo en su casa, Don fuma un poco de marihuana, o masca algunas hojas de coca o mezcla algo de opio en polvo en su té de medianoche. ¿Qué ha hecho Don y cómo contemplan la legislación criminal y la legislación sobre salud mental su conducta? Poseer tierra y edificios es un derecho de propiedad básico. La privacidad, especialmente desde Griswold v. Connecticut y Roe v. Wade, es también un derecho básico. Así, Don ha ejercido simplemente algunos de sus derechos de propiedad y privacidad: su derecho a su tierra, a su casa y a los frutos de su trabajo en su propia casa. No ha despojado a nadie de su vida, su libertad o su propiedad. Aunque tiene en contra la sabiduría convencional y la desinformación médica, Don tampoco se ha dañado a sí mismo. Sin embargo, la ley penal americana le considera ahora culpable de posesión criminal y uso de substancias controladas e ilegales, mientras la legislación americana sobre salud mental le considera un paciente psiquiátrico que padece dependencia química, abuso de substancias, desórdenes de personalidad y otras aberraciones psicopatológicas aún no descubiertas. Más aún, estigmatiza a Don como persona mentalmente enferma, criminaliza su conducta como la de un maligno violador de la ley, le despoja de su casa, le impone una multa astronómica y le encarcela como delincuente peligroso; todo esto se considera ahora perfectamente legal y constitucional. En este punto es posible que el lector se pregunte cómo los juristas y magistrados del Tribunal Supremo reconcilian tales castigos aparentemente excesivos —y por lo mismo «crueles e inusuales»— con la Constitución.” (Szasz, 1992: 41)

[7]   En especial cuando estas acciones represivas (destrucción de cultivos, por ejemplo), financiadas y apoyadas logísticamente por Estados Unidos, se articulan, “hacen máquina”, con otras políticas represivas que tienen como objetivo el combate a grupos guerrilleros o a movimientos campesinos y sindicales.

[8]   Véase el ya citado el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas, p. 4.

[9]   A esto apunta también el señalamiento, muy común, de la hipocresía de la política represiva estadounidense sobre países pobres del tercer mundo, al constatar que si hay producción (oferta) en esos países es en buena medida porque hay una demanda cada vez mayor dentro de los propios Estados Unidos.

       Por otro lado, cabe preguntarnos acerca de las causas de la demanda de drogas y el doble estándar moral del prohibicionismo. Démosle una vez más la palabra al dr. Szasz: “¿Por qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquíes y columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables. Cada año, decenas o miles de personas resultan heridas y muertas a consecuencia de accidentes asociados con el uso de tales artefactos. ¿Por qué no hablamos de «abuso del esquí» o de un «problema con las motosierras»? Porque esperamos que quienes usan dichos equipos se familiarizarán por sí mismos con su uso y evitarán herirse, a sí mismos o a otros. Si se lastiman a sí mismos asumimos que lo hacen accidentalmente, y tratamos de curar sus heridas. Si lastiman a otros por negligencia los castigamos mediante sanciones tanto civiles como penales. En vez de resolver, éstos son, brevemente, medios con los que tratamos de adaptarnos a los problemas que presentan potencialmente los aparatos peligrosos de nuestro entorno. Sin embargo, tras las generaciones que han vivido bajo una tutela médica que nos proporciona protección (aunque ilusoria) contra las drogas peligrosas, no hemos logrado cultivar la confianza en nosotros mismos y la autodisciplina que debemos poseer como adultos competentes rodeados por los frutos de nuestra era fármaco-tecnológica.” (Szasz, 1992: 26).

[10] Jorge Barreiro, “La guerra (perdida) contra las drogas/1”, http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/05/07/la-guerra-perdida-contra-las-drogas1/.

[11] WHO, Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf

[12] Véase, por ejemplo, Crombag y Robinson (2004), y la sugestiva investigación de Morgan et al (2002). Ésta descubrió cómo la tendencia a la adicción a la cocaína variaba en función de la posición jerárquica de los macacos que fueron objeto de estudio (posición dominante o subordinada). Los monos dominantes tenían muchas menores probabilidades de desarrollar adicción.

[13] Antonio Escohotado, en el programa televisivo Carta Blanca de RTVE, 12/10/2006. http://www.rtve.es/alacarta/videos/carta-blanca/carta-blanca-antonio-escohotado/847649/

         Un buen ejemplo de una campaña preventiva enfocada en el uso responsable (en este caso, del alcohol) es la que llevó adelante durante el verano pasado la Junta Nacional de Drogas. Véase http://www.antel.com.uy/jnd/inicio/ y http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/campana-consumo-alcohol-jnd

Razones para apoyar (y criticar) la Ley de regulación de la marihuana

El Parlamento uruguayo se apresta a aprobar la Ley de regulación de la marihuana, lo que implicaría la legalización de la producción y el comercio de dicha planta (para usos psicoactivos y no psicoactivos) bajo determinadas condiciones. ¿Por qué apoyarla? ¿Qué lectura podemos hacer de esto desde una perspectiva de derechos humanos?

RememberProhibition

“¿Recuerdan la prohibición? Sigue sin funcionar.”

Que el prohibicionismo y la Guerra contra las Drogas, enarbolados desde comienzos del siglo XX por Estados Unidos y desde allí extendidos hacia el resto del mundo, han sido un rotundo fracaso (al menos en función de sus objetivos declarados) es algo reconocido hoy por la mayoría de los especialistas en el tema. Y, sin embargo, pese a este consenso académico, el paradigma represivo continúa siendo el hegemónico, a nivel general, en materia de políticas públicas, y sobre todo en materia de legislación; como si fuera una rara especie de zombie político, continúa vivo a pesar de estar muerto, causando todo tipo de estragos y de sufrimiento en la sociedad: desde los usuarios de drogas que caen presos por tener que romper las leyes[1] para poder ejercer sus derechos al consumo, hasta los usuarios que se ven arrojados al mercado negro con sus precios y calidades adulteradas, unos hacia arriba, otras hacia abajo, pasando por todos aquellos que de una u otra forma se ven perjudicados por las actividades mafiosas producto del narcotráfico. Sin embargo, es mi intención señalar los perjuicios y realizar la crítica del paradigma represivo desde otra perspectiva: la de los derechos humanos.

Si consideramos que el marco filosófico en el que se sustenta nuestro orden jurídico y político es el liberal, debemos reconocer como uno de los derechos fundamentales de las personas el derecho a la propiedad. Toda persona tiene derecho a procurarse los medios necesarios para su subsistencia, con la única salvedad de no perjudicar, en dicha búsqueda, el mismo derecho ajeno. He allí el fundamento liberal de la propiedad. Ahora bien, nada de esto tiene sentido si no consideramos un derecho más básico aún (y demasiado evidente como para que ni siquiera necesite ser explicitado): el de la autopropiedad. Cada persona es propietaria exclusiva de su cuerpo, y a ella y sólo a ella le compete decidir sobre éste. O, dicho de una forma más sencilla y directa por Antonio Escohotado:

De la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.

El Estado, aquí, sólo debería encargarse de que nada ni nadie impida el goce de este derecho a la autopropiedad.

Resulta evidente que el paradigma represivo es un atentado directo a este derecho. A él se le vino a sumar un paradigma medicalizador, donde el usuario de drogas no sería ya un delincuente sino un enfermo necesitado de tratamiento médico, pero en materia de legislación se superponen ambos y el resultado, desde el punto de vista de los derechos individuales, es el mismo: el Estado se arroga la potestad de imponernos qué consumir y qué no, qué hacer y que no con nuestros cuerpos, violando nuestro derecho a la autopropiedad.

En este sentido, la víctima del prohibicionismo (y la medicalización) en materia de drogas es la sociedad toda, pues todos nos vemos despojados del derecho humano más elemental.[2]

¿Podemos ubicar la ley de regulación de la marihuana dentro de la perspectiva liberal tal como fue explicada? Difícilmente. Yo la consideraría más bien una flexibilización o liberalización del paradigma medicalizador. Creo que es un paso que hay que aplaudir y respaldar, puesto que reconoce los errores del prohibicionismo y abre la puerta a nuevos cambios de mentalidad y relaciones con las drogas. El hecho de que se contemple la educación en la prevención de sus usos problemáticos es también algo a destacar, siendo uno de los elementos claves en el desarrollo de vínculos saludables, entre las personas y con las sustancias.

Quizás el aspecto más criticable de la ley sean los registros que se establecerán por parte del Estado de usuarios y cultivadores. Hay quienes ven en esto una profundización de las funciones policiales del Estado, y razón no les falta. Esta tutela estatal resulta molesta, innecesaria e ilegítima desde la perspectiva de derechos humanos; pero parece ser el precio, de momento, que hay que pagar para la apertura parcial de este sistema.

Todas estas ambivalencias revelan justamente las contradicciones, los choques de paradigmas que se manifiestan dentro y fuera del texto legal, el cual no es sino otro campo de batalla en el cual combatir en pos de recuperar nuestras libertades perdidas. Pues no se trata de otra cosa: una ley que dista muchísimo de la perfección, pero que ofrece al menos una posibilidad de profundizaciones futuras, tanto a nivel legal como, sobre todo, cultural. Creo que de aquí en más hay que apostar precisamente a dicho cambio cultural, rechazando el lenguaje de los adversarios y adoptando el nuestro propio; rechazando los discursos policiales y médicos, y enarbolando uno centrado en las libertades individuales, que tenga como horizonte la liberalización total de todas las drogas, en un marco de libre producción y mercado.

¿Por qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquíes y columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables. Cada año, decenas o miles de personas resultan heridas y muertas a consecuencia de accidentes asociados con el uso de tales artefactos. ¿Por qué no hablamos de «abuso del esquí» o de un «problema con las motosierras»? Porque esperamos que quienes usan dichos equipos se familiarizarán por sí mismos con su uso y evitarán herirse, a sí mismos o a otros. Si se lastiman a sí mismos asumimos que lo hacen accidentalmente, y tratamos de curar sus heridas. Si lastiman a otros por negligencia los castigamos mediante sanciones tanto civiles como penales. En vez de resolver, éstos son, brevemente, medios con los que tratamos de adaptarnos a los problemas que presentan potencialmente los aparatos peligrosos de nuestro entorno. Sin embargo, tras las generaciones que han vivido bajo una tutela médica que nos proporciona protección (aunque ilusoria) contra las drogas peligrosas, no hemos logrado cultivar la confianza en nosotros mismos y la autodisciplina que debemos poseer como adultos competentes rodeados por los frutos de nuestra era fármaco-tecnológica.

Thomas Szasz, Nuestro derecho a las drogas


[1]    Leyes de dudosa constitucionalidad, si nos atenemos al texto del artículo 10 de la Constitución: “Las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.” Al respecto, veáse este artículo.

[2]    Obviamente, el asesinato es una forma extrema de lo mismo.

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La concepción ecológica de Gregory Bateson

Ecología, sistemas, mentes

Gregory Bateson fue uno de los pensadores más destacados, profundos y complejos que nos dio el siglo XX. Hijo de un distinguido genetista británico, cualquier intento de clasificar su actividad profesional resulta insuficiente: fue biólogo, antropólogo, lingüista, epistemólogo, y cientista social, con destacados aportes en el campo de la psiquiatría (teoría del “doble vínculo”) y muy especialmente en el de la cibernética y la teoría de los sistemas. Sí, fue todo eso, pero mucho más. O, tal vez, “mucho mejor”. Pues su tarea principal, a lo largo de su vida, no fue tanto la acumulación o simple sumatoria de esos saberes como la búsqueda de sus interconexiones, de su integración armónica en un todo más rico y más “veraz” (es decir, más capaz de dar cuenta de nuestra realidad) que las visiones parceladas que nos imponen las disciplinas científicas, en su hiperespecialización, por separado. Este afán incansable de integración epistémica, al que este moderno hombre del Renacimiento dedicó su vida, revela, en el sentido más cabal del término, una profunda concepción ecológica.

Gregory Bateson, en su casa de Ben Lomond, California, 1975

 ¿Qué es la ecología, según Bateson? A lo largo de sus escritos podemos apreciar diferentes aproximaciones a este concepto central para el autor, desde varias disciplinas (biología, psiquiatría, antropología, etc). Más concretamente, en su artículo “Patologías de la epistemología”, Bateson define la ecología, en su sentido más amplio, como “el estudio de la interacción y la supervivencia de las ideas y programas (es decir, diferencias, complejos de diferencias, etcétera) en circuitos.” (Bateson, 516).

Resulta evidente la influencia de la teoría de los sistemas[1] y de la cibernética en esta concepción. Así, nos encontramos con una descripción de la realidad (o de la naturaleza, si se quiere), como una serie de sistemas o circuitos de gran complejidad, ordenados de modo tal que unos contienen a otros (es decir, constituyen sus contextos, al punto de establecerse una jerarquía de contextos[2]), donde todos desarrollan dependencias y determinismos mutuos, por medio de relaciones no necesariamente lineales, y juega un papel de primer orden el fenómeno de la retroalimentación; todo ello con el objetivo último de la supervivencia, de la conservación, lograda a través del mantenimiento de los equilibrios u homeostasis.

Debemos destacar algunos elementos de los mencionados. En primer lugar, la importancia del contexto: Bateson señala que es éste lo que otorga sentido a los diferentes contenidos y, en consecuencia, desgajar los contenidos de sus contextos sólo puede llevar a malentendidos y en última instancia a la introducción de desequilibrios en los sistemas, a desequilibrios ecológicos, que atentan contra su supervivencia. Así como una letra sólo es comprensible en el contexto de una palabra y ésta a su vez en el de una frase, y ésta en una situación de enunciación y una relación entre personas comunicantes, también un individuo sólo puede ser comprendido cabalmente en el contexto de una sociedad y ésta en el de un ecosistema determinado.

En segundo lugar, debemos tener claro que estos circuitos funcionan a través de la transmisión de información, que se expresa por medio de la comunicación de diferencias. Dichas diferencias no son otra cosa que ideas. Es importante señalar aquí (especialmente en lo referido a humanos) que incluso la ausencia de mensaje puede resultar en información a ser decodificada y provocadora de cambios en otras partes de los sistemas. Bateson pone el ejemplo de una declaración de impuestos que no se realiza; esto probablemente genere una reacción en las autoridades competentes hacia el presunto evasor. Tal constatación se encuentra íntimamente ligada a uno de los axiomas de la teoría de la comunicación humana tal como la formulan Watzlawicz, Beavin y Jackson: es imposible no comunicar, puesto que es imposible no tener una conducta.

En este sentido, se desprende que en esta concepción, el principal objeto de estudio son las relaciones entre los elementos de los sistemas, y no los elementos en sí. De hecho, Bateson cuestiona la existencia misma de elementos u objetos en sí, como “recortados” de la realidad circundante. Sin dudas tales recortes no existen en la naturaleza, ya que la norma es la interconexión: ¿cómo podemos establecer dónde comienza una cosa y dónde termina otra?

Supongamos que soy ciego y empleo un bastón blanco. Camino golpeando el suelo con él, tap, tap, tap. ¿Dónde empiezo Yo? ¿Está mi sistema mental limitado por el mango del bastón? ¿Está limitado por mi piel? ¿Comienza en algún lugar situado a la mitad del bastón? Pero estas preguntas carecen de sentido. El bastón es una vía a lo largo de la cual se transmiten transformaciones de diferencia. La manera de delinear el sistema es trazar la línea fronteriza sin cortar ninguna de las vías y sin dejar cosas sin explicar. Si lo que uno trata de explicar es determinada conducta, por ejemplo, la locomoción del ciego, entonces será necesario tomar en cuenta la calle, el bastón, el hombre; la calle, el bastón, y así sucesivamente una y otra vez,. Pero cuando el ciego se sienta a almorzar, el bastón y sus mensajes carecerán de pertinencia, si lo que queremos comprender es su ingestión de comida. (Bateson, 489-490)[3]

Enfocar este problema de una forma “materialista” no sólo resulta estéril, sino que es un camino seguro hacia errores epistemológicos y a la postre errores de acción basados en los primeros. El enfoque propuesto por el autor es, precisamente, uno basado en las relaciones antes que en la materia.[4]

En tercer lugar, tenemos la cuestión de la supervivencia como “fin” supremo de todos los sistemas. Este es el estado de constancia (homeostasis) último que se debe mantener, en función del cual se suceden cambios y ajustes reversibles en las variables, y, en un orden de cosas ideal, se mantienen autorregulados y corregidos los subsistemas con capacidades regenerativas. Son éste tipo de subsistemas las mayores amenazas a la supervivencia del sistema general, puesto que podrían ingresar en procesos de retroalimentación positiva o crecimiento exponencial, y escapar así a la regulación del sistema general, llevándolo probablemente al colapso, como se analizará más adelante. Este es quizá el aspecto más delicado de la problemática ecológica, ya que para su supervivencia, el sistema no puede prescindir de los subsistemas regenerativos. Para ello, aquél posee cierto rango de flexibilidad, un umbral potencial (es decir, disponible pero no utilizado) dentro del cual ajustar las variables para hacer frente a los cambios.

La ecología se trata, por lo tanto y en última instancia, de algo conservador: la tendencia constante de los sistemas (lo invariable en ellos) es hacia la autoconservación. Como vimos, esto no significa ausencia de cambios, sino todo lo contrario: sólo cambiando es posible conservar, sólo a través de permanentes reajustes internos un sistema puede mantenerse existiendo. En palabras de Bateson, “todo cambio biológico es conservador”.

Ahora bien, uno de los conceptos más ricos e interesantes que encontramos en este autor es el de una ecología de las ideas, o una ecología de la mente. Pero, ¿qué es la mente para Bateson?

Como fue señalado más arriba, él ensancha bastante la definición tradicional de lo que es una idea, estableciendo que “una diferencia es una idea”, y que a su vez la diferencia debe ser considerada como la unidad de información y de “insumo psicológico” (p. 514). De esto se desprende que cualquier sistema capaz de trasmitir diferencias está formulando ideas, y por ende está pensando y comunicando a través de las relaciones establecidas con otros sistemas.[5]

La concepción de mente para Bateson se deriva necesariamente de este planteo.[6] Así, “mente” y “sistema cibernético” serían sinónimos: cualquier unidad que complete el procesamiento de información y funcione a través de ensayo y error.[7]

De esta manera, el concepto de mente se ve súbitamente ampliado, y es necesario repensarlo en sus alcances. Un primer señalamiento es que existen jerarquías de mentes correspondientes a las jerarquías sistémicas (y contextuales) apuntadas con anterioridad. No sólo los humanos poseeríamos mentes, sino que dentro y fuera nuestro también podríamos reconocer otras mentes, auténtica propiedad emergente de un sistema de relaciones complejas. Naturalmente, en el ecosistema global se manifestaría una Mente igualmente global e inmanente, en la cual se subsumen todas las demás mentes individuales que constituyen sus subsistemas. Mente que Bateson llega a equiparar con Dios, formulando en términos científicos, a mi juicio, lo que antiguas creencias panteístas formularon en términos religiosos, o autores como Spinoza pensaron en términos filosóficos.[8]

Un segundo señalamiento es el de una nueva dilución del papel y la importancia de la conciencia o la voluntad (o de la razón, si se quiere), en sentido inverso al introducido por el psicoanálisis, es decir, hacia el “mundo exterior”, en lo que bien podríamos considerar un nuevo golpe al narcisismo humano: un “golpe ecológico”.[9] Poder asumir esto y actuar en consecuencia, como veremos, resulta crucial para la supervivencia de nuestra especie como subsistema de un sistema ecológico global.

Crisis ecológica antropogénica

Como fue mencionado, la amenaza interna más grave para la supervivencia de un sistema (es decir, para su estado de constancia) es la capacidad regenerativa de algunos de sus subsistemas, cuando fallan los mecanismos de regulación que mantiene a dicha capacidad dentro de un umbral seguro de cambio (dentro de ciertos límites de flexibilidad).

Un subsistema regenerativo que escape a la regulación entra pronto en una curva de crecimiento exponencial, que puede conducir, a partir de cierto punto, al colapso de todo el sistema (y, eventualmente, a su reacomodamiento en el logro de un nuevo equilibrio luego de un período de crisis). En este sentido, una curva exponencial constituye uno de los casos más típicos de desequilibrio que pueden sufrir los sistemas. Recordemos que para Bateson la patología se define como la pérdida del equilibrio sistémico; por lo tanto, estaríamos hablando aquí de procesos patológicos a nivel ecológico.

Esto revela un aspecto de la concepción ecológica de Bateson que el autor se preocupó en enfatizar: la unidad de supervivencia no es nunca un individuo, o una familia, o una especie, por sí solos, como preconizaba Darwin en el siglo XIX, sino el organismo más el ambiente: “el organismo que destruye su ambiente se destruye también a sí mismo” (Bateson, 516). Así, el autor identifica la unidad de supervivencia evolutiva con la unidad de mente antes planteada.

Ahora bien, si aceptamos el punto de vista cibernético veremos que posee implicaciones muy graves para los seres humanos o, para ser más exactos, para la civilización industrial contemporánea. Si consideramos a las sociedades humanas como subsistemas contenidos dentro del sistema mayor planetario (es decir, el ecosistema global), llegamos muy pronto a la conclusión de que nosotros somos una de sus variables: una de las tantas que pueden ser perfectamente modificadas (y eventualmente suprimidas) en aras de la supervivencia del sistema global.

Por otro lado, somos un subsistema regenerativo que hace ya cierto tiempo ha entrado en una curva de crecimiento exponencial, de la cual la explosión demográfica (junto con la producción de bienes) es quizás el aspecto más visible. Esto lleva necesariamente a una sobreexplotación de los recursos naturales, en la persecución (vana, en última instancia) del sostén de dicho crecimiento (puesto que no se puede crecer infinitamente en un planeta finito). La consecuencia más clara, desde un punto de vista ecológico, es la destrucción, por parte de los humanos, de otros subsistemas (llamados, quizás de manera no del todo rigurosa, “naturales”).

Desde luego, la nuestra no es la primera civilización a lo largo de la historia que ha entrado en un proceso de tales características. Sin embargo, la diferencia más notable respecto a situaciones similares del pasado es, como Bateson apunta, nuestra abrumadora capacidad tecnológica para producir a una escala nunca antes experimentada, y concomitantemente, para destruir -y destruirnos.

Sin embargo, no se trata sólo, ni en primer lugar, de un problema tecnológico. El problema básico que Bateson denuncia es en principio mental. Al analizar los problemas que trae la conciencia humana cuando es guiada por el propósito, el autor encuentra que las personas se forman juicios acerca de la realidad que entran en contradicción con los postulados ecológicos, es decir, con el funcionamiento de la realidad misma, de las redes sistémicas en las que se hayan inmersas. La conciencia selecciona y reordena los datos que recibe del ambiente, y establece líneas causales desconectadas de los circuitos globales.[10] El fruto de este procedimiento es una visión distorsionada, una “falta de sabiduría”, a decir de Bateson (entendiendo sabiduría como la acción guiada por un conocimiento y un sentido sistémico global), y aquí es donde la conjunción de esta falta de sabiduría con la tecnología moderna conduce a resultados catastróficos.

Es en este sentido que varios autores señalan a la Revolución científica del siglo XVII y la industrial del XVIII como los puntos de partida de una serie de cambios a nivel de las ideas y las capacidades (re)productivas de la sociedad, que llevaron a un nivel nunca antes visto la desconexión ecológica entre la mente humana individual y la “mente total”.

Como señala Fritjof Capra, para que la forma depredadora actual de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él.[11]

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con dos de sus más trascendentales consecuencias: una, la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. Otra, íntimamente relacionada con la primera, la arrogancia producto del asombroso dominio tecnológico que el hombre parecía desplegar frente al ambiente que le rodeaba, dominio tanto material como intelectual, ya que los descubrimientos y avances científicos iban a la par de la técnica. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo: “el hombre occidental se vio a sí mismo como un autócrata con poder absoluto sobre un universo que estaba hecho de física y de química” (Bateson, 468). O, como expresa Ralph Metzner, la especie humana se volvió autista, ciega y sorda a la presencia de su madre: el ecosistema planetario.[12]

Si ponemos a Dios afuera y lo colocamos frente a frente con su creación, y si tenemos la idea de haber sido criados a su imagen, nos veremos lógica y naturalmente a nosotros mismos como externos a, y enfrentados con, las cosas que nos rodean. Y en la medida en que nos arroguemos la totalidad de la mente, veremos al mundo circundante como desprovisto de mente, y por consiguiente, sin derecho a ser tomado en cuenta moral o éticamente. Sentiremos que el ambiente nos pertenece para explotarlo. Nuestra unidad de supervivencia estará dada por cada uno de nosotros y su gente, o por los miembros de la misma especie, enfrentados con el ambiente de otras unidades sociales, otras razas y los brutos y los vegetales.

Quien estima así su relación con la naturaleza y posee además una tecnología avanzada tiene la misma probabilidad de sobrevivir que una bola de nieve en medio del infierno. Tal individuo morirá, sea por obra de los subproductos tóxicos de su propio odio o, simplemente, por el exceso de población y la sobreexplotación de los recursos. Las materias primas del mundo son finitas. (Bateson, 492)

Bateson califica esta forma antiecológica de ver el mundo como una “arrogante filosofía científica”, que, por demás, se encuentra obsoleta. Sin embargo, cabría preguntarnos si dicha obsolescencia, a esta altura bastante obvia en un sentido epistemológico, es tal a un nivel popular y mediático, y político-económico. Es decir, ¿por qué, si esa filosofía muestra sus errores y horrores, y se revela como el núcleo ideológico que justifica nuestras curvas de crecimiento exponencial (y por ende nuestra autodestrucción), no hay un cambio correspondiente a nivel de la actitud colectiva social? ¿O la empieza a haber…?

Aquí podríamos mencionar, por ejemplo, la fuerza que posee el progreso (sinónimo de crecimiento exponencial) como ideología, al cual autores como John Michael Greer lo califican de religión civil, en su triple vertiente: progreso moral, científico-tecnológico, y económico. Quizás podríamos ensayar una respuesta al decir que un sistema que ha entrado en semejante bucle de retroalimentación positiva no tiene más solución que un colapso y un reacomodamiento de sus variables en un nuevo equilibrio. En tal sentido, nuestros esfuerzos deberían enfocarse a capear el temporal de la forma más digna posible. Estrategias como la que propugna el movimiento decrecentista, por ejemplo, podrían estar aportando alternativas válidas.

Bateson, en fin, realiza un llamado a tomar conciencia de estos problemas mentales que afectan a nuestra civilización, al señalar, precisamente, una “crisis en la ecología de la mente”: “si mi concepción es acertada, es preciso reestructurar todo nuestro modo de pensar sobre nosotros mismos y sobre las otras personas”. El abandono de la arrogancia se vuelve perentorio en nuestras relaciones sistémicas, no como una virtud moral, sino como una exigencia de supervivencia.

Conclusión

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado nuestra fe en el progreso hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global. La concepción ecológica que propugnaba Bateson adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

La concepción de ecología según Bateson resulta de un potencial riquísimo para comprender los problemas mayores que afectan al mundo actual. Además, por su profundidad teórica y su carácter revolucionario ofrece nuevas perspectivas para el abordaje transdisciplinario de diversas cuestiones. Es una herramienta poderosa para ser utilizada como un cuerpo de conocimientos que sirva de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Bibliografía

Bateson, G. (1985). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Carlos Lohlé.

Capra, F. El punto crucial, recuperado desde http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

Greer, J. M. (2013, Abril 24), The God With Three Heads [entrada de blog], recuperado desde http://thearchdruidreport.blogspot.com.es/2013/04/the-god-with-three-heads.html

Metzner, R. (1993). The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness, recuperado desde http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

Watzlawicz, P., Beavin, J.H., y Jackson, D.D. (1981). Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder.


[1] Véase también, para mayor profundidad, Teoría General de los Sistemas, de Ludwig Von Bertalanffy

[2] “De especial interés al respecto es la relación entre el contexto y su contenido. Un fonema existe como tal sólo en combinación con otros fonemas que constituyen una palabra. La palabra es el contexto del fonema. Pero la palabra sólo existe como tal —sólo tiene “significado”— dentro del contexto de la elocución, la que sólo tiene sentido, a su vez, en una relación.

La jerarquía de contextos dentro de contextos es universal en el aspecto comunicacional (o “émico”) de los fenómenos y lleva siempre al hombre de ciencia a buscar la explicación en unidades cada vez más amplias. En la física puede (quizá) ser verdad que la explicación de lo macroscópico deba buscarse en lo microscópico. En la cibernética suele ser verdad lo opuesto: sin contexto no hay comunicación.” (Bateson, 432)

[3] El mismo ejemplo fue utilizado por el autor en otras oportunidades: “Los contextos tienen realidad comunicacional sólo en la medida en que son efectivos en cuanto mensajes, es decir, en la medida en que están representados o reflejados (correcta o distorsionadamente) en distintas partes del sistema comunicacional que estamos estudiando; y este sistema no es el individuo físico sino una amplia red de vías de mensajes. Algunas de estas vías acontece que están situadas fuera del individuo físico; otras, dentro de él, pero las características del sistema de ningún modo dependen de ninguna línea fronteriza que podamos superponer al mapa comunicacional. No tiene comunicacionalmente sentido preguntar si el bastón blanco de un ciego o el microscopio del científico son “partes” del hombre que los utiliza. Tanto el bastón como el microscopio son vías importantes de comunicación, y como tales son parte de la red que nos interesa, pero ninguna línea divisoria, situada por ejemplo, a mitad del bastón, puede ser pertinente en una descripción de la topología de esta red.” (Bateson, 280)

[4]   “…El contenido de la cibernética no son los sucesos y los objetos, sino la información portada por sucesos y objetos. Consideramos los objetos o sucesos sólo como propuestas de hechos, mensajes, perceptos y cosas semejantes” (Bateson, 431).

[5] “Sostendré ante ustedes, ahora, que la palabra “idea”, en su sentido más elemental, es sinónimo de “diferencia”. En la Crítica del juicio, Kant, si lo he entendido correctamente, afirma que el acto estético más elemental es la selección de un hecha. Argumenta que en un trozo de tiza existe un número infinito de hechos potenciales. La Ding an sich [la cosa en sí], el trozo de tiza, no puede entrar nunca en un proceso de comunicación o mental debido a su infinitud. Los receptores sensoriales no pueden aceptarla; la filtran y la excluyen. Lo que hacen es elegir y extraer del trozo de tiza ciertos hechos, los cuales, luego, empleando una terminología moderna, se convierten en información.

Opino que el aserto de Kant puede modificarse diciendo que existe un número infinito de diferencias alrededor de y dentro del trozo de tiza. Hay diferencias entre la tiza y el resto del universo, entre la tiza y el sol y la luna. Y dentro del trozo de tiza, para cada molécula existe un número infinito, de diferencias entre su localización y las localizaciones en las que pudo encontrarse. De esta infinitud, elegimos un número muy limitado, que se convierte en información. De hecho, lo que entendemos por información —la unidad elemental de informaciones una diferencia que hace una diferencia, y está en condiciones de hacer una diferencia porque las vías nerviosas por las que transita y en las que es continuamente transformada están, por su cuenta, provistas de energía. Las vías están prontas para ponerse en actividad. Podemos decir que la pregunta está ya implícita en ellas.

Existe, empero, un contraste importante entre la mayoría de las vías de información que están dentro del cuerpo y la mayoría de las que están fuera de él. Las diferencias entre el papel y la madera se transforman primeramente en diferencias en la propagación de la luz o del sonido, y bajo esa forma se desplazan hacia mis órganos sensoriales terminales. La primera parte de su desplazamiento es energizada de la manera común dentro de las ciencias exactas, “desde atrás”. Pero cuando las diferencias entran en mi cuerpo activando un órgano terminal, este tipo de desplazamiento es reemplazado por un desplazamiento energizado en cada una de sus etapas por la energía metabólica latente en el protoplasma que recibe la diferencia, la recrea o transforma y la entrega a otro.

Cuando golpeo la cabeza de un clavo con un martillo, un impulso se transmite a la punta. Pero es un error semántico, una metáfora descarriadora, decir que lo que se desplaza por un axón es un “impulso”. Se lo podría llamar correctamente “noticias sobre una diferencia”.” (Bateson, 483-484)

[6] “Retomemos la concepción de que la transformación de una diferencia que recorre un circuito es una idea elemental. Si esto es correcto, preguntémonos qué es una mente. Decimos que el mapa es diferente del territorio. ¿Pero qué es el territorio? Operacionalmente, alguien salió con su retina o con un instrumento de medición e hizo representaciones que luego se dibujaron en el papel. Lo que hay en el papel del mapa es una representación de lo que hubo en la representación retiniana del hombre que hizo el mapa; y a medida que retrocedemos preguntando, nos topamos con una regresión al infinito, con una serie de mapas. El territorio no aparece nunca en absoluto. El territorio es Ding an sich, y no podemos hacer nada al respecto. El proceso de la representación siempre lo filtrará, excluyéndolo, de manera que el mundo mental es sólo mapas de mapas de mapas, al infinito.211 Todos los “fenómenos” son, literalmente, “apariencias”.” (Bateson, 485)

[7]  “El sistema cibernético elemental con sus mensajes en circuito es, de hecho, la unidad más simple de la mente; y la transformación de una diferencia que recorre un circuito es la idea elemental.” (Bateson, 490)

[8] “La epistemología cibernética que acabo de exponer a ustedes podría sugerir un enfoque nuevo. La mente individual es inmanente, pero no sólo en el cuerpo. Es inmanente también en las vías y mensajes que se dan fuera del cuerpo; y existe una Mente más amplia de la que la mente individual es sólo un subsistema. La Mente más amplia es comparable a Dios, y tal vez sea eso que algunas personas llaman “Dios”, pero sigue siendo inmanente en el sistema social total interconectado y en la ecología planetaria.” (Bateson, 492)

[9] “La psicología freudiana expandió hacia el interior el concepto de mente, incluyendo en ella la totalidad del sistema comunicacional que se encuentra dentro del cuerpo: lo autonómico, lo habitual y la amplia gama de procesos inconscientes. Lo que yo sostengo expande la mente hacia el exterior. Y ambos cambios reducen el ámbito de la personalidad consciente. Surge así la necesidad de cierta forma de humildad, atemperada por la dignidad o alegría de ser parte de un todo mucho más grande. Una parte —si ustedes quieren— de Dios.” (Bateson, 492)

[10] “Nuestra selección consciente de datos no pondrá de manifiesto circuitos íntegros, sino sólo arcos de circuitos, extraídos de su matriz por medio de nuestra atención selectiva. Específicamente, es posible que el intento de llevar a cabo un cambio en alguna variable dada, situada o en el yo o en el ambiente, se efectúe sin comprender la red homeostática que rodea a esa variable. ” (Bateson, 476)

[11] “El ‘espíritu de Bacon’ cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía ‘para la gloria de Dios’, o, como dijeron los Chinos, para ‘seguir el orden natural’ y ‘fluir en la corriente del Tao’. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos.” (Capra)

[12] Los dos párrafos precedentes, así como los de la conclusión (con ligeras modificaciones), fueron originalmente escritos en este artículo de mi autoría.